Ramón Díaz-Marzo
Periodista independiente y escritor, reside en La Habana Vieja. ramon597@correodecuba.cu
ES DIFÍCIL CREER QUE LO LOGREN
- Por Ramón Díaz-Marzo
- Publicado 10/12/2010
¿Qué es lo normal? Todos saben que es lo normal o algo que se le parezca: todo aquello que funcione y tenga su razón de ser sobre la base del sentido común. De manera que no me hagan escribir un artículo dentro de otro artículo y caer en la disgregación.
Habrá que esperar la culminación del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, y observar si las personas que participarán con su voz ante la máxima instancia del gobierno tendrán un margen aceptable de libertad para exponer la urgencia de un cambio en el modo en que hasta ahora funciona la economía interna con todo lo que ello implica: atención a la población, etcétera. De lo contrario, si los temas están prefigurados en función de un modelo económico que no funciona, cuando se le pida a los representantes del pueblo que levanten la mano para dar su opinión sobre tal o mas cual medida (porque políticamente el gobierno no puede hacer otra cosa) y nadie exponga la verdad, entonces habrán perdido el tiempo: las condiciones de vida y medidas absurdas en que vive la población continuarán, y no habrá tiempo de salvar algunos de los logros de la Revolución. Por otro lado, el trabajo de los dirigentes no será fácil ante una juventud y población indolente y aterrorizada por científicos programas del control de la mente, y que de tanto sufrir las absurdas medidas de la “Revolución” ya no cree en ella, y está predispuesta a pensar que todo continuará igual hasta que la muerte llegue para colocar las cosas en su sitio.
Entonces tendremos a un país indefenso ante las oscuras fuerzas externas que impondrán un mundo también en decadencia, como nuestro propio totalitarismo. En una palabra: lo que la Revolución, el Partido, y demás organizaciones tienen que hacer para enderezar el universo interno de nuestra “economía” es, más que una renovada tarea de gobernabilidad, un verdadero acto de magia política. Observen esta solitaria y simple foto. Mirándola contemplan a la Cuba actual (especialmente a la capital): una esquina tapiada con ventanas a ambos lados. Por la derecha hacia la calle de Ánimas, y por la izquierda a la calle de Monserrate. Y en lo alto, los balcones correspondientes al primer piso del viejo edificio “Balaguer” (Ánimas #9).
Donde Ud. observa esta armazón de mampostería, ahora ocupada por personas privadas, existió hasta el final de la década de los 60 un Bar-Cafetería “Bellas Artes”, relativamente concurrido, y en la misma esquina, pero independiente del Bar-Cafetería, y por dentro, un kiosco de vender cigarros y tabacos. Estas aceras estaban atestadas de comercios grandes y pequeños; comercios que le ofrecían a la población un lugar de esparcimiento sin el vandalismo que ahora caracteriza los pocos locales que aún quedan y que la dictadura no ha podido suprimir porque Dios es demasiado grande.
Por la parte de la acera correspondiente a la calle Ánimas, por donde vemos venir un casual transeúnte al momento de tomar esta foto, era una acera llena de comercios: la cafetería de “Pepe el Gordo”, el bar-cafetería “Las Américas”, muy usado en una época por “el Caballero de París”, porque los dueños de “Las Américas” eran Juan y Cheo, que le ofrecían casi al cerrar el negocio un plato de arroz con frijoles al digno caballero, que conocí, porque yo viví en los altos de este edificio, y en la otra esquina, cruzando la calzada de Zulueta, nos dábamos de bruces con el internacionalmente conocido “Sloppy Joe”, y uno era un adolescente, pero recuerda aquellas columna rellenadas de fotos auto biografiadas por los artistas de Hollywood y hasta políticos famosos que a su paso por La Habana no podían darse el lujo de ignorar el lugar. El mostrador de madera preciosa del “Sloppy Joe” ha sido uno de los más largos que he visto en mi vida; le calculo una longitud entre 15 y 20 metros. Alguna vez, en plena decadencia, logré ver a un cantinero hacer deslizar, sin chocar con otras copas y botellas, un vaso de cristal de extremo a extremo.

