
Prisión Provincial de Canaleta, Ciego de Ávila, 17 de junio de 2010 (PD) Una vez más la vida me demuestra que en la prisión todo es posible. El ser humano en estado de reclusión se convierte lo mismo en fiera salvaje que en inofensiva ave.
En ocasiones presiento que la mente se atrofia y suceden reacciones inimaginables para quien nunca ha puesto un pie en la cárcel.
Siete años y tres meses es tiempo más que suficiente para vivir experiencias dignas de la ciencia ficción en un planeta desconocido.
No dudo del rigor, el desgarramiento, el odio, y de los calificativos negativos arraigados en el hombre y extremadamente manifestados por reos y militares. En determinado momento sienten unos por los otros un odio visceral, indescifrable, al extremo que puede costar vidas en uno u otro bando.
Desafortunadamente, olvidan que a pesar de todo, continuamos sin ejercer nuestra condición humana de razonar, la que nos diferencia de los demás animales. Aunque en pleno siglo XXI, muchos de mis semejantes defienden la teoría de que somos descendientes de una especie particular de primates en peligro de extinción, que desconocen y por qué no, desafían la obra de Dios.
Este tiempo de cautiverio lo considero esencial en mi vida por lo positivo y lo negativo que he aprendido, visto, oído, vivido e imaginado. Cosas que negaba y negaría eternamente de no ser por mis años en varias prisiones del régimen cubano.
El nueve de junio llegó a mis oídos la espeluznante noticia de que el preso común Carlos Alberto Horta López trató de seccionarse el pene. Este singular personaje es conocido en el argot presidiario con el seudónimo de “Gaviota” debido a su condición de homosexual.
Al principio desconfié de la información por razones obvias. No pretendo dilatar la historia. Desconozco las causas que motivaron la drástica acción. Las condiciones de aislamiento con relación a otros destacamentos me impiden aportar más datos fidedignos.
Hasta ahora los militares nunca me han llamado para cuestionar las noticias que transmito. En honor a la verdad, agradezco la valentía y la osadía de una lista infinita de presos comunes que son mis fuentes. De una forma u otra, simpatizan con los presos políticos y de conciencia y detestan a los militares.
En esta temporada de cautiverio, he visto cortarse un testículo, agredirse los ojos y quedar invidente, inyectarse petróleo o heces fecales en las manos y pies. Algunos han perdido extremidades. Otros reos se cortan las venas y si no mueren, pierden muchísima sangre.
El caso, para mi más grave, es el de Jorge Luís Trujillo López, con cientos de cicatrices en su anatomía. Incluso, se cortó las orejas al estilo de los perros de pelea.
Algunos presos aseguran que no faltan infortunados que se han contagiado el SIDA intencionalmente, en uso de todas sus facultades mentales.
Puedo continuar con otros disímiles ejemplos, pero la lista sería demasiado tenebrosa, Pero algo sí les aseguro: Carlos Alberto Horta López se va a ganar el “trofeo de la locura” en este penal de Canaleta. Y les recuerdo, no sería precisamente un premio lo que ganaría para el resto de su vida.