
Centro Habana, La Habana, 5 de agosto de 2010,
(PD) Cuba no es solo la isla de la música y de las balsas, sino también la de los títulos y otros perendengues que diferencian a los cubanos de cualquier otro mortal.
Desde la llegada de los conquistadores españoles a la isla, el 28 de Octubre de 1492, nuestros suspicaces aborígenes comprendieron la importancia de un título a la hora de acercarse a un fogón, acceder a unas faldas o elegir la mejor forma de gozar en la vida.
Pronto se dieron cuenta que no comía lo mismo fray Gandinga que Abundio el carabinero. O que la india Guaracabulla, “la pati zamba”, no distinguía entre la hamaca de un Caballero de la Orden del Palo Tieso y la del Hidalgo de Braguetas Don Solícito El Templón.
El título definía el rango del poseedor, la escala de valores en las que se movería entre salones o culebras (iguales de depredadores), El Marqués de La Cabeza Hueca o el maestro Lavapiés del Almirante Colón, Hernán “El culiguasasoso”
Nunca un flechazo alcanzó a un virrey ni una gonorrea tiró por el suelo a un Comendador. Sólo los soldados morían entre alaridos y alcoholes, y los aborígenes aprendieron la lección.
Pero como siempre hay un hijo de puta en cualquier nivel o bando, los aborígenes del cacicazgo de Bollo Manso, en la confluencia del rio Toa con el Quibú, amanecieron un día con un Cacique en Jefe, avalado por un Consejo de Ancianos que se sujetaban unos a otros para orinar o toser.
Y desde ese día surgió en la isla la manía por la titulación. Lo mismo se graduaba un indio de Pajero Oficial, que una india de Jinetera On Line o Cuerpo a Cuerpo, ambos oficios diseñados para aliviar las penas y los penes de los guerreros revolucionarios con lanzas de silicona.
Según el libro “La putería en Cuba, Habana-Babilonia”, de Amir el de Villa Diego, también existían títulos de Celestinas antes y después del alba, Mata Niguas a granel, Despiojadores a domicilio (bahareque), Casaberas de cerelac, y Sopla Tubos de Arcabuz, entre otros oficios o carreras letrinarias que facilitaron el rumbo al porvenir y la eficiencia que disfrutamos hoy.
Por eso es que me indigna la queja formulada por la joven Keyla Fernández, ante la demora de la entrega de un título que acredite sus estudios.
Graduada como técnico medio en Optometría y Óptica en la Facultad de Ciencias Médicas de la capital, la joven protesta porque desde hace sólo tres años aguarda por un documento que, de seguro, no la sacará del potaje con arroz, los zapaticos chupameao y el perfume de Yaguasa.
Y aunque es verdad que semejante nadería le afecta el salario, el nivel de empleo y la realización profesional, si es optometrista tiene que mirar lejos y comprender la ceguera congénita de la revolución.
No por falta de voluntad, sino por la plaga de cataratas, glaucomas y uveítis que lanza el enemigo contra los ojos de un país incapaz de visualizar que camina por encima de sus propios escombros.
Además, en una nación donde quién no posee el título de médico lo tiene de profesor, mira huecos A (posadero), o Diseñador de Cortinas de Humo para las asambleas del Poder Popular y el partido, entre otras profesiones, es lógico que con tanto papeleo se pierdan el 98 por ciento de los títulos requeridos.
También entre las causas de la demora, es justo consignar las jugarretas que nos juegan el medio ambiente y la crisis económica mundial.
No se puede pasar por alto que por culpa del derrame de crudo ocasionado en el Golfo de México por la British Petroleum, nuestras naranjas producen jugo de calabaza, los puercos maúllan como gatos, y las chivas vuelan como cigüeñas por el horizonte.
Eso, sin contar que las intensas nevadas en el desierto de Sahara han impedido el acceso a las zonas boscosas de esa región, hecho que impide talar los árboles y extraer la pulpa con que hacer el papel para confeccionar los títulos necesarios de los cerca de 10 000 aspirantes que aguardan en el país.
Y ni hablar de la una crisis económica mundial que nos impide recoger la cosecha de médicos, hospitales y escuelas sembrados Barrio Adentro en Venezuela, Bolivia y Ecuador, productos que nos permitirían garantizar aunque sea el arroz a los cubanos.
Pero estamos en camino de resolver su problema, impaciente Keyla.
Los tibores pensantes del país han creado una empresa denominada Titulandia S.A. (no en asociación con Max Marambio, sino con Miss Murumba), que nos permitirá navegar por el Río Zaza asociados a Cubana de Aviación, en busca de su merecido título.
Eso se lo aseguro yo, Nefasto “El titulador”
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