Ramón Díaz-Marzo
Periodista independiente y escritor, reside en La Habana Vieja. ramon597@correodecuba.cu
CARTAS A LEANDRO
- Por Ramón Díaz-Marzo
- Publicado 17/12/2009
Prólogo
Elogio de la locura
Cartas a Leandro es un libro autobiográfico, testimonial, fragmentado. El hilo que teje su estructura es el miedo a la locura en una sociedad de absurdos y cotidianas sinrazones. El personaje, a través del antiguo recurso epistolar, narra casi todo lo que le ha acontecido desde que diera los primeros pasos en el oficio de escribir.
Los personajes de Cartas a Leandro se mueven como sombras chinescas en una ciudad magullada hasta los cimientos por el abandono. Las referencias directas a esa ciudad no son muchas, pero sí suficientes para conformar una imagen que se le parece: el hotel- Monserrate devenido en solar, la calle del Obispo, la de Oficios, la Plaza de Armas, Neptuno y Aguila, la Manzana de Gómez, el cine Actualidades. El retrato de unas cuantas aceras, unas calles, un cuarto de solar, pueden ser la radiografía de un país.
En la novela Boarding Home, de Guillermo Rosales, el infierno está en el manicomio que es el Home. En Cartas a Leandro le penuria abraza la ciudad, las habitaciones de Ramón y los alrededores. Un infiernillo vicioso que da vueltas sobre sí mismo y que envuelve a sus habitantes sin quemarlos definitivamente. Díaz-Marzo y Guillermo tienen dos cosas en común: la locura y el destierro. Ramón, exiliado dentro de la Isla. Guillermito, exiliado total que acabó con su vida y su locura de un pistoletazo.
Cartas a Leandro puede ser una pista que nos lleve a descubrir la literatura marginal que se escribe en la Isla, lejos de los bombos y platillos del boom literario cubano de los últimos tiempos, y de los escritores y poetas que viven en Cuba, entran y salen del país sin restricciones, cuyas obras son autorizadas y editadas. Como fueron autorizados y editados, hace años, los libros del que suscribe.
Ramón Díaz-Marzo ha sido albañil, mensajero de correo, auxiliar de limpieza, ayudante de imprenta, chofer de montacargas, manisero en el muro del Malecón, torcedor de tabaco, periodista independiente, y narrador que nos lleva de la reflexión al humor cubano.
Díaz-Marzo no escribió su libro a la manera en que todavía se entienden las novelas: principio, desarrollo, desenlace, final, Subtramas, personajes secundarios y alternos; esa longaniza estructural que conlleva toda novela concebida convencionalmente. Razones que llevarían a los críticos y diletantes a descartar el rótulo de NOVELA a Cartas a Leandro, y considerar la obra como relato-testimonio o testimonio-novelado. En este caso, y en otros, poco importan las etiquetas. Interesa la emoción, el interés que suscita la narración.
La condición de marginal se la confiere al libro la propia voluntad de los personajes. Seres que nada o poco tienen que ver con individuos adscritos a las fuentes oficiales de empleo o estudios: ministerios, empresas constructivas, universidades, institutos politécnicos. Y menos con las perennes organizaciones de masas y políticas.
La Temba vende flores y sólo nos queda de ella una imagen fantasmal y exótica. No es una heroína de novela. Ambrosio es un experto en ocultismo, desencantado del paraíso. Tampoco es un héroe. Basco es escultor, aprendiz de brujo y lo llaman Maestro, pero nada tiene que ver con un caballero andante. Gerania presta azúcar a Ramón y le pasa el rumor sobre la hija de una vecina del solar que, se rumora, es hija de él. Lo que contribuye a aumentar la paranoia de Ramón, quien sólo ve conspiraciones en su contra por donde quiera que se mueve. A veces la vieja Gerania lo invita a frijoles negros. Pero Gerania no es Juana de Arco, ni se le parece. No hay positivos en el libro. Ni negativos. Los personajes son alegorías de antihéroes, empezando por el narrador que es (hasta el momento) el único loco declarado de laberinto.
