¿INFORMACIÓN CONFIDENCIAL O PATRIMONIO?
- Por Frank Correa
- Publicado 2/10/2009
El americano se llamaba Floyd, tenía anclado un velero en la marina Hemingway y su negocio es remozar y vender barcos. Como sólo le quedaban dos días en La Habana apresuré mi parte del convenio. En la Biblioteca Nacional encontré un dato que lo acercó al general Roloff.
“De madre polaca y padre americano, Roloff residió en Tampa antes de enrolarse en la guerra independentista de Cuba contra España...”.
El día de su partida fui a verlo a la marina Hemingway. Este complejo recreativo del noroeste de La Habana permanece bajo una férrea vigilancia las 24 horas, un equipo numeroso de custodios y decenas de cámaras de circuito cerrado monitorean todo cuanto se mueve allí, sobre todo en el área del muelle. Llegar hasta el velero resultó bastante enmarejado. Un custodio me detuvo. Le dije que venía a ver a Floyd, el nieto de Carlos Roloff.
--Que dice que es nieto --puntualizó el custodio --. La visita debe ser breve. No puedes subir al barco --. Se alejó unos pasos. Comunicó por el radio.
Floyd apareció por la puerta de popa, con agilidad marinera bajó por la escalerilla. Le conté sobre mi hallazgo en la Biblioteca Nacional y prometí que cuando regresara el mes próximo le tendría más datos sobre su abuelo en Cuba. Le entregué el manuscrito de mi libro, una montaña de hojas escritas a mano y aprensadas dentro de un viejo pergamino que una vez me encontré en un basurero.
--I believe you --dije.
Floyd tomó con mucho cuidado el forro de cuero con el gran mazo de hojas sueltas. Me dio un abrazo y subió a la embarcación cuidando que ninguna hoja se volara. Guardó el libro en el camarote. Luego fue hasta el puente de mando y puso en marcha el motor. Lentamente la embarcación se apartó del muelle. Floyd se despidió agitando alegremente la gorra. El velero avanzaba por el canal rumbo a la salida, donde está enclavado el puesto de guardafronteras y la Aduana. Allí revisan los barcos y los autorizan o no a salir al mar.
Me alejé del muelle hacia la salida, bajo la supervisión rigurosa del custodio, que volvió a comunicarse con alguien por el radio.
Al llegar a Tampa Floyd me envió un email. Dice que en la Aduana le confiscaron el libro. Argumentaron que contenía información confidencial y no podía sacarlo. Pero él cree otra cosa. Por la forma en que actuaron los agentes de la Aduana sospecha que quise involucrarlo en un tráfico de patrimonio. Tal vez estuviera sacando un libro antiguo, de un valor singular.
--Un grave delito para un negociante de barcos --. Termina secamente Floyd su email.