Leonardo Calvo Cárdenas
Historiador y politólogo. Miembro del Partido Arco Progresista. Representante en Cuba de la revista Islas, reside en Boyeros. La Habana. elical2004@yahoo.es
BIEN MERECIDAS ME LAS TENDRÉ
- Por Leonardo Calvo Cárdenas
- Publicado 12/11/2009
Camilo Cienfuegos, joven de origen humilde y carácter jovial, amante de las artes y los deportes, sin amplia instrucción académica pero con demostrada sensibilidad e inteligencia, fue el último combatiente en incorporarse a la expedición del yate Granma para ganar rápidamente enorme prestigio como soldado y jefe, gracias a su probada valentía como líder de la vanguardia guerrillera primero y al frente de su propia tropa después.
Uno de los dos únicos combatientes del Ejército Rebelde que disparaba de pie en los combates, el hombre que llevó la guerra al valle del Cauto, el jefe que recibió la misión de ocupar Columbia, el cuartel general del derrotado ejercito batistiano, Camilo era el único de los más altos líderes de la revolución naciente que a su insuperable aureola de heroísmo unía un carisma natural que arrastraba multitudes y había nacido en un hogar de trabajadores humildes de la Ciudad de la Habana.
Un viejo combatiente de la Columna 1 del Ejército Rebelde, después de relatarme como la argumentación de Camilo salvó la vida del comandante Lalo Sardiñas cuando ya estaba prácticamente decidido su fusilamiento a causa de un incidente de campaña, me aseguró: “En la sierra se hacía lo que decía Camilo”. El testimonio del anciano y anónimo rebelde, conocido por azar, patentiza de manera inequívoca la ascendencia y arraigo alcanzado por Camilo, tanto entre los revolucionarios militantes como en el pueblo llano.
Con los años han crecido las especulaciones y polémicas acerca de la extraña desaparición del comandante de la eterna sonrisa. Las complejas circunstancias del hecho impiden hacer valoraciones terminantes, pero me atrevo a enumerar algunas certezas e interrogantes a medio siglo del hecho que estremeció a un pueblo lleno de entusiasmo revolucionario, fe y esperanzas.
El momento
La evidencia histórica parece desmentir con claridad el planteamiento oficial inicial de que Camilo desapareció a su regreso de cumplir la misión de detener al supuestamente sedicioso comandante Huber Matos, a la sazón jefe militar de la provincia de Camaguey. El propio ex jefe de la Columna 9 asegura que varios días antes había sido trasladado a La Habana prisionero por el único delito de renunciar a sus cargos a causa de su desacuerdo con las tendencias comunistas que ya advertía en el recién estrenado gobierno y que para aquella fecha el máximo líder negaba con vehemencia. Matos relata que en aquel momento límite, Camilo estuvo, como siempre, de acuerdo con sus argumentos anticomunistas y que llegó a contrariarse visiblemente ante la insistencia del jefe supremo en el cumplimiento de la misión encomendada.
Certezas
Varios miembros de la familia de Camilo eran de filiación comunista. Haber llegado el héroe de Yaguajay a la mayoría de edad y a la participación política lejos de esta ideología hace discernir que muy posiblemente nunca se adscribiría a ella, lo cual significaría un serio problema para las pretensiones ocultas del máximo líder a causa de la ascendencia y popularidad del comandante rebelde.
Camilo fue uno de los dos altos oficiales de la era castrista de los que se puede asegurar que contaban con eso que en lenguaje militar se llama “tropas fieles”. El otro fue nada menos que el general Arnaldo Ochoa, primer cubano consagrado oficialmente Héroe de la República de Cuba. Miembro original de la tropa del Señor de la Vanguardia, el genio militar de Ochoa —que por cierto unía también a su valor personal, humildad, carisma y simpatía— alcanzó ribetes de leyenda en varios rincones del planeta, pero casi 30 años después se hizo igualmente incómodo y peligroso. La desaparición de Ochoa fue bien oportuna, pero mucho menos misteriosa que la de Camilo. Su rápido fusilamiento —sólo un mes entre detención, investigación, instrucción, tribunal de honor, proceso judicial, sentencia, determinación del Consejo de Estado y ejecución— acusado de narcotráfico, corrupción y otros desmanes, provocó enorme conmoción, incluso más allá de nuestras fronteras y el primer rechazo popular, abierto y generalizado, a una decisión personal de Fidel Castro.
Camilo, a pesar de convivir con la aplicación inmisericorde y sin precedentes de la pena de muerte que trajo la revolución, nunca estuvo cerca de esa espiral fratricida que empañó la imagen y esencia del proceso desde su nacimiento.
Los criterios del carismático jefe guerrillero sobre la condición de humildad, austeridad, entrega y sacrificio de los soldados revolucionarios en nada se corresponde con la vida de suntuosidades y privilegios del nutrido generalato que encabeza actualmente las fuerzas armadas.
Octubre negro
Al crearse, a mediados del mes postrero de la vida de Camilo, el Ministerio de las Fuerzas Armadas, el hasta ese momento jefe del ejercito fue literalmente cesanteado a favor de Raúl Castro, a pesar de la abismal diferencia en cuanto a méritos militares y carisma personal que separaba a los dos jefes. De hecho Camilo había sido tácitamente depuesto sin otorgarle otra responsabilidad o investidura en el gobierno revolucionario.
Camilo se vio inmediatamente enfrentado a la frustrante contradicción entre su cantada fidelidad a la revolución —dígase Fidel— y la, a todas luces injusta represión contra un compañero de luchas, con el cual además parecía estar completamente de acuerdo.
Finalmente, aquel 26 de octubre de 1959 —día de su última aparición pública— el entusiasmo enardecido del pueblo concentrado frente a la terraza norte del antiguo Palacio Presidencial se desató en desenfreno ante la presencia y las palabras de Camilo y dejó evidencia inequívoca de lo complejo que seria para cualquiera una contradicción o impugnación frente al héroe del sombrero alón.
Interrogantes
La desaparición sin rastro del héroe dos días después del conmovedor baño de multitudes, dejó profundo dolor en el alma del pueblo y varias interrogantes en el aire.
¿Qué actitud hubiera tomado Camilo al convencerse del verdadero rumbo de la revolución que tanto amaba?
¿Qué situación hubiera generado un posible desacuerdo entre los dos más queridos líderes de la revolución a causa del tema de la derivación comunista del proceso?
¿Qué actitud hubiera tomado Camilo ante la desviación de los dirigentes revolucionarios de los principios de humildad y austeridad que tanto preconizaba?
Si en la lejana lontananza de los glaciares árticos aparecieron restos del Titanic, si en las profundidades del Mar Caribe aparecieron restos del avión cubano criminalmente saboteado en las costas de Barbados en 1976, ¿cómo es posible que no aparecieran rastros de una frágil nave malograda en el perímetro del territorio nacional?
La especulación sobre la posibilidad del crimen político trasciende el tiempo, pero hasta ahora lo único claro es que el máximo líder no se vio obligado a esperar de la vida las respuestas a las interrogantes arriba formuladas.
Rara vez el testamento político de un hombre renombrado puede resumirse en una corta frase dimanada de una anécdota hija de la más normal cotidianidad. En un lugar de la provincia de Las Villas, mientras el pueblo aclamaba a Camilo, un ciudadano se le acercó y le dijo: “esos que hoy te aclaman, mañana te tirarán piedras” y el héroe le respondió con firmeza y naturalidad: “Bien merecidas me las tendré”
elical2004@yahoo.es