De esa andanza fantasmagórica de Ramón por las calles de La Habana, rebotando como pelota indefensa por las paredes de sus dos habitaciones, surge, brumosa, la imagen de una vida que amanece con un peso y sesenta centavos en los bolsillos y sin azúcar en el estante para endulzar el café de la mañana.
La frustración y el resentimiento del narrador es lo que arrastra a lomo limpio la Isla como una pesada carreta de cañas.
Ramón Díaz-Marzo cuenta su vida, que no es una epopeya y sí un testimonio, desde su mundo, de esa realidad que toca a casi todos.
Hay varias Cubas posibles: la oficial, paradisíaca, ejemplo para América y el mundo. Y otra Cuba esencialmente desamparada y confusa que sobrevive de la economía subterránea y de los envíos de dólares de la "mafia cubana de Miami". Dólares que permiten también respirar profunda y cómodamente al gobierno cubano.
En Cartas a Leandro se encuentra esa Cuba a pulso, sin cantos de sirena, sin alusiones a las conquistas revolucionarias, a través de las cuales algunos escritores y poetas descargan culpas y compromisos.
Tal vez Cartas a Leandro sea el prólogo a una obra mayor de Díaz-Marzo, donde la Temba, Ambrosio, Basco, Gaspar, el negro Tabaco, Aselina, Ofelia, el doctor Popus, el Dentista, Felina, la Secta, Gerania, el Jinete sin Cabeza, dejen de ser esperpentos de una temporada en La Habana y se transformen en la rotunda evidencia de otra realidad literaria y humana.
Antonio Conte.
MAÑANA
Querido hermano Leandro:
Nunca imaginé que aquella lectura de juventud, La Sala número 6, de Antón Chejov, sembraría en mi espíritu el deseo de escribir sobre la locura. Cierto es que cuando Chejov escribió su relato, lo concibió de forma tal que a través de la lectura nos identificáramos con el doctor Ragin. Pero de identificarnos con un personaje literario a sufrir en la vida real los mismos síntomas, va un largo trecho. Por supuesto, en ningún momento he pensado que mi final sea como el ocurrido al doctor Ragin. Pues si el propio autor de La Sala, Antón Chejov, murió tuberculoso a la edad de 43 años, y no en un manicomio, sino en la selva negra alemana donde se encontraba el sanatorio Badenweiler, por lógica a mí me sucederá otra cosa bien distinta. Aunque, en honor a la verdad, lo que vas a leer es la exacta relación de cuanto me acontece.
Si se quiere, el asunto ha comenzado como comienza todo. Primero un principio, y más tarde un final. La idea de escribir sobre la locura se apoya en el hecho cierto de que mis facultades mentales se están deteriorando. Y si es cierto que para hacer literatura uno debe basarse en las vivencias propias, nada mejor haría que escribir sobre lo que sé por mí mismo.
Pero antes de proseguir sería bueno aclarar que nadie esta exento de volverse loco. En cualquier época y circunstancias el aparato mental, por factores que aun permanecen en el misterio, puede dar muestras de agotamiento. Y si bien es cierto que el hidalgo don Quijote de La Mancha enloqueció leyendo libros de caballería, las estadísticas indican que la pérdida o el extravío de la razón no es una condición exclusiva de los individuos dedicados al estudio. Los manicomios del mundo están abarrotados de personas sencillas que no tienen grandes pretensiones. Y aquí me aventuro a esgrimir la idea de que la locura aparece cuando entre el corazón y el cerebro hay una falta de equilibrio. Es decir, cuando la percepción del primero se torna demasiado sensible ante la avalancha de información que le proporciona el segundo, y se produce la descompensación. De manera que no será mi intensión extenderme (por ahora) en ese "reino desconocido". Ya te lo digo desde el principio: solo pretendo escribirte una carta inicial donde pueda explicarte por que me siento un poco loco. Por ello pasaré a narrarte algunas de mis experiencias personales. Es bueno que así sea, pues mi intención es presentarte una historia limpia, sin los trucos con que los escritores profesionales suelen escribir sus cartas.
