Ramón Díaz-Marzo
Periodista independiente y escritor, reside en La Habana Vieja. ramon597@correodecuba.cu
¡VIVA LA REVOLUCIÓN!, Ramón Díaz-Marzo
- Por Ramón Díaz-Marzo
- Publicado 11/12/2009
La calle de los Obispos, en la Habana Vieja, desde Monserrate hasta el Parque de los Capitanes, es una de las vías más transitadas de la ciudad. Es raro que en esa calle no se produzcan constantemente incidentes que pueden ser del interés de más de una persona.
Por ejemplo, hace meses se produjo el monólogo de un transeúnte que en las esquina de las calles Obispo y Habana se puso a gritar ¡Viva la Revolución! La gente comenzó a detenerse. El hombre no parecía estar loco, pero insistentemente gritaba ¡Viva la Revolución! En pocos minutos se formó una aglomeración de personas, pues en esa calle hay tres importantes comercios, el Ten Cen de Obispo, la antigua Western Union y la Lluvia de Oro.
Como esta calle está súper vigilada desde el comienzo del Período Especial, de inmediato llegó un policía con su pequeño radio transmisor en la mano. El policía observaba al hombre que, a juzgar por sus vestiduras limpias y calzado y la cara rasurada, no parecía ser un indigente alcoholizado. Pero aquella insistencia, aquella frase una y otra vez repetida: ¡Viva la Revolución! comenzó a resultarle sospechosa. Hay que destacar que el policía se comportó muy decentemente cuando se acercó al sujeto. El policía le dijo al hombre que estaba provocando un escándalo público y le sugirió que continuara su camino. El hombre miró al policía con ojos estupefactos.
-¡Yo soy revolucionario, compañero! –dijo el hombre al policía-. ¿Cómo usted se atreve a botarme de aquí cuando estoy repitiendo la consigna de los comunistas?
No había más lugar para la duda, aquel hombre no podía estar bien de la cabeza. Y el policía a través de su radio transmisor convocó a la patrulla. La patrulla llegó de inmediato. El hombre le gritó al policía primero y a los dos integrantes que venían en el carro patrullero que ellos eran unos contrarrevolucionarios cuando se atrevían a llevárselo detenido.
Cuando llegaron a la estación de policía, el Jefe de la Unidad, al enterarse del asunto, ordenó que pusieran al hombre en una celda y acto seguido llamó, por sus canales establecidos, a la Seguridad del Estado.
Cuando llegó el oficial de guardia de la Seguridad que atendía casos especiales que no calificaban para ser juzgados por la policía, se entrevistó con el detenido. El detenido no cesaba de repetir: ¡Viva la Revolución! Entonces el oficial de la Seguridad le sugirió que aquella insistente repetición podía ser interpretada al revés, es decir, como una burla. Y ahí fue cuando el detenido intentó atacar físicamente al oficial de la Seguridad pero fue reducido por policías que se encontraban presentes durante la entrevista. De inmediato, el oficial de la Seguridad dio por terminado su encuentro con el hombre y por los canales correspondientes informó sobre el singular caso y le preguntó a su jefe inmediato superior: ¿qué hago? Recibió por respuesta que condujeran al detenido al manicomio para que le hicieran una evaluación sicológica.
En el manicomio fue recibido por el médico de guardia que al oírlo insistentemente repetir ¡Viva la Revolución! lo declaró loco de remate y consideró oportuno ponerle una camisa de fuerza y mantenerlo en una habitación acolchonada, aislado del resto de los locos.
De inmediato le aplicaron diferentes sedantes durante días y sólo le quitaron la camisa de fuerza en una sola ocasión cuando intentaron alimentarlo, pero el hombre se negó a comer y sin dejar de repetir su consigna, agredió a los enfermeros en un intento infructuoso por escapar del manicomio.
La junta médica, que se reúne de lunes a viernes para analizar cada uno de los nuevos casos que entran al hospital, llegó a la conclusión que había que tratarlo con electroshocks pues las pastillas no estaban haciendo el efecto deseado en el paciente.
Durante varias semanas lo sometieron al tratamiento de producirle descargas eléctricas en el cerebro con la esperanza de eliminar la neurona que obligaba al paciente a repetir su consigna. Al final lo lograron y fue cuando le dieron de alta en el manicomio.
Cuando el hombre volvió a recorrer la Calle de los Obispos fue reconocido por otro ciudadano que había sido testigo de su detención. El testigo le preguntó al hombre en qué había terminado la historia de su detención, pero el hombre, mirando al testigo sorprendido, le manifestó que estaba equivocado de persona, que él (el hombre) jamás había sido detenido por gritar ¡Viva la Revolución!
ramon597@correodecuba.cu

Foto: Marcelo López