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PATRONIMICOS QUE MATAN

Causas históricas y estructurales de la perdida de valores que ensombrece el presente y compromete el futuro

Boyeros, La Habana, 17 de septiembre de 2009, (PD) Cada vez con más frecuencia se manifiesta, en círculos académicos e intelectuales y en espacios mediáticos una explicable y justificada preocupación por la evidente pérdida y subversión de valores que se extiende por todo el país, y que complica sobremanera nuestra convivencia social, laboral, comunitaria y familiar.

Esos espacios se ven cotidianamente ocupados por la descripción valorativa y el intento de buscar soluciones a esa profunda y generalizada crisis de valores que ensombrece el presente y amenaza el futuro de la nación y para la cual el poder establecido no parece tener respuesta adecuada.

Son varios los spots televisivos que intentan con persistencia reinstalar en el imaginario y el comportamiento social valores como la educación, la cortesía, la caballerosidad, la honradez y la solidaridad, cuya ausencia de nuestro entramado social provoca la nostalgia de los cubanos mayores por el tiempo en que esos patrones de conducta reinaban entre nosotros, por encima de las imperfecciones estructurales que pudiera padecer la Cuba del pasado. Por cierto los realizadores de los mencionados anuncios no han reparado en el hecho de que invariablemente han enfocado las actitudes reprobables e impropias en las personas más jóvenes “educadas” por la revolución y los comportamientos positivos y consecuentes.



Porque cuando a tenor de las redefiniciones estructurales ocurridas en nuestro país hace casi cincuenta años esos valores que definen y sustentan la convivencia humana y social y que por naturaleza y esencia son pre-ideológicos y supra-políticos adquirieron apellidos comenzaron a morir. Con la intención de construir una sociedad, más que superior perfecta, la novedosa e impuesta complementación nominal hizo que los valores y derechos avanzaran presurosos, indetenibles e insalvables hacia ese abismo de subversión y desquiciamientos que tanto afectan ya nuestra convivencia y desenvolvimiento social y cultural.

El caso es que en el camino de la construcción del paraíso prometido nacieron la economía planificada, la emulación socialista y la propiedad se convirtió en social ―es decir patrimonio exclusivo del poder― con lo cual la sociedad perdió todos los incentivos al esfuerzo y la creatividad, así como los fundamentos materiales necesarios para cuestionar el poder establecido y además la capacidad para generar riqueza y bienestar, al punto que hoy somos dueños de todo, pero carecemos de lo elemental para satisfacer cotidianas urgencias o insertarnos en las complejas dinámicas globales de la economía moderna.

La justicia, la policía e incluso los tribunales se convirtieron en revolucionarias y de paso perdieron toda noción de independencia, límites y garantías, llevándose de encuentro a culpables, inocentes y héroes nacionales para finalmente caer en una peligrosa y extendida espiral de corrupción que deja al criminal solvente gozar de inmerecida libertad, a muchos pobres inocentes en la más degradante condición y a la sociedad toda en estado de total indefensión ante las lacras y arbitrariedades que son vistas y sufridas como algo normal y cotidiano.

Al convertirse la educación en formal y la caballerosidad en proletaria comenzaron a desaparecer de nuestras vidas las gracias, los por favores, los con permisos y los buenos días que adornaban nuestra convivencia, para ser sustituidos por una profusa andanada de órganos reproductores masculinos que, salidos incluso de los labios de mujeres y niños, hay que ir cabeceando a cada paso de nuestras deterioradas calles.

Con la mejor intención el trabajo fue bautizado como creador y eventualmente voluntario y con tan rancios patronímicos perdió su esencia y valor como una labor necesaria, que requiere al menos un esfuerzo humano, y debe ser respetado en su dignidad y ser correspondientemente remunerado. El trabajo se reduce a ser la obligación que tiene el ciudadano con el poder y que, como casi nunca satisface las necesidades materiales y espirituales, obliga a los cubanos a resolver, luchar, inventar y escapar, infinitivos que se ejercen cotidianamente en la peor de las acepciones posibles, es decir violar la ley y las más elementales reglas de conducta ciudadana.

A nuestro pesar, hay que reconocer que convertir la conciencia en revolucionaria para crear el hombre nuevo sí tuvo éxito, en tanto logró transformar a los cubanos en un conglomerado de simuladores, transgresores y escapistas, en su mayoría desconocedores de sus derechos y temerosos de ejercerlos; en fin, convertirlo en una masa que ha sido fácil de dominar y que hoy enfrenta el enorme reto de rescatar la autenticidad de los valores que deben ser despojados de esos apellidos asesinos y recuperar las referencias que necesitamos para construir la convivencia digna, civilizada y humanista que tanto merecemos.
elical2004@yahoo.es

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