Mi amigo Roberto Fernández Palacio, que ahora vive en España, casado y con un precioso niño, como es menor en edad que yo y no conoció aquella Habana, una noche de los años 80 lo invité a realizar un recorrido desde la estatua de Juan Clemente Zenea (vilmente ejecutado por los españoles de la tozuda colonia) comenzando por el Paseo del Prado donde se encuentra el famoso edificio “Prado #20”, internacionalmente conocido por representar una cara del papel moneda (aún vigente, aunque ya no se imprime así) por valor de 10 pesos cubanos. Y por todo el Paseo del Prado caminamos hasta la calle Neptuno, y a ambos lados de la acera le fui diciendo “aquí existió tal tienda… aquí existió tal comercio”. Mi amigo Roberto se sorprendió mucho de que La Habana hubiera sido tan bonita y pintoresca y ahora todas aquellas aceras con sus plantas bajas estaban ocupadas y transformadas en casas particulares por familias que no encontraron otra alternativa porque la Revolución, como todos sabemos, no ha cumplido una promesa hecha en el juicio del Moncada: “La construcción de nuevas viviendas…”.
De este modo, la sistemática destrucción de la sociedad civil ha llegado tan hondo, ha esparcido sus raíces caóticas tan profundamente, que la tarea pendiente para el actual gobierno de los hermanos Castro será titánica porque tendrán que realizar en un par de años cambios sustanciales que no se preocuparon por hacer en medio siglo de liderazgo cuando hubo tiempo para hacerlo con el inmenso “tubo” de suministro y ayuda que se estableció desde la extinta Unión Soviética hasta nuestra isla.
En la foto, hacia la izquierda, había otra pequeña tienda especializada en tabacos de todas las marcas, y también una minúscula librería que sólo era un estrecho pasillo de dos metros y medio de ancho y cinco metros hacia el fondo, conocido como la librería de “Gelado”, donde los libros hacían pilas desde el suelo hasta la altura del pecho, y el Sr. Gelado, siempre detrás de aquella tonga inmensa de libros, que también estaban a ambos lados de las paredes; si uno continuaba hasta el fondo, podía verlo sentado bajo una lámpara vigilando que no le robaran un libro junto a un empleado, un buen señor que tenía dificultad en el hablar, pero recibía a casi todas las personas que entraban allí con la sonrisa de un buen corazón.
Y hablando de buen corazón: yo recuerdo que los cubanos de aquella época, que yo siempre los llamaré de la “vieja guardia”, eran personas de buen corazón, que te sabían tratar bien, sin la mala intención que ahora uno puede respirar en cualquier establecimiento estatal, desde un tugurio donde sólo venden pan con croquetas hasta un hotel cinco estrellas.
Por esa misma calle de Monserrate luego venía la “Sociedad de Ingenieros de Cuba”, cuyo logotipo aún puede verse en el piso, el cine “Actualidades”, y en la esquina limpiabotas y vendedores de periódicos y revistas, y más allá, cruzando el comienzo de la calle Neptuno, la Manzana de Gómez.
Muchas manzanas de la capital se han salvado de sustituir sus comercios en planta baja por casas particulares porque sería el colmo que tiendas tan bien organizada como las de la Manzana de Gómez (lugar dividido internamente por cuatro pasillos que le dan al transeúnte cuatro opciones de salida) ya lo hubieran convertido en un solar, incluyendo sus inmensas cinco plantas superiores que antes eran oficinas de empresas privadas y bufetes de abogados y ahora, al menos, es una escuela secundaria por el día y una escuela de idiomas por la noche.
Así que cierro este breve comentario repitiendo que “es difícil creer que lo logren”, pero si lo logran, bienvenido sea.
ramon597@correodecuba.cu
Fotos: Ramón Díaz Marzo