LOS EXCLUÍBLES
- Por Frank Correa
- Publicado 18/09/2009
Muchos son los que han bajado al muelle cubano en el barco de vuelta. Estas personas que por su alto índice de peligrosidad son restituidos a la isla, debieran mantenerse bajo un estricto control. Pero cuando la policía cubana los suelta para la calle luego del proceso documentario, se disuelven en la sociedad llevando consigo una gran carga de peligro.
Este es el caso de Emilio, alias El Guajiro, o El Excluíble, que devolvieron a Cuba en el año 1993. En vez de regresar a su lugar de origen: Bueycito, en la provincia Granma, Emilio compró ilegalmente el garaje de una antigua mansión del capitalino reparto Siboney, una casa que se iba convirtiendo poco a poco en un barrio, por los muchos emigrantes orientales que aprovecharon los ochos cuartos, la sala, el recibidor, la azotea, la terraza techada y hasta el garaje, donde Emilio se posesionó, se casó y tuvo tres hijos.

Emilio vivía del juego de dados y las peleas de gallos. Le caía muy mal la bebida. En sus borracheras peleaba con cualquiera. Luego comenzó a ocasionarse daños él mismo, que a veces afectaban a toda la familia. Una vez quemó todos los carnés de identidad de la casa. En otra ocasión, quemó la propiedad de la vivienda junto con la libreta de abastecimiento. Personalmente se había propinado dieciséis puñaladas en el cuerpo, la última en la lengua.
Una vez lo estafaron en un negocio y preparó con meticulosidad el ajuste de cuentas a su provocador. Alquiló un auto y fue a buscar a su compinche, un individuo de su calaña apodado “Pepecito”, también “excluíble”. Emilio le contó que “El Manca” lo había estafado y tenía que matarlo, pero no sabía donde vivía.
“Pepecito” vio que podía sacar ventaja de la situación. Hizo un repaso en su mente de todos sus enemigos y escogió uno, el más odiado, un primo que vivía al otro lado de la ciudad.
--Yo sé donde vive el tipo --dijo --. Te voy a llevar ahora mismo.
Montó junto con Emilio en el auto, disfrutaba de antemano su venganza.
Mientras el auto avanzaba en la dirección indicada, Emilio le preguntó a “Pepecito”:
--¿Qué tú crees? ¿Le quemo la casa primero y después lo mato?
--Mátalo nada más --dijo el otro excluíble.
Por suerte, Emilio tuvo que abortar su plan por el camino, luego de matar a un perro que halló echado en un bar, donde hicieron una breve parada para darse unos tragos. Tuvieron que marcharse a la carrera de allí por la reacción del dependiente del bar.
Cuando sucedió este percance, ya estaban cerca de la casa del primo, un joven recién graduado de la universidad y también recién casado con una hermosa doctora, la antitesis y el espejo de frustración de Pepecito, un individuo antisocial y sumamente peligroso, que no pudo siquiera vivir en los Estados Unidos.
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