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LOS DISCURSOS DEL ENGAÑO

Mantilla, La Habana, 8 de octubre de 2009, (Fundación por la Libertad de Expresión-PD) Es necesario casi siempre contar una buena mentira para construir una historia creíble. Muchas personas que hoy no pasan de los 40 años dan por sentado muchos mitos sobre el pasado nacional. Mitos cuidadosamente elaborados y echados a rodar con fines absolutamente políticos, pero que han reconstruido ante los ojos de muchos una imagen distorsionada de aquella Cuba.

Hace unos días atrás, una joven de apenas veinte años afirmó delante de mí que en la Cuba de antes de 1959, se vivía del turismo, del juego y de la prostitución. Quien tenga hoy unos 60 años, haya vivido aquellos años y, desee decir verdad, tendría que explicarle con detalles cómo se vivía en aquella época.

Hay mitos que se construyeron, no sé por quién, pero imagino a quien pertenece tal imaginación maquiavélica, que lanzó al mundo el cuento chino de que Cuba era un casino de los norteamericanos o un país donde la mayoría de las mujeres tenían como única salida la prostitución. Y nada más alejado de la realidad.

En La Habana existieron casinos de juego, pero muchísimos menos que en París, Montecarlo, Acapulco o Río de Janeiro, por ejemplo, y aún no he escuchado a alguien decir que Francia es un país de prostitutas, a pesar de la vida alegre de los bulevares y de los sex shops de Pigalle, o que descalifique a Mónaco por el girar de las ruletas del Gran Casino, los amoríos de las princesas, etc.

También, días atrás, recibí un correo de propaganda de una pequeña editorial italiana que publica libros de ciertos cubanos. En la página se hacen eco del mismo cuento: Cuba era un casino de los norteamericanos, un burdel, un desastre.

Otro relato inventado es el de la falta de cultura en el primer medio siglo de República. ¿Y cómo se explican la creación de sociedades artísticas, la eclosión de la mejor música cubana, el surgimiento de un movimiento danzario notable, las Escuelas Normales, la calidad de la enseñanza preuniversitaria? Evidentemente, no había una cultura oficial, reglamentada e instrumentada por los gobiernos que reprimiera la libertad artística y de expresión.

Pero esos vientos nos han traído otras tormentas. En el presente, hay quien se especializa en pintar a los cubanos como seres dedicados al sexo, a la promiscuidad de la prostitución, a la delincuencia, a la violencia, con el fin de combatir la imagen que el gobierno cubano pretende ofrecer.

Pues no acabamos de reconocernos. ¿A quienes interesa tomarnos ahora mismo como seres incapaces? ¿Y por qué no reconocer las virtudes que podamos poseer los cubanos?

¿Cuál es el peligro de reconocer la verdad sobre la vida real en la República de antes del 59, sin los mitos del hambre, la miseria, la necesidad de sobrevivir a un desastre nacional?

¿Hasta cuándo seguir con la cantinela de que los cubanos no llegan o se pasan? ¿Por qué empañar la imagen del éxito e inteligencia tanto en Cuba y por todo el mundo? ¿Cuánto habría avanzado Cuba si estos últimos 50 años se hubieran invertido en desarrollar la inventiva personal y propiciar una verdadera justicia social a nivel personal, manteniendo alejada a la política de la economía del país?

Aquí hay mucha gente que piensa lo mismo, lo único que no tiene medios dónde comunicarlo a los demás. No hace mucho, un chofer que me conducía a mi destino, afirmaba, “si a los cubanos nos dejaran la oportunidad de comerciar y vivir sin tanta prohibición y se acabara el burocratismo que nos ahoga, Cuba sería uno de los mejores países del mundo, porque mantendríamos nuestros códigos sociales”.

Qué no me digan a mí y a usted que este hombre de pueblo no quiere un cambio. Sin embargo, ahí están los mitos y los estereotipos que entran en juego para detenerlo, inmovilizarlo, coartar sus deseos. No obstante, cada día la niebla del engaño pierde espesor, la retórica se hace más frágil y los mitos se desvanecen. De esto, debemos también ocuparnos. Entonces, ya estaremos preparados para conseguir darle otro rumbo a nuestras vidas.

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