Arroyo Naranjo, La Habana, junio 17 de 2010, (PD) Todavía guardo gratos recuerdos del Mundial de Futbol de 1986, celebrado en varias ciudades mexicanas y en donde el Pibe de Oro, Diego Armando Maradona, se robó el show y conquistó la corona para Argentina. El presidente Fidel Castro quedó flechado por el diestro argentino; de ahí su apego –por demás politizado- a la estrella luego de brindarle ayuda especializada en Cuba por su adicción a las drogas.
Fueron cuatro semanas seguidas escapándome de clases para llegar temprano a casa y luego, como no tenía llave, apelaba a la puerta de mi balcón en un segundo piso, descolgaba una de las persianas flojas y tiraba del pestillo. Muchos amigos del tecnológico hacían lo mismo. La fuga casi era en masa. Después, poco importaba la refriega de nuestros padres o profesores, si ya estábamos frente al televisor deleitándonos con las esprintadas de Arthur Antunes (Zico), Michel Platini, Hugo Sánchez o el estirado Salvatore Artobelli.

Así sucede en Cuba cada cuatro años, el Campeonato Mundial de Futbol acapara nuestra atención y desplaza a un segundo plano otras pasiones y vicisitudes. De alguna manera el Estado consigue transmitir por los canales estatales de televisión los juegos en vivo o diferidos.
Somos una nación 100% beisbolera y con una afición que tiende al regionalismo. Tenemos una cuota de peloteros desertores –considerados “traidores” por la revolución de Fidel- que juegan en ligas profesionales. Por ello se nos priva a seguir de cerca en la radio y la televisión, porque así lo quieren los comisarios del gobierno, las series del béisbol de Grandes Ligas en Norteamérica o Asia.
Todo lo contrario sucede con el futbol profesional. El canal Telerebelde de la televisión cubana, cada año transmite los principales partidos de la liga española e italiana de clubes, así como la Eurocopa o la Copa América de futbol.
¿A quién le vamos en las copas mundiales de futbol?
Cuba no participa en copas mundiales de futbol. Obviamente no tenemos tradición en este sentido y los campeonatos nacionales de la disciplina son técnicamente irrelevantes. Por ende, adoptamos nuestros ídolos, delanteros, centrocampistas, defensas o guardametas que se destaquen en las selecciones de Argentina, Brasil, España, Francia, Alemania, Holanda o Italia. De ahí que sellemos nuestra afinidad por un equipo no necesariamente del área centroamericana y el Caribe.
Fidel Castro, por ejemplo, en reciente reflexión, dijo y cito: “Con creciente emoción irán siguiendo las vicisitudes de los personajes más conocidos. Observarán cada paso de Maradona y no dejarán de recordar el instante del gol espectacular que decidió la victoria de Argentina en uno de los clásicos”.
Ahora con el Mundial de Futbol Sudáfrica 2010, quisiera ver por el hueco de una aguja a Iván Marquetti (El Flaco) apostar por la zurra italiana, a El Chino (el Ninja) por Brasil o a mis primos Luís y Ernesto Maturell por los alemanes de Joachim Loew. Claro que ninguno de ellos ahora escaparía de clases para deleitarse con 90 minutos de futbol de primera, pero sí es probable que sus responsabilidades de hoy en alguna medida se “reajusten” por el Mundial.
Si no estoy muy atareado, puede que vea la transmisión de los 64 partidos –“regalo de la televisión cubana”- sin violentar ventanas. Le voy a los italianos de Marcello Lippi y de ahí elegiré a mi nuevo ídolo, así como tiene el reflexivo en jefe, Fidel Castro, sobre un pedestal, a su nuevo ahijado argentino, Lionel Messi.