LA HISTORIA DEL TABACO
- Por Frank Cosme
- Publicado 12/11/2009
Pero no vamos a hablar de esto. Hablaremos de la propaganda que se hace en el mundo en contra del tabaco y también, ¿por qué no?, la singular propaganda que se hace en Cuba en contra y a favor del tabaco. ¿Cómo se digiere esto?, se preguntarán. Maravillas que ocurren en Cuba, respondo.
Resulta que ya para muchos cubanos el tabaco, el tabaquismo y todo lo que huela a tabaco, es tabú. Todo esto no es más que el producto de la propaganda, pues hasta en las cajetillas de cigarros aparece un mensaje dirigido a penetrar la psiquis del fumador, el cual literalmente se caga en todo esto y sigue fumando.
¿Quiere esto decir que esta propaganda no funciona? No necesariamente, pues más bien han influido en los no fumadores que históricamente son la mayoría en cualquier parte del mundo. Como la propaganda también nos dice que al estar cerca de un fumador se convierten a su vez en “fumadores pasivos”, se ha creado un nuevo problema social, “el fumador marginado”, el cual, si siguen las cosas como van, tendrá que ponerse una campana en el cuello como los leprosos en la Edad Media.
Ya no se puede fumar ni al aire libre. Siempre hay uno o una que empieza a mover las manos como si espantara moscas. Estos son los menos hostiles, los hostiles completos te insultan si fumas.
¡Cómo cambian los tiempos! Hace 10 ó 20 años nadie pensaba en esto del “fumador pasivo”. No hicieron más que inventar la dichosa frasecita y darle propaganda y el mundo se acabó para los fumadores.
La otra cara de la moneda es la propaganda que aquí se hace del tabaco cubano, que ya se sabe que es el mejor del mundo, excepto los petardos que le venden a la población que no están en esa categoría. Justo es decir que los fumadores pasivos tienen razón cuando aparece alguien que fuma un apestoso tabaco de estos.
Cada cierto tiempo aparecen en la TV vistas de las famosas vegas de Vuelta Abajo. Informan de los progresos en el cultivo, de las millonarias ventas en el exterior. Un documental de la famosa Casa del Tabaco de la calle Obispo muestra sofisticados deshumidificadores, guillotinas para picar el extremo del mismo y otros desconocidos artefactos con un sinnúmero de marcas donde se destaca el Cohíba (since 1492). Al parecer ya en esta fecha los taínos manufacturaban estos tabacos y se lo cambiaban a los españoles por oro. ¿O es en esta época? Ahora no estoy muy seguro.
Sigue pareciéndome raro el hecho de que las generaciones más viejas se fumen este invento de los nativos cubanos y mueran de viejos y no de cáncer. Winston Churchill mandaba a hacer especialmente a Cuba un tabaco extra largo y extra gordo que parecía un bate. Se fumaba tres al día. Murió de viejo. Mi tío Ignacio murió de 96 años, también con un tabaco en la boca, y la abuela de una amiga, la vieja Petra, tiene 93 años y fuma como una locomotora.
Querámoslo o no, para los cubanos, a pesar de los anti-tabacaleros, nuestro tabaco está ligado indisolublemente a nuestra historia. Fue en esta isla donde se descubrió el uso que le daban los aborígenes a esta planta. Nuestra guerra de independencia se subvencionó con el aporte en metálico que dieron los tabaqueros cubanos de Tampa y Cayo Hueso. Las hojas de tabaco que empleaban eran de las vegas cubanas. Demasiado tarde se dio cuenta Valeriano Weyler que con esas hojas elaboradas en Estados Unidos se pagaba la guerra y prohibió el comercio de estas hacia la Florida. También fue en un tabaco que llegó la orden de alzamiento, para iniciar la guerra, a Juan Gualberto Gómez redactada por el propio José Martí.

En fin, hay muchas historias relacionadas con el tabaco que no cabrían aquí, pero para terminar hay que recordar otra cosa más que también tiene que ver con el tabaco, el propio título de este artículo, “la historia del tabaco”. Cualquier cubano sabe que esta frase tiene un significado humorístico-social. Cuando los conocidos charlatanes que existen en toda nación vienen una y otra vez con el mismo cuento, aquí se les dice a quemarropa: “ya viene este otra vez con la historia del tabaco”. Por cierto, no sé por qué me ha sonado tan familiar esta frase en los últimos tiempos.
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