LA ESPERANZA DEL MUNDO
- Por Gladys Linares
- Publicado 10/12/2010

Lawton, La Habana, 9 de diciembre de 2010, (PD) Durante cincuenta años hemos escuchado por los medios la propaganda del gobierno cubano sobre la atención al bienestar de los niños y jóvenes. Pero la realidad es distinta, pues son ellos los que más han padecido durante el castrismo.
La educación revolucionaria para formar al hombre nuevo, al duro, al comunista, los privó de sus juguetes, juegos y fantasías, y les impuso una educación que, lejos de contribuir a su pleno desarrollo, los reprime.
Al comenzar en la escuela, les hacen miembros de la Unión de Pioneros de Cuba, les imponen una pañoleta y el lema “Pioneros, por el comunismo, ¡seremos como el Che!”. Esto lo repetirán durante toda esta etapa, aunque sean aún muy pequeños para entenderlo. Con esto, tratarán de fijarles un reflejo de obediencia al régimen.
A finales de los años sesenta, se estableció en las escuelas secundarias el plan de la escuela al campo. Los niños fueron alejados de sus hogares hacia campamentos sin las mínimas condiciones, para trabajar en la agricultura alrededor de cuarentaicinco días, y más tarde las Escuelas en el Campo, donde comparten el estudio con el trabajo agrícola durante todo un curso escolar, actividad esta obligatoria para lograr alguna carrera.
Mientras que en los años setenta leíamos y escuchábamos lemas tales como “Nada es más importante que un niño”, muchos padres eran enviados en misiones militares a países lejanos como Angola y Etiopía, de donde algunos no volvieron.
Frank fue uno de estos niños que recuerda a su padre como un sueño lejano. En su mente aún perduran los gritos de su madre y abuela cuando vinieron a notificarle la muerte de este. Nunca ha entendido por qué su papá fue enviado a morir a un país extraño, y culpa al gobierno de sus tristezas y vicisitudes en la niñez.
Otra falacia del castrismo es su preocupación porque los niños crezcan sanos y fuertes, mientras que han sustituido los ínfimos productos cárnicos de la libreta de racionamiento, por una libra de pellejo que venden con el nombre de picadillo de res. Muchas madres se han quejado ante las autoridades sin obtener respuesta.

En un momento en que el desempleo amenaza a la familia cubana, el escenario no es nada halagüeño para los niños y adolescentes. Las dificultades que enfrentan los padres para adquirir cereales, frutas, vegetales y proteínas, se agudizan hoy más que nunca y prueba de esto está en la disminución del peso y la talla de la población infantil.
Se acerca la Navidad, que para muchos niños pasará, como otras, sin penas ni glorias, sin conocer los turrones, las castañas, las nueces ni las avellanas. Las golosinas, que siempre fueron muy baratas, hoy se venden en CUC, y la mayoría de los padres no tienen acceso a esta moneda, o, cuando lo tienen, es lo justo para adquirir algunos artículos de primera necesidad. Por eso es frecuente ver algunos niños, principalmente a los que viven en el casco histórico, pedir moneditas a los turistas, y quien se quede observándolos verá que con ese dinero corren a comprar caramelos, galleticas y otras chucherías, tan goloseadas en esta edad.
Muchos adolescentes sueñan con la emigración para escapar de la presión que enfrentan en el país, y están dispuestos a lo que sea para lograrlo, incluyendo la prostitución, conocida popularmente como jineterismo. Así, año tras año, numerosas familias cubanas tienen que resignarse a ver partir a quienes un día fueron, como dijera José Martí, “(…) la esperanza del mundo”.
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