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CIENTO OCHENTA AÑOS DESPUÉS
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Frank Cosme
Litógrafo. Reside en La Habana. primaveradigital@gmail.com  
Por Frank Cosme
Publicado el 8/07/2010
 
Al preguntarle en una ocasión a Máximo Gómez el periodista estadounidense Grover Flint, autor del libro “Marchando con Gómez” cuáles eran sus mejores generales, este respondió: “Junio, julio y agosto”.


Santos Suárez, la Habana, 8 Julio del 2010, (PD) Al preguntarle en una ocasión a Máximo Gómez el periodista estadounidense Grover Flint, autor del libro “Marchando con Gómez” cuáles eran sus mejores generales, este respondió: “Junio, julio y agosto”.

Aunque fue una respuesta al parecer jocosa, mucho tuvo de cierto. El viejo general, autor de las estratégicas marchas y contramarchas que lograban romper las dos líneas defensivas que establecieron los españoles de Norte a Sur de la isla, era muy ocurrente y a la vez perspicaz.

Efectivamente, el viejo mambí tenía razón. Junio, julio y agosto fueron sus mejores generales porque el calor producía malestar y hacía perder el tino a los colonialistas de esa época. Pero me pregunto a la luz de los últimos acontecimientos ocurridos en Cuba y el exterior, por coincidencia también en los meses de junio y julio, si se trata solamente del calor o es una condición intrínseca de ciertos habitantes de la Península Ibérica, que llevan en la sangre un programa de ADN político invariable que se transmite de individuo a individuo a través de los siglos y cuyo gen tiene cuatro letras: C U B A.

Sobre el año 1824, como tantas veces después, el sacerdote cubano Félix Varela declaraba en el primer número del periódico El Habanero; “Es preciso no perder de vista que sobre la isla de Cuba no hay opinión política, no hay otra más que la mercantil”. En otra ocasión aclaraba también: “Los europeos radicados en Cuba reducen el mundo a su isla y los que solo van por algún tiempo para buscar dinero no quieren perderlo todo en una revolución.”

Según expresara José Antonio Portuondo en su “Bosquejo histórico de las letras cubanas”, Varela era un hombre serio con un impecable sentido del humor. Unido a esto, su conciencia le dictaba que la patria “peligraba por la indolencia de unos y la perfidia de otros”, lo que le indujo en otro momento a responder a sus prudentes amigos: “¿Es imprudente levantar la voz y advertir del peligro? Si por decir la verdad me atraigo el odio, cuanta más razón para continuar diciéndola.”

¡Y vaya si de verdad se atrajo el odio! Ya en el verano de 1825, Hilario de Rivas, primer secretario de estado español ordenó a Tomás Staughton, su cónsul neoyorquino, que vigilara de cerca a Varela.

Cinco veranos después, el 5 de junio de 1830 el cerco en torno a Varela se estrechó y su carrera eclesiástica sufrió agresiones sistemáticas. A pesar de que el obispo de New York, cuyo apellido era Dubois, intercedió a favor suyo ante Roma proponiéndole para un obispado, el gobierno español manipuló la verdad en el Vaticano y consiguió desestimar a Varela para el cargo que se merecía, pues su acción social y humanitaria a favor de las recientes inmigraciones de italianos, irlandeses y de otros países de Europa, lo acreditaban como un verdadero y auténtico pastor de Cristo.

Roma solo oyó la cara del disco que le hizo sonar el embajador español el 26 de agosto de 1830. El confidencial informe del excelentísimo decía que Varela mantenía relaciones con varios “agitadores criminales causantes de los trastornos y desórdenes que afligen los dominios de Su Majestad en América”.

Ciento ochenta años después, unos nuevos émulos de aquellos, con el mismo ADN, vienen a cabildear de nuevo a Roma contra la imperfecta nación que surgió por no seguir sus consejos.

Coinciden los meses, coinciden los intereses, y coinciden las mismas causas. El interés de ciertos “celtíberos’’ de mantenerse a sangre y fuego en la Perla de las Antillas. Tal parece que el Señor de la historia nos recuerda a través de aquel que Martí llamó el Santo Cubano, que sus enseñanzas están vigentes.

Aquel pensamiento ya expresado en el cuarto párrafo, alertaba…“es preciso también no equivocarse, en la isla de Cuba no hay amor a nadie más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café “. Dos siglos después, las cajas de azúcar y los sacos de café son sustituidos por múltiples negocios, el más rentable por supuesto es el de los hoteles.

Y así, la mayoría del pueblo de Cuba, que nunca conoció el libro “que enseñó a pensar a los cubanos de aquella generación”, Cartas a Elpidio, sigue preguntándose: ¿Por qué en una tierra tan feraz hay que pasar tanto trabajo? ¿Por qué hemos tenido que sufrir a través de la historia la ingerencia, no ya de potencias, sino de grupos de poder que solo piensan en sus beneficios, enmascarándose de altruistas y humanitarios?

Un grupo hotelero piensa construir otro hotel en Varadero. Con este sumarían 7. Tal vez más adelante condecoren y premien a sus socios cubanos, como hizo recientemente otra empresa de este tipo.

Liborio no leyó nunca Cartas a Elpidio, tampoco cuando mira un mapa se percata de la posición que tiene Cuba en América. Si lo hiciera, hallaría las respuestas a los ¿por qué?