EN TODAS PARTES CUECEN HABAS
- Por Frank Cosme
- Publicado 4/12/2009
Tal vez no sea la mejor película de Coppola, pero tiene un importante mensaje que puede pasar desapercibido en medio de la espectacularidad que rodeó la vida de Preston Tucker, el último inventor solitario de Estados Unidos, una especie en extinción en ese país lleno de paradojas.
El film muestra el daño que han producido en los Estados Unidos las excesivas regulaciones y los burócratas que las ejecutan, en detrimento de los “inventores solitarios”. Con esto, han favorecido que poderosas compañías (fundadas en otros tiempos también por solitarios) sean las únicas que puedan realizar las innovaciones tan necesarias al progreso de una nación.
En los Estados Unidos surgieron en el siglo XIX y hasta la primera década del XX numerosos inventores solitarios. Casi todos autodidactas y más ingeniosos que ingenieros, fueron los que contribuyeron con sus descubrimientos al progreso técnico que tiene ese país actualmente.
Los nombres de Robert Fulton, Samuel Morse, Bell, Westinghouse, Ford, los hermanos Wright, y Edison son conocidos, pero lo que se olvida es que todos “empezaron en solitario”.
Regresemos a Preston Tucker. Durante la Segunda Guerra Mundial, inventó un carro blindado de alta velocidad con una torreta de plexiglás a prueba de balas que alojaba dos ametralladoras también de su autoría. El vehículo hubiera cambiado las tácticas militares si los burócratas del gobierno no hubieran desestimado su revolucionaria máquina, eso sí, emplearon la torreta para las fortalezas volantes norteamericanas e inglesas.
Al término de la guerra, Tucker construyó un automóvil que tenía todos los adelantos modernos de los autos actuales: frenos de discos, parabrisas de seguridad, cinturones en los asientos, un extraordinario motor que hacía 9 kilómetros por litro y una carrocería aerodinámica que competía con los famosos diseños de Pilín Farina.
Fue el segundo round del frustrado inventor donde le dieron el knock-out definitivo. Los burócratas, esta vez representados por la Secretaría de Justicia, lo llevaron a juicio acusado de estafa por tratar de vender un automóvil inexistente. Había construido los 50 autos que las regulaciones le habían exigido y estaban estacionados alrededor del tribunal. Trataron de incriminarlo, pero la defensa asumida por él y sus aplastantes argumentos, (la mejor parte del film), llevó unánimemente al jurado a declararlo inocente. No obstante el juez le “prohibió fabricar el auto” y así impidió lo que pudo haber sido el mayor avance de la historia de la industria automotriz norteamericana.
Un argumento resaltó en este discurso de Tucker, la profecía, cumplida en la actualidad, de que si se mantenían estas regulaciones que entorpecían la libertad de creación de los inventores solitarios, los autos extranjeros se venderían más que los norteamericanos, no solo en el mundo, sino en los propios Estados Unidos.
Al menos Estados Unidos cuenta con una prensa que, cuando no es amarilla, saca a relucir estas torpezas o una cinematografía que eleva a hombres como los inventores solitarios a la categoría de héroes.
En nuestro país, los inventores no son solo solitarios sino completamente anónimos. Otro es el marco en que se desenvuelven, otro el sistema y la remuneración por su ingeniosidad.
En todos estos años, aún con la existencia de la Unión Soviética y el comercio con los países socialistas, de Europa Occidental y Japón, había innumerables dificultades con las piezas de repuesto y las herramientas para mantener en funcionamiento las industrias. Esto originó el crecimiento de la ingeniosidad y la inventiva de los mecánicos y electricistas cubanos, cuya historia está por relatarse.
No sólo por amor a una causa política, sino por amor al trabajo y por el respeto por sí mismos como profesionales, inventaron, innovaron y crearon nuevos mecanismos y herramientas. El gobierno, dueño absoluto de las patentes, se ha servido de ellas para negociar con compañías extranjeras.
Las leyes y los burócratas no han permitido a estos inventores disfrutar del derecho de autor como lo han disfrutado algunos escritores y artistas. Solo un pequeño por ciento ha recibido autos cuyo costo es de $4000 MN.
Ni siquiera en los años 90, cuando crearon nuevas licencias, se les permitió crear brigadas de mantenimiento y sí a extranjeros que cobraron en dólares las reparaciones, casi al mismo costo que en sus países de origen.
Si algo quiero resaltar en este artículo es precisamente que en todas partes cuecen habas”, de una forma o de otra y en cualquier sistema. Esto me hace pensar cuánta razón tuvo Freidrich Hayek en su obra de 1944, “El camino de la servidumbre”, cuando afirmó que en Inglaterra, Estados Unidos y en el mundo actuaban fuerzas que destruían la iniciativa individual.
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