La Víbora, La Habana, 24 de junio de 2010, (PD) Le di un vaso de agua, le puse el ventilador para que se refrescara, y le pedí que se calmara. Arturo tenía el rostro completamente rojo y, cuando llegó a mi casa, pensé que era por el intenso calor que ya pronostica un verano demasiado caliente. Pero no estaba rojo por el calor, sino por la ira.

“Ellos evidentemente no pueden hablar sin ofender, y cuando no pueden someterte empiezan a llamarte cuanta cosa ofensiva encuentran para vilipendiarte y rebajarte en tu dignidad. Cuando le argumenté en respuesta, lo único que atinó fue a gritarme “mercenario”, “asalariado de los norteamericanos” y cosas así”, dijo.

Al rato, logré que se tranquilizara. Luego me preguntó: ¿Tenemos que aguantar en calma que nos vejen de esa manera?...Porque cuando me tratan así lo que tenga es ganas de…” Y agregó algo impublicable.

Esta situación la he visto unas cuantas veces y me creo en el deber de decirles a Arturo y a muchos compatriotas más mi opinión al respecto.

El recurso de utilizar una frase, un epíteto o un término ofensivo y descalificador para con el adversario, no es nuevo en la historia. Ese hecho se ha repetido hasta la saciedad desde la época del desaparecido Imperio Romano hasta nuestros días.

En nuestro propio país lo hemos visto. Así, los españoles llamaron “mambises” a los cubanos en armas y esa denominación tenía entonces un carácter vejaminoso y descalificador. Los soldados batistianos denominaban “mau-maus” y “muerde y huye “a los rebeldes de la Sierra Maestra y otros lares también con el mismo propósito ofensivo.

Después del primero de enero de 1959, comenzó a utilizarse el mismo recurso, o sea, a denominar “gusanos”, “apátridas”, etc., a todo el que no estuviese de acuerdo con el proceso socialista y lo rechazase de alguna manera. A partir de eso, ya nadie que estuviese en desacuerdo pudo ser nunca más una persona decente, pues los millones de afuera y de adentro en discrepancia con el sistema serían ya por siempre eso: escoria, traidores, vende patrias, mercenarios, etc., etc.

En los 51 años de revolución no he oído jamás esta formulación en los medios oficiales: “X no está de acuerdo con nosotros, pero es una persona decente a la que se debe respeto…”

Así las cosas, libremos una pequeña escaramucilla con el manido término “mercenarios”.

Este adjetivo tiene varias aristas que debemos analizar. Empecemos por la primera acepción que de él dan algunos diccionarios de la lengua española.

Según el Diccionario Enciclopédico Océano: Aplicase a la tropa que sirve en la guerra a un gobierno extranjero por una retribución.

Conforme al Diccionario María Moliner del Uso del Español: Soldado que en las milicias antiguas servía por un salario en un ejército extranjero.

Fíjese que se habla en términos de tropa, soldados, milicias, ejército; se refiere a las claras a aquellas personas que tienen que ver directamente con formaciones militares y de ninguna manera con civiles. O sea, que este término no puede ser aplicado a quienes no militan en ninguna organización armada y, si de todas formas se hace es sencillamente por la ignorancia (o mal intención) de quienes no saben ni lo que dicen.

Por supuesto que, como lo hemos visto tantas veces, “el revés puede convertirse en victoria”, según el pensamiento nacionalsocialista, pero lo que dicen los diccionarios es a lo que habremos de creer.

Luego, si la definición que dan los diccionarios es esta, cabría preguntarse, como vieron los angolanos y los etíopes que no apoyaban a Agostinho Neto o a Haile Mariam la presencia de tropas cubanas en sus territorios (aunque aquí queramos llamar eso “internacionalismo proletario”). ¿Podría criticárseles que denominaran, con mucha más razón, mercenarios a esos cubanos?

Por supuesto que todo depende del cristal con que se mira. Los que llevan siempre puestos los lentes rojos del marxismo-estalinista, repetirán lo mismo que les orientan desde las alturas.

De todas maneras, Arturo, cuando sus detractores, a los que cada día se les reduce más el espacio lenta pero inexorablemente, le vuelvan a llamar de esa manera, recuerde lo que al respecto dijo el más grande de todos los cubanos: “Miente como un zascandil/ el que diga que me oyó/ por no pensar como yo/ llamar a un cubano vil.”

Este tema no queda agotado aquí. Todavía tiene otros aspectos y uno de ellos es lo que dice al respecto el Derecho Internacional Público, así es que, sobre este asunto volveremos nuevamente.