Yo sostengo la opinión de que las personas, en sus jornadas de sufrimiento, sufren porque perciben con la nitidez de los dioses lo que les ocurre y ocurrirá. Son estados de conciencia en los que uno no esta viviendo, sino que, se contempla a sí mismo. Se trata de un distanciamiento que podría ser un privilegio o una maldición; es nuestra alma contemplando a nuestro cuerpo. Este divorcio produce el más espantoso de los dolores, porque ha fallecido el encanto de vivir y nuestro cuerpo continua vivo. Pero lo más interesante es que el alma, distanciada del caracol de la carne, flota en un vacío que solo los dioses pueden soportar. Las personas cuya alma nunca alcanzó ha separarse del cuerpo, jamás conocerán el dolor verdadero.
Quizá el descubrimiento de que mi persona no le importe a nadie me ha hecho tejer una explicación fantástica del Universo donde yo, por supuesto, interpreto un papel importante. A veces me he regalado la explicación de que mi fantástica participación en esta vida la he fabricado para cuando mi etapa de Eros termine y la noche de cada noche pierda su significado misterioso, no tenga que utilizar la imagen de un Padre Totalitarista. O quizá el asunto se deba a una incapacidad mía de sentir amor por los demás; una suerte de inverosimilitud en los seres reales que nunca más superarán la verosimilitud que me ofreció en la infancia Robinson Crusoe.
A lo largo de mi existencia y con relación a la cultura que haya podido acumular, he utilizado para mi consumo personal la metáfora que mejor me explicara los giros del Destino. Muchos actos de mi vida los he justificado con el convencimiento de que no soy yo quien prepara, en algunos casos, las causas que me conducen a un efecto. Y he resuelto el misterio de los acontecimientos atribuyendo algunas acciones de mi vida a una decisión ajena a mi propia voluntad. Yo, que pretendo escribir y pensar, no me responsabilizo con la mayor parte de mi vida. Y cuando se ha tratado de hechos desconcertantes, me he dicho a mí mismo que tal o mas cual cosa ha ocurrido por la voluntad de los dioses. Esta metáfora me ha permitido respetar a las religiones y a los núcleos de Poder; pues finalmente desconozco si algunos de esos acontecimientos son decretados allá en el Cielo o aquí en la Tierra.
Antes de proseguir quisiera acotar que el Informe sobre ciegos, de Ernesto Sábato, más que mera literatura, ha tenido para mí un alcance tan serio que no me equivocaría si dijera que en él esta implícitamente planteado el destino futuro de la Humanidad: "NO EXISTE LA CASUALIDAD"; y, por lo mismo, o todos nos salvamos o todos moriremos.
Trabajo me costó comprender que mi conciencia es una cárcel. Hoy sólo deseo cambiar de cárcel. Ser diferente; otro. Sólo las personas mediocres viven una existencia sin enterarse de que son prisioneros mentales.
Goethe pasó gran parte de su vida leyendo, pensando y escribiendo, sólo para formular una pregunta única que le hubiera bastado para entrar a la Historia: "¿Es el Hombre quien condiciona sus circunstancias, o son las circunstancias las que condicionan al Hombre? Y algunos hechos, aparentemente casuales, me sugerían prestar atención a los "acontecimientos poco probables" que, de repente y como si mis actos fueran parte de un guión, sucedían independientes a mi decisión personal. Entonces me decía que tales casualidades eran las leyes matemáticas de una Mente Cósmica; y lo que para algunos suelen ser milagros o verdaderas desgracias, para el Espacio Profundo es el puro Caos que trabaja con una lógica para la cual la mente humana tiene el acceso prohibido.
Ahora soy capaz de recordar que mis estados de conformidad significaban una mente bajo el control de las circunstancias. Por ejemplo: un estado de sufrimiento podía ser una pequeña rendija para mirar lo real. Entonces el automecanismo de mi conciencia buscaba placer para anular esa mirada. Hay que reconocer que vislumbrar lo Real sin Ayuda puede ocasionar la muerte o la locura.
