LA UNECA
- Por Frank Correa
- Publicado 10/09/2009
Era la Brigada 1 Santiago, albergaba a una numerosa tropa de obreros encargados de construir hoteles de turismo en la capital. Estos hombres traídos de las lejanas provincias Santiago y Guantánamo, desempeñaban uno de los dos oficios más rechazados por los habaneros: la construcción. El otro era, ser policía.
Ex reclusos en su mayoría, aventureros en su totalidad, aquellos orientales tomaron un día el camino de La Habana para cambiar de escenario y mejorar sus vidas, por lo que aquel campamento de Tercera y Setenta tenía el aspecto de un establecimiento penitenciario. Su largo pasillo con cubículos a la derecha, muy estrechos, hacinados de personajes que siempre estaban listos a perpetrar acciones fuera de la ley, recordaban al “Combinado del Este” o al “Combinado de Prisiones de Guantánamo”. Las taquillas de estos trabajadores siempre estaban repletas de materiales constructivos sacados de las obras. En uno de los cubículos del campamento fabricaban el famoso “azuquín”, un alcohol destilado en serpentines al vapor que se vendía de manera clandestina entre los obreros. El último cubículo del pasillo estaba destinado expresamente para el juego de azar, en plena ebullición las 24 horas.
La ausencia de disciplina en aquel campamento de la UNECA, se manifestaba en toda su dimensión a las seis de la tarde, cuando los camiones regresaban de las obras y los trabajadores se lanzaban por las barandas y corrían en estampida hasta la cocina, tomando por asalto los calderos para repartirse la comida según la ley de la selva.
Por la noche, muchos obreros de la UNECA salían por los barrios de La Habana a vender los materiales constructivos robados, también a “jinetear” a los turistas en las calles y así poder incrementar sus economías. En los cinco meses y medio que transcurrían de un pase al otro, estos hombres apartados de sus familias acumulaban todo el dinero posible. Lo ahorraban como verdaderos judíos, para luego gastarlo a manos llenas en las vacaciones, cuando arribaban a sus provincias cargados de pacotilla como si llegaran del extranjero.
En la UNECA se trabajaba intensamente, se cobraba bien, en comparación con el salario medio. Los accionistas y los inversores sabían que era un gran negocio construir con una mano de obra tan barata y los domingos le situaban en la plazoleta una pipa de cerveza a granel, para que se marearan más.
El espectáculo que ese día se observaba en Tercera y Setenta era caótico. Hombres sucios, barbudos y con rostros primitivos, bebían cerveza en los mismos cubos donde echaban el cemento y la arena, o en los cascos de constructores que protegían sus cabezas de los accidentes de trabajo. Hombres que en vez de conversar gritaban y siempre concluían enredados en riñas tumultuarias.
La policía de La Quinta estación tenía que intervenir para detener los altercados, pero como también eran orientales terminaban echándole tierra al asunto y dándose unos “buches” de cerveza detrás de los cubículos, con sus paisanos.
La UNECA levantó o remozó los hoteles Tritón, Neptuno, Copacabana, Sevilla, Riviera, El viejo y el mar, Chateau, entre otros, y dejó una estela de orientales fuertemente imbricados en la vida habanera.
Donde estuvo erigido el campamento de la Brigada 1 Santiago, ahora hay un terreno baldío. El grupo de ingenieros de la corporación Gaviota S.A. está realizando mediciones para planos constructivos a pie de obra. Seguramente otro hotel de turismo se elevará sobre Tercera y Setenta, por orientales albergados ahora en otra parte de la ciudad.
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