Víctor Manuel Dominguez
Periodista independiente. Reside en Centro Habana. vicmadominguez55@gmail.com
LA CANCIÓN DE LOS PERDEDORES
- Por Víctor Manuel Dominguez
- Publicado 10/09/2009
Dueño de un manantial de versos que fluyen saltarines desde las ruinas de un solar en Los Sitios, la refinada suite de un hotel en Holanda, o la espuma locuaz de una cerveza en Praga o en La Lisa, los reparte en la Isla sin tener que mostrarle cupones de racionamiento.
Convertido en un dador de poesía de la tierra y el alma con conexiones sólidas en el Olimpo, Raúl nunca dejó de amar en carne y verso lo mismo a la grácil figura que hablaba con soltura de Manet y Degas, que a la hija de Chicho el carretonero, diestra en picadillos de soya y martirios.
Pero la vida le ha jugado una mala pasada y no se va a morir “En este lugar al que llegamos/niños, inocentes, tontos/ y había instalada ya una trampa/ una ciénaga/ con un cartel de celofán/que hemos roto aplaudiendo/ a los tramposos”
Su delito mayor es ser poeta. De lo cotidiano y lo eterno. Del amor y la furia. Los mismos versos que lo condenaron a la cárcel y al exilio nos sirven hoy para recorrer las cicatrices del abandono aún abiertas sobre la piel de Cuba por las afelpadas botas de los gendarmes del odio.
Su poema “La canción de los perdedores” es un viaje sin pausas por las frustraciones.
Cuando el poeta dice: “El bulevar de San Rafael/limita al noroeste/-ya en el Paseo del Prado-/ con la República de Haití/, no violenta la geografía, si no que la contextualiza y la suma a un derrotero económico bastante similar entre ambas naciones.
“No hay ceremonial en la frontera/ sino un eclipse y una penitencia”, argumenta, para luego agregar:
“Este kilómetro de geografía cubana/esta feria/comienza abruptamente no en el mar/ni en las estribaciones de una montaña prodigiosa/ no en el borde de un río/como algunos países/se inicia en la desolación de un parque/ donde una noche/ardió hasta las cenizas El Encanto”
Y la vida y el tiempo le han dado la razón: “Aquí están los perdedores/ este es su Estado/natural/ en él ofrecen al transeúnte/su mercadería de chorombolos y hojalata.
Como si fuera poco, “Las damas pueden comprar en esta calle/los aretes de legítima chatarra/pero además/ se cogen ponches, infecciones/se traman direcciones y fechorías/se venden panes con toda la familia/de microbios y emparedados con todas las epidemias”
Raúl Rivero, en su recorrido poético, nos recuerda el espejo de Sthendal paseado a lo largo de un camino cuando dice:
“Aquí estamos los perdedores/vestidos por el enemigo:/zapatillas Cats de cuatro dólares/un blue jeans de dos mil pesos de una casa de comisiones/y un pulóver criollo con la consigna de/Socialismo o Muerte.
Quién lo dude, que camine por este bulevar “que limita –como se sabe-en el Prado con Haití y en Galiano con todas las sombras del porvenir”.
Raúl Rivero es también un cronista de las ilusiones. Un provocador de taquicardias en los pechos abiertos de quienes al escuchar la palabra poesía sacan en son de paz las banderas del alma.
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