Durante mi juventud había disfrutado - fuese ilusión o realidad- de independencia total. El mejor ejemplo para ilustrar lo que quiero significarte es que en los momentos de cometer "un pecado", mi crimen espiritual quedaba impune. Si yo no habría la boca, ni el propio Dios, ocupado en la administración de su vasto Universo, tendría interés y tiempo de ocuparse de algo tan insignificante como mi persona. Eran los tiempos en que la zona más vulnerable de mi cuerpo era la cara. De algún modo debía proteger mi alma, y lo hacia en momentos de inopia de la voluntad utilizando gafas de cristales oscuros. Por lo demás, estaba convencido de pasar inadvertido. Era como si dispusiera de la facultad de convertirme en un hombre invisible; de ahí mi pasión por las ciudades cosmopolitas donde nadie te conoce. Y por el contrario, mi rechazo a los barrios donde, a fuerza de que los lugareños te observen cada día, llegan a formular una opinión de tu persona como si te llevaran un expediente policiaco.
Algo desconocido, pero sabio, tuvo que haber estado gestándose dentro de mí desde que nací, a pesar de mi complicada personalidad que impedía que me integrara a la sociedad. Tiene que haber sido la misma fuerza que preparó las condiciones para que algún día fuera capaz de escribirte esta carta; aunque, en honor a la verdad, las palabras tuvieron que esperar a que yo quemara todas las etapas, y la multitud de las personalidades que me conforman llegaran a un acuerdo.
Dentro de lo poco consciente que me han permitido ser, ha quedado el recuerdo de que el mundo de las palabras es el más peligroso de los laberintos. Son múltiples pasadizos, con todas las probabilidades de realizar un viaje sin regreso. Si hubiera tenido en aquellos tiempos la noción de realidad que ahora poseo, no me hubiera aventurado por algunos pasajes del laberinto. Habría evitado encuentros inútiles, que en unos casos fueron inocuos, y en otros profundamente dañinos. Pero entonces el conocimiento lo hubiera recibido de otro modo. Pero ¿cuál hubiera sido ese otro modo? No se retorna en el camino. Además, la cultura, como estado de sedimentación de la conciencia, se formaba dentro de mí de un modo lento y doloroso. No podía percatarme de que hacia tiempo, quizás desde que me identificara con Robinson Crusoe, ese camino hacía su misterioso recorrido a largo plazo.
Sin embargo, ahora mi vitalidad se encuentra en un nivel lamentable. No tengo fuerzas para caminar por la ciudad, ni siquiera para moverme dentro de mis dos habitaciones. Lo único que me reporta placer (tengo fuerzas para hacerlo) es leer y escribir. El apetito sexual ha disminuido. Lo único que logro hacer a la perfección es dormir muchas horas durante el día, y poco antes de que llegue la noche, animarme un poco después que consumo mi diaria cuota de chícharo. Entonces voy al cine "Actualidades" a disfrutar de su aire-acondicionado, y ver algunas películas que satisfacen mis expectativas.
Para evitar este circulo vicioso podría dedicarme al negocio del libro de uso, como la hace Braulio en el "Parque de los Capitanes". Pero entonces no podría escribir. Es cierto que tipos como Braulio se han enriquecido con la venta y la especulación de libros cuyas ediciones están agotadas. Y es cierto que con los dólares que gana su calidad de vida ha mejorado, pero Braulio no tiene un real talento para escribir. Y muchos de los que venden libros en el "Parque de los Capitanes" han estado tanteando el camino de la literatura durante los años que en Cuba no se podía hacer otra cosa. Ahora alegan que si escriben, la censura del Estado Totalitario los enjuiciaría por diversionismo ideológica o propaganda enemiga. En realidad, se trata de gente sin talento. Cuando hay talento, no existe el miedo a demostrarlo de alguna forma. La despenalización del dólar ha puesto muchas cosas en su sitio.
Querido hermano Leandro: decía que en vez de ganar dólares vendiendo libros en el "Parque de los Capitanes", he continuado comiendo chícharos; pero también he logrado publicar un cuento en Miami, con la promesa también de que una novela mía, que logré sacar del país clandestinamente, también sea publicada en los próximos meses. Escribir es un acto y un fruto de la inteligencia. Los que han logrado desarrollar esa capacidad literaria son personas especiales. Pero ¿es la inteligencia una entidad ética? Se puede ser mala persona y escribir una obra admirable. Para escribir hay que bajar al pozo, sin escrúpulos. Y bajar uno mismo, sin ayuda de nadie.
