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TATUARSE LOS SESOS

Luyanó, La Habana, octubre 8 de 2009, (PD) Nunca manifestaba credo alguno. Era de pobre vocabulario y limitadas entendederas. Cuando abría la boca, develaba un horizonte escolar por encima de los tobillos, pero jamás elevarse hasta las rodillas. Pero en el fondo, era una buena persona.

Lo suyo siempre fueron los negocios “indebidos”, la compra-venta, etc. En eso era bastante díscolo, motivo por el cual conoció variados calabozos en distintas unidades policiales. Con todo el bagaje callejero que llegó atesorar, un día afloró en el barrio exhibiendo la imagen tatuada del “Che” en su brazo derecho. El brazo izquierdo ya estaba garabateado con antelación.

Me cuentan que aún es el mismo que dejé de ver cuando me mudé del barrio. Ahora con nuevas canas y más arrugas en su cuarentona fisonomía. Y por su puesto, con Ernesto Guevara de la Serna fiscalizándole cada una de sus extrañas movidas delincuenciales.

Puede que identificarse con la moda sea terriblemente importante para determinada gente, aunque en muchos parece cosa de estar a tono con la especulación. Porque, si la intención es enviar una señal a la sociedad de buena persona, mejor copiarse en el pecho los Diez Mandamientos. Dios sabrá.

Acerqué mi vista a la pictografía epidérmica y sin ánimo de criticar, le eché en cara: “Coño, Riguito, se parece a ti”.

Hoy muestra con orgullo una porción de su cuerpo. Quien sabe si mañana querrá quitársela o transformarla agregándole tarros y orejas de diablo. Los conozco que prefieren desafiar la Ley 88 antes que usar un llavero con el icono guevarista.

Dos simplezas rondan mis sesos desde aquel día; una es el cómo será ese Che sobre un envejecido pellejo chorreándole por el codo; y la otra, milagro no se le ha ocurrido al Ministerio de Educación tatuar en la frente de los niños cubanos la frase ¡SEREMOS COMO EL CHE!

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