DE DONDE SON LOS POETAS
- Por Antonio Conte
- Publicado 10/09/2009
Una madrugada, la tropa de curdas se fotografió en medio de la Calzada de Guines, a las 3 de la mañana, a expensas de que una guagua de la ruta 33 los aplastara. No ocurrió el deshuesadero porque todo fue un invento de Nicola. Se las ingenió para montar sobre la foto de los amigos, en las afueras del bar, una de la calzada y otra de la ruta 33 lanzando por el aire torsos, piernas y las testas sonrientes de los muchachones.
Romano escribió un poema de 20 líneas titulado melancolía, donde menciona a Rimbaud, Whitman, Henry W. Longfellow y Edgar Allan Poe. Ni corto ni perezoso, Nicola retrató a Silva disfrazado de José Asunción, y montó la foto con retratos de los poetas en una calle del New York de los años 50. En la parte superior del cuadro, el poema manuscrito de Romano. El montaje, casi un mural, se colocó en la pared principal del bar.
Hemingway, de regreso a La Vigía, una tarde de agosto, se detuvo en el bar Jacomino a libar un daiquiri sin azúcar, como dicen que se los bailaba. Admiró el montaje, leyó el poema, le echó el brazo a Romano y le dijo con su voz de titán en penumbras:
-Mi amigo, usted es un cabrón de la vida. Tómese lo que quiera que yo lo invito.
-Y usted es un buen americano, aunque mata a los habitantes de la selva. Pero el mérito no es mío, es de mi amigo Nicola que metió mano a la obra.
-Coño, poeta, eres un alma noble. Pero el espíritu del poema es lo que captó el artista. ¿Cómo dices que se llama? ¡Ah, del Ado! El espíritu sopla donde quiera.
Romano vivía en un edificio nuevo, frente al cine Continental, en un apartamento de un cuarto que parecía mercado persa. Cuando se entraba en la sala, la hilera de botellas de cerveza Hatuey llevaba al visitante directamente a la cama donde yacía, durmiendo la mona de la víspera, el poeta. En sus ratos de lucidez, tres o cuatro horas al día, solía decir:
-No hay beso de mujer que se equipare a una buena fotografía. ¿Saben por qué? Porque es verdad; no es como el cine, que es un truco, igual que el ósculo de una dama. Hasta cuando se trata de un fotomontaje como los que me gustan, estamos metidos de cabeza en la realidad, no en la ficción.
Romano no murió de cirrosis, sino de un infarto fulminante, escoltado por decenas de botellas vacías de ron, aguardiente Cazalla y cervezas. El entierro fue un homenaje, no a los borrachos del mundo, sino a los poetas y fotógrafos. Sobre el ataúd colocaron el montaje que elogió Hemingway, y así se fue al otro barrio aquel maestro inédito. Nicola despidió el duelo tocando una campana de bronce de bolsillo que anunciaba a los ángeles que para sus predios iba un tipo de ley. Del Ado conservó el negativo, pero nunca sacó una segunda copia de su trabajo.
El sobrino menor de Nicola, Julio Bello, heredó la cualidad de fotógrafo del tío, quien le enseñó los secretos del montaje. Alguien, nadie recuerda quien, le dijo a Julio que un grupo de poetas se iba a reunir en casa de Guillermo. Lo invitó a retratar a los vates. Julio aceptó. Cuando llegó a la casa, se le ocurrió la brillante idea de parar a cuatro de los poetas detrás de una de las bancas de madera y hiero forjado del jardín: Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras (Wichy El Rojo), Víctor Casaus y Raúl Rivero; y sentar en una esquina del banco a Antonio Conte y en la otra al trovador Silvio Rodríguez, que era entonces más flaco que un guin de papalote.
Raúl llamó la atención al fotógrafo: -Oye, caballo, ¿cómo se te ocurre dejar un espacio entre Conte y Silvito? Eso quiebra las reglas del encuadre y el espacio vital. Tú sí tienes timbales.
-Ustedes se callan, que aquí el que tiene la lente soy yo, el dueño del negocio. Pónganse como mejor les parezca mirando hacia mí que voy pa ustedes. Luego haré un homenaje a mi tío y a su amigo Romano, el poeta curda de Jacomino.
El fotógrafo terminó su trabajo. Nos quedamos en el jardín hablando de lo mismo de siempre, y Wichy, rápido como una gacela, realizó la encuesta mensual para poner en claro quiénes eran los mejores 4 poetas de El Caimán Barbudo. El primero siempre era él. Los nombres del dos al cuatro variaban. Incluía la encuesta a otros poetas del periódico que no estaban presentes (éramos 14). En 1966 se colaron en la vida literaria del país con poca obra y un manifiesto: Nos pronunciamos, destinado a molestar a no se sabe quienes. César López nos bautizó como Los Novísimos, tirando un poco a mierda el manifiesto.
Del grupo de poetas de El Caimán murieron Wichy Nogueras, en 1984, y Sigfredo Álvarez Conesa, en 2002. Jesús Díaz, novelista y director del periódico, se perdió en la muerte también en 2002. Ignoro si alguno más de aquellos novísimos cogió las de Villa Diego.
A los 7 días Bello nos citó a la revista Cuba, donde trabajaba y trabajó su tío. Nos metió en el laboratorio, encendió las luces y nos entregó una copia 11 x 14 de la foto que aparece en esta página y otra como fue tomada originalmente, con el espacio vacío entre Silvio y el que escribe. Firmadas ambas por Nicola del Ado y Romano Silva. El espacio ahora no estaba libre. Ceñudo, ausente, aburrido, de negro y con bastón, César Vallejo hace honor a los poetas y la imaginación del fotógrafo.
Nadie conserva los originales que nos obsequió el fotógrafo. Sólo existen copias de copias. Dicen que la cubierta de uno de los últimos CD de Silvio es la foto de esta historia. Julio, como su tío, nunca volvió a imprimirla. Se supone que todavía guarda el negativo en su archivo personal.
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