Una vez escribí de modo automático un extraño texto. Recuerdo que la mano se movía sola y era como si una voz dentro de mí dictara lo que tenía que escribir:
'Cristo me dice
'que para vencer lo aparencial
'habrá que desearlo a toda costa;
'y que el mundo de la muerte o el
'miedo se infunde cuando se
'convierte en lo más deseable.
'Hay un trecho del camino
'donde no hay trecho;
'el Maestro quiere que saltemos
'para que luego nos sintamos más dignos.
'Lo inalcanzable solo se alcanza
'cuando todo se torna inalcanzable.
'El contacto con el Maestro es un juego
'de niños muy grandes.
'Hay razones para que esto se cumpla
'y sean inescrutables.
'El Maestro se despide
'con un largo silencio
'donde hay una sabiduría
'necesaria a interpretar.
'El Maestro calla.
'El Maestro volverá.
¿A qué clase de lugar me sugirió el Maestro que saltara? ¿Saltar es bueno o malo? ¿Es el salto un acto de Rebelión? ¿Es la Rebelión un Pecado? ¿Ya vas comprendiendo, querido Leandro, que la base de mi sospecha, a propósito de mi probable locura, podría ser real? Ya no puedo vivir sin darme cuenta que vivo. No logro olvidarme de mí mismo, como cuando era joven. Ahora sé que estoy dentro de la película. Soy uno de los tantos personajes que nunca saben si ALGUIEN los observa. A veces pienso que este cine esta vacío y sus luces permanecen apagadas, y sobre la pantalla del cine proyectan una película que nadie ve. ¿Cuál será su sentido? Los personajes dentro de la película vivimos un drama, una tragedia, una comedia. Varios actores ya lo han comprendido. Pero estos actores tienen sus necesidades. Ellos quisieran mirar más allá del lente de la cámara y conocer a los hipotéticos realizadores de la película. También quisieran mirar más allá de la lona del cine y conocer a los hipotéticos espectadores que deberán encontrarse en las lunetas . Pero ¿y si más allá del lente de la cámara o de la lona del cine sólo existe la soledad de un cine vacío? Por ahora la realidad que nos aplasta consiste en que no podemos salirnos de la película. Y de modo incesante, eterno, nuestras vidas de personajes se repetirán sin otro propósito que la repetición por la repetición misma. ¿No es un asunto para enloquecer? La sospecha de mi locura, querido Leandro, podría estar mal encaminada. Podría ser un juego que establezco conmigo. Pero precisamente pensar o creer que se trata de un juego (juego que se basa en señales que sí son reales) podrían ser la prueba de que mi locura es real.
Por ejemplo: vivir en un mismo sitio, como un prisionero, contribuye a potenciar esa locura. Es cierto de que yo no tengo una idea real de cómo será el resto del planeta. Pero no estoy de acuerdo con el poeta griego Kavafis en el asunto de la playa. Podría ser en todas partes el mismo mar, pero mis acciones serían otras, porque otras serían mis circunstancias. Así que otras playas no serían estas playas. A Kavafis se le olvidó que hay individuos que tienen el derecho de agotarse por vivir en el mismo lugar. La gente nace libre y determinadas circunstancias históricas la convierten en esclavas. Durante más de cuarenta años he visto en La Habana las mismas caras, los mismos edificios, las mismas calles. Ya no queda nadie en este barrio que cuando inicie una conversación conmigo yo no sepa lo que me dirá. Ya no me ofrece misterio esta ciudad. Y esa falta de misterio (la repetición) es el verdadero infierno. Estamos encarcelados en esta Isla. El roce continuo de tantos esclavos provoca odio entre todos. No creo que ningún país con un sol tan generoso sea capaz de soportar tanto invierno del alma. Somos un pueblo de actores; y muy bien que sabemos disimular nuestra impotencia con chistes y risas que desinforman al extranjero que nos visita, para que, por ejemplo, el extranjero imprima un libro de fotografías que engorde sus finanzas.
