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EL PERIODISMO FUE UN PLACER

Miami, USA, septiembre 24 de 2009 (PD) Una mañana lejana de septiembre, el jefe de información del periódico, mirándome por encima de sus gafas doradas, me envió a entrevistar al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro.

-Llévate a cualquiera de los vagos fotógrafos que andan dando vueltas, y no te demores. Esperamos por ti para el cierre.

Bajó los ojos regañones hacia sus papeles y escribió en una tarjeta azul el nombre del hotel y el número de la habitación de Ribeyro.

-No sé mucho del tipo.

-Jódete y averigua, que para eso se te paga. ¿No dices que eres escritor? Nada mejor que entrevistar a un colega.

Era un asturiano hosco, trabajador, combatiente del bando republicano en la guerra civil. Nunca lo vi en otro sitio que no fuera aquel rincón del edificio: 4 metros por 3, atiborrado de revistas españolas y norteamericanas y dos retratos contra una pared despintada: el general Líster (“si mi pluma valiera tu pistola…”) y Dolores La Pasionaria. Junto al escritorio una Remington sobre una mesa rodante.

Ribeyro era jurado del Concurso Nacional de Literatura, patrocinado por la Unión de Escritores y Artistas.

En un Ford Fairlaine, recorrimos las 30 cuadras que nos separaban del Hotel Nacional, centinela del Golfo de México, y de un trozo del malecón habanero. La Habana (a pesar de la erosión que comenzaba a consumirla en un juego de truculencias y consignas) era todavía una ciudad encantada para tirios, troyanos y rusos.

Al fotógrafo lo apodamos Regadera, porque no paraba de echar palabrotas y salivazos por su bocaza holguinera. Nadie se le acercaba sin correr el riesgo de recibir una ducha a destiempo. Lo alerté en el ascensor:

-Me haces el favor de callarte, no vayas a empapar al hombrín con tus aguas malditas.

La habitación del peruano, en el piso 10, daba a los jardines del hotel, al mar y al cielo violentamente azules. Nos presentamos con whisky. El fotógrafo gastó un rollo. Concluyó su trago y se fue por donde vino.

Nos sentamos en dos butacas de mimbre blanco, en la terraza, de cara al golfo. Ribeyro fumaba sin descanso. La brisa húmeda y salobre era una bendición sin impuestos.

-La Habana es una fiesta. ¿Eres habanero?

-Como el malecón que miras.

-Las historias son distintas, en Lima y aquí, pero dime: ¿De donde sacan ustedes tantos poetas, escritores, músicos, pintores? ¿Lo han pensado?
-Sí, pero cuando me trajeron todo estaba puesto y dispuesto. Yo mismo no entiendo un carajo.

Apagó el cigarrillo contra el cenicero de barro. Encendió otro, apuró el trago.

-Las islas son más libres a pesar de estar presas. Se sueña mejor.

-Pero todo se pudre más rápido, se descrema a la velocidad del sonido, porque aquí todo suena.

-¿Te gustan los guerrilleros?

-Son bonitos, pero no creo que en el cono se repita la novela de este país. Hay mucha utopía y comemierdería circunvalando el globo. Acabas de decir que las historias son distintas. Aquí no quedaron indios para hacer el cuento.

-Da igual, a los negros también le hicieron sus rasguños.

-¿Rasguños? No hubo tira de pellejo que aguantara.

Apagó y encendió otro cigarro. Fumaba como un turco. El humo nos envolvía.

-¿No has ido a Lima?

-No, pero la conozco. Tengo amigos. Dicen que llueve mucho. Hay unos versos de Vallejo.

-Sí, deja ver…En Lima está lloviendo el agua sucia de un dolor, que mortífero…

En los alrededores de la piscina, el fotógrafo daba rienda suelta a su Leica, enfocada hacia los cuerpos casi desnudos de las niñas, como él las llamaba. A su lado, el chofer cargaba el maletín de los aperos: lentes, filtros, una Pentax prehistórica y rollos de 80 y 400 ASA.

-¿Escribes poesía?

