Ramón Díaz-Marzo
Periodista independiente y escritor, reside en La Habana Vieja. ramon597@correodecuba.cu
LA MOÑA
- Por Ramón Díaz-Marzo
- Publicado 2/12/2010
Por eso existen en todos los idiomas, dentro de los hospitales-bibliotecas, los asilos. Sólo pueden encontrarse esas palabras en los polvorientos anaqueles empotrados de interminables laberintos al estilo del de Jorge Luis Borges, donde algunas sólo pueden ubicarse en raros ejemplares únicos que están en las manos de coleccionistas enloquecidos o en las grandes bibliotecas del mundo. El acceso a esos espacios está vedado para la mayor parte de las personas, lo cual convierte esas zonas de la biblioteca en misteriosas prisiones donde reina el silencio.
También podemos comparar a las palabras con los vehículos que ruedan por las carreteras del mundo; hay autopistas por donde las viejas palabras tienen prohibida la circulación. Esas palabras, como los coches, son sustituidas por la dinámica de los nuevos tiempos y poco a poco pierden la licencia de circular por las calles y carreteras de nuestro pensamiento y dejan de ser útiles para la reflexión y la comunicación.

De cuando en cuando, algún estudioso o incipiente escritor que nada tiene que escribir sobre sí mismo por miedo o por haber llevado una vida gris y plana y ahora se dedica a escribir palabras para los catálogos de las exposiciones de los plásticos, desentierra o entresaca alguna de estas palabras y las pone en circulación.
Pero los verdaderos médicos y brujos que le devuelven vida a las palabras moribundas son los delincuentes en las prisiones, especialmente si son delincuentes que por razones que ahora escaparían de cualquier modo al más acucioso análisis, permanecerán de por vida y hasta su muerte en prisión y si las cosas hubieran funcionado de otro modo, ahora serían grandes hombres públicos.
En nuestro caso, en Cuba, nuestros gloriosos delincuentes y encerrados de por vida en las prisiones, han demostrado poseer una imaginación y una fuerza brutal de pensamiento cuando constantemente editan, verbalmente, nuevos giros del idioma que se publican en nuestras calles a través de aquellos presos que son liberados. Estoy hablando del habla popular que en las nuevas generaciones tiene sus más seguros seguidores.
Por supuesto que internacionalmente al habla popular de cada país también se le conoce. Es el caso del lunfardo argentino, no porque los búlgaros, por ejemplo, hablen como los argentinos, sino porque los delincuentes del arrabal, la puta, y la navaja argentina, elevaron su vocabulario al status clásico del tango que hoy nadie duda en considerar universal.
En nuestro caso, el caso cubano, el guaguancó, la guaracha y las voces africanas no se han internacionalizado de igual modo que el lunfardo argentino, pero tengo la sospecha de que yo que soy escritor, escribo de un modo y cuando estoy entre amigos me expreso de otra forma. Y disfruto mucho al utilizar las palabrotas y el modo callejero de hablar en mi barrio.
Les pondré un clásico ejemplo de las paradojas del lenguaje. En La Habana, que a partir de Alicia Alonso se puede considerar la capital del ballet, los maricones, las locas, cuando hace años (y aun hoy con otras bailarinas) asistían a una representación de Giselle por Alicia Alonso, cuando la destacada bailarina ejecutaba un movimiento que sobrepasaba las expectativas, las locas, los maricones, emocionados, se levantaban de sus butacas en el teatro “García Lorca” y en vez de gritarle ¡Bravo! ¡Genial!, le gritaban ¡Perra! ¡Asquerosa!
Así vemos como el lenguaje, en su afán de crecerse a sí mismo, de no dejarse morir, es capaz de alterar el orden de los factores. Todos sabemos que aquellos maricones necesitaban expresar una emoción tan grande, pero tan grande, que las pobres palabras usuales no podían hacerlo y no tuvieron más alternativa que acudir a las pantagruélicas expresiones del lunfardo callejero.
Otro ejemplo que os puedo exponer es que un buen amigo mío un día me hizo un gran favor, y en vez de decirle: “¡Eres un gran hombre, un buen hombre!”, le dije: “¡Eres tremendo hijo de puta, gracias, men!”. Mi amigo no se ofendió. Acostumbrado como yo al lunfardo callejero, nos abrazamos con sinceridad. Él sabía que yo no lo estaba ofendiendo, sino expresándole mi más alta consideración.
Por eso, las palabras son como las personas. Si a cualquier palabra le hicieran una entrevista y le preguntaran lo mismo que le preguntaron al escritor y político español Ortega y Gasset “¿Quién es usted realmente?”, la palabra podría responder: “Yo soy yo y mis circunstancias”.
Este artículo se titula “moña” porque parte de la vida real. Resulta que hace unos días tuve que escribirle a una mujer que dice ser editora e iba a publicar un libro mío, y entonces cometí el error de creer que hablaba con una persona en armonía espiritual conmigo y comencé un párrafo de este modo: “La moña es que…”. Dicho en el lenguaje de los muertos el párrafo hubiera podido decir: “La cosa, el asunto es...” Entonces, esta supuesta editora ha formado un tropelaje y como vive en España (donde también hay malas palabras y lunfardo) me respondió con un e-mail echando leches.
Así que aprovecho para decirles a los políticos de cualquier bando que cuando estén reunidos, sea en la OEA o en el G-20, que jamás cuando hablen entre sí utilicen el lunfardo de sus respectivos países porque se puede armar la Tercera Guerra Mundial.
Por ejemplo, en el caso más reciente de esta parte del mundo y en relación con el río “San Juan”, que con sus mojones marca las fronteras entre Nicaragua y Costa Rica, jamás ninguna de las partes involucradas diga, exprese, que “hay moña con el río San Juan”. En el caso de la reciente cumbre del G-20, afortunadamente a nadie se le ocurrió decir que “hay moña con la devaluación del dólar”.
ramon597@correodecuba.cu
Autor/Admin)