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POLO MONTAÑÉS

POLO MONTAÑÉS, Luis Cino
Arroyo Naranjo, La Habana, 26 de noviembre de 2009 (PD) En Cuba abundan los mitos más de lo aconsejable. En cambio, resulta muy inusual un cuento de hadas con el Período Especial como telón de fondo. Eso fue exactamente la vida del cantante Polo Montañés. Un empresario musical extranjero tocó a Polo con la varita mágica y lo trasladó de las lomas pinareñas a París. De los bueyes, el azadón y el carbón a la fama internacional. Sólo que fue una historia muy corta.

A diferencia de los ancianos músicos del Buena Vista Social Club, rescatados del olvido y la pobreza por Ry Cooder, Polo no era veterano de otra cosa que no fuera el trabajo en el campo. El talento se le dio silvestre, otorgado por Dios, con olor a hierba y tierra. La familia, los amigos y los vecinos fueron los primeros en escucharle las canciones que años después serían éxitos.

Polo Montañés llegó en la más desacostumbrada de las apariencias. No era joven y esbelto, sino miope, pasado de peso y aparentaba más edad que los cuarenta y tantos que tenía.

En un país machista por antonomasia, donde los hombres presumen de ligones, se atrevió a confesar en su más popular canción: “…yo en el amor soy un idiota que he sufrido mil derrotas”. En el cancionero cubano, “Un millón de estrellas” es la apoteosis del antihéroe galante.

Las canciones de Polo Montañés, con su poesía ingenua en lugar de rebuscamientos y pretensiones filosóficas, fueron un soplo de frescura y sinceridad en la música cubana, saturada de cantautores profundos y amordazados y de salseros chabacanos.

Polo se ganó a los cubanos con su sencillez. Nunca dejó de ser un guajiro de Las Terrazas que cantaba. No hubo que perdonarle agravios ni poses antipáticas. Se convirtió en un héroe popular sin que lo orientara el Partido Único. Siete años después de su muerte, sigue aferrado a la memoria de los cubanos como la más tenaz de las enredaderas de nuestros campos.

Su carrera de éxitos duró poco más de dos años. La fatalidad lo acechó en la Autopista Nacional una fría noche de noviembre de 2002. Mientras duró su agonía, un grupo de personas en las afueras del hospital Carlos J. Finlay, de Marianao, oró y encendió velas a Santa Bárbara por la vida del cantante hasta que anunciaron su muerte. No fueron los únicos cubanos que oraron por Polo en aquellos días.

La buena noticia para todos los que amamos su música es que en el cielo hay un sitio reservado para la gente buena que con su canto ayudaron a su pueblo a olvidar las penas en tiempos difíciles. Desde allá, Polo Montañés canta y brinda por nosotros con ron peleón.
luicino2004@yahoo.com

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