Víctor Manuel Dominguez
Periodista independiente. Reside en Centro Habana. vicmadominguez55@gmail.com
PAISAJE CON INTOLERANCIA Y GATOS AMAESTRADOS
- Por Víctor Manuel Dominguez
- Publicado 8/10/2009
Ya lo decía el nigeriano Soyinka, Premio Nóbel de Literatura, ante el estupor de represores y reprimidos hermanados bajo el sopor veraniego de la Casa de las Américas: lo primero que hace un régimen totalitario es atacar a las instituciones culturales y a los creadores.
Y eso que desconocía que ante la simple expresión “Solo negros bailando” se incautó el documental PM, de los realizadores Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez, ejercicio inicial de libertad de creación dentro de la Isla revolucionaria.
Menos mal que no conoció al grupo de negros, mujeres, homosexuales, pobres y otros marginales sociales quienes por expresar sus diversos conflictos e interrogantes literarias a través de Ediciones El Puente, fueron lanzados al vacío por no encajar en el esquema machista leninista que azotaba el país en ese entonces como una plaga roja.
Gracias a Dios y a Kart Mark que fingió desconocer que parte de las tropas enviadas a luchar por hacerse hombres nuevos en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), sólo eran francotiradores de poemas, novelas y canciones.
Eso sí, debemos darle el beneficio de la duda en cuanto a si conocía o no el Caso Padilla, la Parametración, el Quinquenio Gris y otras políticas culturales que arrancaban de raíz como un caballo de Atila guanabacoense todo lo que se pareciera a la cultura.
Pero como en una política cultural que se respete debe prevalecer por sobre cualquier circunstancia el juicio sumarísimo de los poderosos, disfrazada de santa, con tabaco y bongó, fue cerrando revistas, galerías, editoriales y espacios televisivos a los artistas y escritores inconformes o confundidos.
Y aunque todavía hoy, a cincuenta años de revolución se continúa practicando la censura en la Isla, tanto o más que el dominó y la pelota, ahora se hace a través de mecanismos más selectos.
Por ejemplo, si un grupo de escritores condenados por décadas al ostracismo protestan por email frente a la aparición en pantalla de un represor, se les permite reunirse.
Y no sólo para desplumarse y enviarse correos hasta el más acá de la intranet, si no también para agasajarlos con el Premio Nacional de Literatura, el Alejo Carpentier, o el Nicolás Guillén, dotados de 3000 dólares que invitan al silencio, la sumisión y hacerle juego al mono aunque sin tocarle la cadena.
Es increíble que a esta altura del juego, medio siglo, creadores de una obra que los defiende ante la historia se plieguen como alabarderos de quién los maniató, les puso un candado en la lengua, o los envió bien lejos para que catalizara en el exterior, sin desmadrar del interior, todos los malos humores que la incomprensión siembra en los hombres que han sido mordidos por la intolerancia.
Hacerse cómplices de una mordedura tan tremenda que ha cambiado la historia del arte y la literatura cubanas, más que un acto de cobardía, es una traición.
Empeñarse ahora en revelar que fueron Papito Serguera, Luís Pavón y otros supuestos verdugos los únicos culpables del desastre de la política cultural cubana, más que un reconocimiento, merece una trompetilla.
Reunirse, publicar, salir de viaje como premio de lujo al servilismo, constituyen los polvos principales que traerán otros lodos.
Es un cinismo decir que la política cultural cubana se ha democratizado porque hoy se publiquen Las polémicas culturales de los años 60, de Graciela Pogolotti; La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión (testimonios de varios ex parametrados), o se premie con el Casa de las América en ensayo artístico y literario el libro Los juegos de la escritura o la (re) escritura de la historia, de Alberto Abreu Arcia.
Hablar de democracia por que a Gastón Baquero lo publican en Cuba después de muerto, o mencionan a Guillermo Cabrera Infante, no por alcanzar el premio Cervantes, sino por escribir un artículo apoyando la pena de muerte durante la Operación Verdad realizada en la Isla hace 50 años, es como querer tomarle el pelo a un calvo.
Además, resulta un contrasentido, por no decir una burla, que una obra de teatro como Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, prohibida en el país durante más de tres décadas por los cantores de la intolerancia, deje inaugurado con su estreno mundial en la Isla el Día de la Cultura Cubana, el 20 de Octubre del pasado año.
Si muchos de estos escritores y artistas víctimas de la censura orquestada por una política cultural excluyente por raza, sexo, filiación política o religiosa no se respetan, al menos respeten al pueblo y no manipulen, callen o sepulten la realidad de la cultura en el período de la revolución cubana.
Cuba es un cuadro abstracto. Un paisaje donde la intolerancia y tres gatos amaestrados se sientan a brindar sobre las ruinas de 50 años de censura en el país. Lo afirmo y aconsejo: Cuidado: Ojo, pinta.