Cuando uno termina por comprender que es un esclavo - sea a los 20 u 80 años- es que la juventud se ha terminado, porque nada queda por explorar. Todas las cosas han sido descubiertas. Y casi todo ha llegado a saberse. Entonces la vida es una repetición, como te he dicho, que es como estar muerto. Aunque también, de un modo que ahora no me place explicar, esa experiencia es como una paz y equilibrio más allá de toda comprensión. No obstante, es poco lo que espero de la vida. Quizás lanzarme en paracaídas de un avión, o escalar una montaña; pero en las cárceles no existen las alturas. Lo que existe es el sexo, que es un gran aliciente. Pero, sin lugar a dudas, lo que nos salva es el Arte. El sexo es un placer que termina con dolor. De hecho, aunque no nos damos cuenta, el Arte nos ha salvado siempre. Y mientras no concurra el Apocalipsis, el Arte, cada vez con más fuerza, se convertirá en una Religión.
Otro elemento que quizá haya contribuido a colocarme en el camino de la demencia (tal vez el más importante, aunque a veces el menos visible), fue el día que descubrí que no tenía Patria. En serio te lo estoy diciendo, hermano Leandro. Patria es la madre que nos parió en una positiva combinación con el suelo que nos vio nacer. Y yo he descubierto que el ser que me dio la vida me bastaba para compensar la ignorancia de un mundo desconocido cuando era un niño todavía. Ser-Madre que, dada la magnitud del misterio, era suficiente para ocultarme en su dulce oscuridad. Pero primero, a los 9 años de mi edad, y luego a los 12 años (esta vez definitivamente), rompió sus lazos afectivos conmigo y tuve que crecer solo. Y cuando alcancé la edad adulta vi su condición vulnerable igual o peor que la mía. Y comprendí que una madre contribuye a fortalecer la segunda naturaleza de un hijo como una magia que nos defiende de la noche; y descubrí que sólo puede prepararnos para la muerte el amor de una madre - se encuentre o no entre los vivos -. Y supe que había entrado a formar parte de esa legión de seres condenados a vivir sin Patria y marcados por la traición. Desde entonces, hermano Leandro, para mí, siempre ha flotado sobre esta Isla el vaho de una podredumbre que condiciona una gran parte de mis actos. Especialmente sentirme diferente a los demás. Y un poco loco, como lo estoy tratando de demostrar en estas cartas. Y desde entonces nunca más he podido disfrutar del sol que me resulta triste. Son sus rayos los hilos de una telaraña incomprensible, potenciados por el discurso de un don Quijote de la Política, cada vez más enajenantes y maniaticamente largos. Y esa eternidad de sus palabras me han aplastado. Y así no se pueden tener deseos de vivir y menos que menos de escribir. Y para enloquecer, hermano, están dadas las condiciones.
Otro elemento que me llevo a la conclusión de que mis facultades mentales no funcionan correctamente fue percibir la idiosincrasia de un pueblo donde todos sus ciudadanos están en contra del Inautarca y, sin embargo, continúan apoyándolo. Después de 41 años no se ha encontrado el modo pacifico de impedir que esta utopía continúe destruyendo a la nación. Yo estaré loco o a punto de serlo, pero las cosas que te cuento son la exacta descripción de mi lucha interna.
Hasta el momento he logrado deslindar cinco personalidades. Hay un Ramón empecinado en creer en un Dios que nos proporcionará la vida eterna si nuestros pecados son perdonados. Hay otro Ramón convencido de que Dios existe, pero en el Plan de Vida Eterna la Humanidad no tendrá participación porque nuestra función no es determinante para la Estrategia de ALGO que jamas conoceremos. Luego hay otro Ramón que sabe que el sexo es una fuente poderosa de placer y, por lo mismo, la única vez que se ES y, paralelamente, conocer el Paraíso y el Infierno. Luego está el Ramón que considera que la percepción que nos permite lucubrar una vida más allá de la muerte es un mecanismo compensatorio inventado por la propia naturaleza para que soportemos esta vida. Y luego viene el Ramón que, previendo que ni tan siquiera el sexo es real, disfruta del arte como el mas alto grado de conciencia y religiosidad que humanamente se pueda alcanzar.
