Marianao, La Habana, 10 de junio de 2010,
(PD) Conviene tener presentes algunos aspectos extra literarios, para hacer una lectura adecuada de estos textos testimoniales escritos directamente por los protagonistas de hechos ocurridos durante la lucha insurreccional contra la dictadura de Fulgencio Batista.

Son materiales en bruto, que no han pasado por ningún tipo de elaboración estética o técnica por parte de literatos o historiadores. Este carácter primario del texto lo colora de un subjetivismo apasionado, lo que obliga al lector a involucrar su propia información acumulada para comprenderlos. Esto es harto preferible a los textos previamente manipulados para imponerle al lector el punto de vista políticamente correcto. Mientras mejor escritos, más manipuladores.
Como afirma el autor: Lamentablemente, sobre estos acontecimientos se ha escrito muy poco, a pesar de la importancia que tuvieron para el Movimiento en la capital y del número de jóvenes que ofrendaron sus vidas de los que fueron detenidos y torturados salvajemente (pág. 89).
Son héroes trágicos, emparentados con Dostoievski. Quienes cayeron durante la lucha tuvieron el privilegio de que la muerte los perpetuase en el instante heroico; a otros, los más, les tocó sobrevivir a su propia victoria, para verse puestos en el trance de aceptar condicionamientos y virajes políticos imprevisibles y perentorios. Amén de no ser fácil adaptarse a las mediocridades de lo cotidiano después de haberse encarado con las más riesgosas e intensas aventuras existenciales.
Hablando acerca de la Huelga del 9 de Abril nos cuenta: Tanto Eduardo como Aldo Rivero recuerdan que el fracaso de la Huelga podía preverse desde la víspera y los compañeros fueron conscientes y decididos a inmolarse, si era necesario, ya que conocían que la repartición de las armas no se produciría. “En esta repartición a nosotros nos toca morirnos”, les dijo Carlos Astiazaraín la noche antes. (pág. 115)
El libro, breve y sin adornos superfluos, ofrece los perfiles de estos luchadores, alternando con la revisión de los principales sucesos subversivos de la época; Voladura de la refinería de petróleo de Belot; el sabotaje a los hoteles habaneros; la explosión de la Calle Suárez; la Noche de las cien bombas y; otros, ceñido siempre a la visión de sus protagonistas.
Algunos de ellos cayeron bajo el fuego policial o fueron capturados y torturados hasta morir; otros, como Ramón Calviño y Ramón Rivero, optaron por pasarse al otro bando o fueron seducidos por la astucia de los represores: también nos expone sus historias de infamia.
Por fin, nos pone ante los métodos de acción y sabotaje, la llamada acción directa, muy practicada en Cuba desde la lucha contra Machado. Procedimientos de origen anarquista, considerados en aquella época válidos, como si el valor de exponerse a morir concediese el derecho a matar. Es asombroso como hombres de formación cristiana, como Frank País y Sergio González López, El Curita, fueron capaces de sobresalir en el ejercicio de la violencia.
Sin embargo, el gran asunto de este libro sólo emerge en sus últimas páginas, cuando el autor se refiere al llamado Sectarismo: Pero el sectarismo, esa tendencia negativa denunciada por el compañero Fidel el 26 de marzo de 1962, hizo un gran daño a muchos compañeros y aumentó las confusiones que sufrían varios combatientes…No conocí evidencias de cómo se manifestó el Sectarismo en el interior del país ni en los altos niveles de Dirección, salvo lo que apareció publicado en la prensa, pero en La Habana hubo acoso contra compañeros del Movimiento 26 de Julio injustamente señalados por elementos sectarios.
Se trata de la etapa iniciada ya en los últimos meses de 1959, de auge y ascenso de los cuadros del Partido Socialista Popular (PSP) a expensas del cada vez menos tenido en cuenta Movimiento 26 de Julio, echado a un lado por el líder máximo como instrumento político, y reducido a una fecha que, siendo luctuosa, es festejada desde entonces como la entrada del Caudillo rojinegro en la vida nacional. Por supuesto, detrás del ascenso de las mismas figuras comunistas que habían compartido en los años 40 poder con Batista, estaba la poderosa URSS, muy sobrevalorada entonces por el Comandante en Jefe.
Algunas de las fotos incluidas en el libro nos presentan a estos jóvenes sobrevivientes en los primeros meses de 1959, aún aferrados a sus ya políticamente inútiles ametralladoras. El libro constituye un homenaje a gente valiente, cuya trayectoria ha sido cobardemente silenciada o torcida después, como Aldo Vera Serafines, como Armando Cubría, como Manif Nallib Abdala, el hijo de Josefa la Siria de Santa Amalia; como mi primo hermano Armando Eladio González Rodríguez, humildes héroes de mi infancia.
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