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HISTORIAS DE LA ALDEA

Jaimanitas, La Habana, 26 de noviembre del 2009, (PD) En el barrio periférico conocido como La Aldea, en el municipio habanero de Playa, se pueden conocer historias donde lo real maravilloso se queda chiquito.

En una explanada de su callejuela principal hay una mata de mango, con varias piedras alrededor del tronco a manera de bancos, un sitio que viene a ser como el parque central de La Aldea.

También hay un viejo sillón, que pertenece a una anciana que es como la Matrona de La Aldea, y funge de juez en los conflictos.

Para resolver los problemas, la Matrona recurre a una anécdota que ocurrió hace veinte años y parece haberla marcado.

En una reunión del Buró Político del Partido Comunista celebrada a solo unas cuadras La Aldea, en el Palacio de las Convenciones, alguien tuvo la osadía de contradecir a Fidel y replicar que muy cerca de allí había un barrio insalubre.

Aquello le costó el cargo a la funcionaria. Pero al otro día bien temprano, cuando salió de su casa a comprar el pan, vio que todo el zaguán estaba tomado por guardias armados. No la detuvieron, solo la observaron.

Caminó, la jaba del pan apretada sobre su pecho, hasta llegar a la bodega, donde encontró más guardias, y en el centro estaba el Comandante en Jefe, que también la miraba acercarse por la calle. Cuenta emocionada que Fidel le puso la mano en el hombro y reconoció en público que sí, había un barrio insalubre.

Bajo la mata se sienta también una vendedora, que vive alquilada con su esposo en un cuartucho en un zaguán. Dice que ella tiene una historia mejor: su lucha de todos los días vendiendo cosas en la calle para pagar el alquiler y subsistir. Confesó que andaba buscando cábalas para jugar a la bolita. Tenía anotados en la mano izquierda con tinta, el 7, el 65 y el 71. Dijo que había que jugar también presidente, caballo, vieja y policía. Le pregunté si estaba enviciada en el juego y me dijo que no, todo lo contrario.

Contó que hasta hace un año, ella y su esposo tuvieron uno de los bancos de bolita más grande de La Tunas. Una tarde, en que estaban “fiestando” en la discoteca del hotel Pernik, de Holguín, donde estaban hospedados por un mes, escuchó una voz que le dijo en el oído los números que iban a salir ese día. Corrió hasta el área de la piscina y por el celular logró comunicarse con su hermano, que era su listero general.

--No recojas hoy el 135 --le dijo y regresó a la cumbancha.

El hermano hizo lo inverso. Apostó todo el dinero que pudo al 135, a nombre de varios compinches y al día siguiente desbancó a su hermana hasta el último centavo, con la excusa que no había entendido el mensaje.

Cuando les llegó la noticia de la tragedia, el matrimonio se fue del hotel Pernik dando gritos. No recogieron ni los maletines. El desfalco fue tan grande que además de todo el dinero del banco y sus ahorros, tuvieron que entregar un refrigerador nuevo, el televisor y una reproductora de DVD para terminar de pagar las deudas. Después de aquella desgracia se tiraron a la bebida. De milagro no se suicidaron. La única cosa que les quedó fue la casa que habían construido con las ganancias del banco de bolita.

Una noche en un bar, un borracho les descubrió la historia. Fue uno de los compinches en la traición, pero a él también su socio lo había estafado.

La mujer preparó su venganza. Entre ella y el marido cogieron al hermano y lo amarraron, le quitaron el pantalón y ella comenzó a rebanarle los testículos con una navaja, pero no supo hacer el corte bien y solamente consiguió un tajo que lo hizo sangrar abundantemente.

--“Los cojones, que era lo que quería cortarle para hacérselos tragar, no los encontré por ninguna parte. Mi plan era tirarle una foto con los huevos en la boca y sacarla, no sé… por Internet. Pero no los hallé. Tal vez del miedo los huevos se le subieron a la garganta. Después llegó la policía, y se lo llevaron para el hospital. Vendimos la casa en La Tunas y vinimos a alquilarnos aquí en La Habana. He tenido que hacer trabajos de hombre con mi esposo para salir adelante. Desde albañil hasta recogedora de basura. Tenemos cuarenta mil pesos guardados para comprarnos una casa, pero con ese dinero no aparece nada bueno, solo bajareques, sin propiedades. Yo tengo que seguir vendiendo en la calle para buscar el diario. Hay veces que me dan deseos de coger todo ese dinero y poner otro banco de bolita, pero mi esposo dice que si lo hago, me mata.”

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