-Mas bien la ejecuto aquí adentro- tocó su pecho con suavidad- el poema es un acto de introspección. No entiendo a los que se viven matando por publicar sus versos. Escribir es vanidad. Publicar una atrocidad, pero no hay que exagerar. A veces se convierte al poema y la poesía en un circo, cuando no es otra cosa que un ritmo moderado de constelaciones. ¿Te imaginas?

Pasaba el tiempo. La entrevista no comenzaba. Julio tomó la iniciativa, el cigarrillo entre los labios.

-¿Qué libros míos has leído?

Tosí, nervioso.

-Bueno, deja ver. Libros no, cuentos. Eso, cuentos.
-¿Cuáles?

-¿Cuáles? Pues aquel de los hermanos que se enamoran de la misma mujer y luego la matan.

Volvió su rostro al mar y se quedó mirando a un buque petrolero que pitaba mientras entraba en la bahía. Lo vio desaparecer a la altura del Morro.

-Te lo agradezco, pero ese cuento es de Borges. Vete y cuando me hayas leído, regresa. Así no podemos hablar. Si quieres te presto algo.

-Tengo que entrevistarte para el cierre. Si no, me van a joder.

-Es tu problema. Aprende a ser serio. Te vas a ahorrar muchos líos. Debiste decir que no.

Se iniciaba el calvario. Julio, amable, me echó encima una bocanada de humo. Me fui. No quería volver a la redacción por temor a que me echaran. Entré al bar Sirena del hotel, a media luz y con maravilloso Baudel-air acondicionado. Digerí cuatro añejos on the rock de una. Y luego dos más. Cuando salí no había rastro de Regadera y mucho menos del Ford. No volví a la redacción, donde me esperaban el asturiano, el linotipista, el cajista, el jefe de redacción, el fotógrafo y el diseñador con las pautas listas.

Al día siguiente me enfrenté a mi destino que suponía un despido fulminante. Pero no. Me castigaron a trabajar durante 30 días a medio sueldo en la imprenta.

Lejos de sentirme culpable por haber dejado el cierre plantado, supe de inmediato que me habían dado por la vena del gusto. Y nadé, como pez dentro del agua. Los jefes no sabían que muchas horas de la jornada las pasaba allá abajo, derritiendo plomo en la caldera del linotipo, oliendo sus vapores venenosos, o sentado frente a aquel monstruo maravilloso, construyendo las líneas de mis trabajos e imprimiendo las pruebas con tinta fresca en las narices y un cariño infantil por aquel santuario del oficio.

A los 30 días justos, y sin plata en los bolsillos, volví a la crónica, al reportaje y a la entrevista, no sin antes reunir caudales de información sobre le entrevistado, prohibiéndome con rigor benedictino repetir el ridículo.

Años después encontré a Julio Ramón en un hotel madrileño. Nos abrazamos y caímos sobre un sofá gigantesco en un rincón del lobby.

-Supongo que ya me leíste.

-Sí, pero no voy a entrevistarte.

Reanudamos el diálogo de La Habana: Arguedas, Vargas Llosa, Ricardo Palma, Lima La Horrible. Apretaba un libro entre sus manos. Alcancé a ver el título: El próximo mes me nivelo. Julio Ramón Ribeyro.

-¿Me lo dedicas?

-Es para una mujer que viene a entrevistarme. Se llama María Luisa, es salmantina y tiene los ojos azules. Además, es mi amiga.

El humo de su eterno cigarrillo en mi cara. Ante nosotros apareció María Luisa, crítica literaria de no sé qué periódico, dispuesta a tirotear a Julio con sus preguntas. Julio le metió un paquete y nos presentó. La mujer preguntó algo sobre la pelotera que se armó en el periódico El Caimán Barbudo unos años atrás entre Heberto Padilla y Lisandro Otero por causa de Guillermo Cabrera Infante y Pasión de Urbino (novela de Otero). Nos despedimos. Salí al cielo frío del diciembre madrileño, escoltado por unos ojos indescifrables y la voz de fumador empedernido de Julio Ramón.

Ribeyro se fue a Praga al día siguiente. No volví a verlo. Murió hace unos años en Lima, envuelto seguramente en una nube de humo gris. Quisiera conversar otra vez con el peruano y sentir el olor del plomo derretido envenenándome las entrañas y los recuerdos. ¿Será posible?

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