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YANQUI

Jaimanitas, La Habana, diciembre 10 de 2009. (PD). La crisis económica que atraviesa Cuba desde principios de los años 90 cuando se desplomó el campo socialista, se agravó tras los ciclones del 2008. El Estado subió los precios, arremetió contra el mercado negro, contra los intermediarios, la vida se volvió más costosa.

Julián Verdecia sumó a esas tragedias perder su matrimonio y el empleo. Y para colmo se compró un perro.

En realidad no fue una compra, pues no tenía ni un centavo. Fue una adquisición pactada con el dueño de una perra Stanford, que tuvo un buen parto y necesitaba deshacerse rápido de la camada. El dueño era un viejo amigo de Julián, sabía de sus problemas, por lo que permitió que se llevara el cachorro y pagara cuando consiguiera el dinero.

Era un cruce de perros de peleas que en Cuba llaman Pitbull, de gran porte y fuertes mandíbulas. Dicen que en algunos países está prohibida la crianza de esta raza, por su ferocidad y porque tienden a la rabia. Para bautizar al perro, Julián escribió una lista de nombres en correspondencia con su fiereza y fue eliminando hasta quedarse con uno que le pareció ideal: Yanqui.

Julián tuvo que ponerle vacunas muy caras y negoció con el veterinario para pagarlas después. A pesar de las vacunas, Yanqui enfermó gravemente. Julián corrió al veterinario, se endeudó hasta la médula, pero logró salvarlo. El doctor inyectó al perro por espacio de una semana con hierro, extracto de sangre de caballo y un compuesto rico en proteínas y minerales. La recuperación de Yanqui fue inmediata y creció en un espacio de tiempo asombroso.

Julián se endeudó con el vendedor de viandas y con el carnicero. Preparaba grandes cazuelas de boniato con picadillo de soya, que el perro se zampaba en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, pedía más y más, con un hambre insaciable.

Julián lo tenía amarrado en el jardín, Yanqui no dejaba de mirar a la calle y ladrar. Cuando lo sacaba a orinar, parecía una aspiradora comiéndose todo lo que encontraba a su paso, restos de alimentos, cajas de cartón, piedras, latas, palos, siempre con un hambre voraz.

Un día Julián tuvo que salir y lo dejó suelto dentro de la casa. Cuando regresó, el perro se había comido una almohada, sus espejuelos, un cepillo de dientes, el jabón, la jabonera, un libro de Saramago y masticaba el mando del televisor.

Con dolor, Julián tuvo que deshacerse de su amigo, que resultó un perro inadecuado para el Período Especial. Lo llevó a casa de un perrero, dijo que Yanqui era hijo de una perra de pelea varias veces campeona nacional y estaba vacunado.

Aunque le dieron una suma respetable por el Pitbull, Julián nunca saldó su deuda con el dueño de la perra, el veterinario, el vendedor de viandas, ni con el carnicero. Guardó un poco de dinero para paliar la crisis y restituyó los daños causados por Yanqui, excepto el libro de Saramago, que en realidad no le parecía tan bueno. beilycorrea@yahoo.es

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