De todas maneras y, por mucho que columbre para defenderme de la insania, mi capacidad de resistencia toca a su fin. Acorralado entre las cuatro paredes de mis dos habitaciones ya no es miedo lo que siento, sino pánico. Los veranos cada vez se vuelven más violentos y podría ser la otra cara de la moneda de aquellas frías buhardillas del París o el St. Petersburgo del siglo XlX, donde los escritores y pintores morían tuberculosos y olvidados. Y aunque yo no este enfermo del cuerpo, sí lo estoy del alma; especialmente cuando salgo a la calle y percibo el frenesí (sin resultado alguno) de las gentes que me da la norma de que la miseria nos ha enloquecido a todos.
Mis relaciones de diálogo con personas del barrio que conozco y no conozco son variaciones sobre un mismo tema. Y aunque he recibido ropa nueva y dinero del catalán, mantengo una postura austera con mis gastos personales. Compro lo indispensable: chícharos, té, azúcar, tabaco, sal, aceite, y a veces me doy el lujo de una Tu-Cola. Aunque ahora me pesa haberla consumido por el dinero que me costó, superior al de una Coca-Cola en cualquier parte del mundo: más o menos del 10 por ciento del salario de un obrero cubano. También me compré un juego de ajedrez en miniatura, de plástico, bastante barato. Se trata de un tablero que al mismo tiempo es un pequeño maletín imantado que puede llevarse en el bolsillo de la camisa. También compré un libro de teoría y practica del juego-ciencia. No tengo TV, y por las noches, para no enloquecer, me pongo a repasar las partidas de los Grandes Maestros.
Para evacuar los intestinos tengo demora. Supongo que es porque no disfruto de variedad en los alimentos. Entonces debo consumir cada vez que pueda un platanito maduro. Aunque últimamente he resuelto el problema mezclando el potaje con salvado de trigo. Ojalá tuviera un TV en mi habitación para salir lo menos posible de mi celda. Esto que voy a referirte no es una pose literaria: estoy comenzando a detestar a la gente. En mi relación con los demás siempre estoy en guardia. Tarde o temprano se produce una agresión psicológica porque todos estamos enfermos. Mi única esperanza es que un milagro se realice y me saque de esta Isla- Prisión.
Hermano Leandro, mientras escribo esta carta tengo conciencia del peligro que me asecha. Es peligroso que escriba sobre lo mismo que me hace sufrir. Y es tonto que utilice el material de las palabras. Estoy entrando voluntariamente a otra trampa: el lenguaje, que es el verdadero laberinto del cual somos víctimas y victimarios. Y es tonto que no intente salvarme renunciando a la escritura; aunque, columbrando que mi situación quizás no tiene solución, tal vez la salvación radique en no salir del laberinto porque, fuera del laberinto, quizás me aguarde la NADA. Y aunque quisiera aceptar que la NADA es algo, ello sería un disparate de la lógica si se piensa que, salir del laberinto es imposible por la sencilla razón de que si la NADA existiera el laberinto la contendría. Pero también esta elucubración es otra trampa que, dicho sea de paso, son máscaras que ocultan y delatan, a un mismo tiempo, la miseria de mi condición. En suma, todo parece indicar que no podré escapar de mí mismo. El lenguaje también se parece a la Dictadura que reina en la Isla. Así que, finalmente, he regresado al principio del párrafo. Sólo queda la posibilidad de ir muriendo y, lentamente o de un tirón, alguna vez llegar al centro del laberinto donde el Caos me disolverá liberándome de esta mascarada que solo oculta egoísmo y cobardía.
Mi rebelión contra la evidencia de que después de la muerte la conciencia se disuelve, es lo que me compulsa a dejar una huella personal. Así, mientras existe memoria de la presente humanidad, puedo garantizar una eternidad temporal que supera con creces la expectativa de una sola vida. De este modo, el día que muera, habré saldado a favor de mi rebelión el precio con que pago cada uno de mis días, con el conocimiento personal de que existe un Poder ante el cual mis dos nombres y mis dos apellidos (o lo que fuese mi representación física) quizás no serán tomados en cuenta. De ahí que, mucho antes de publicar un libro que me abra las puertas de las editoriales, no tiene importancia si soy ignorado.
Esta carta, hermano Leandro, y las que pienso escribirte, son confesiones de un loco bueno. Los locos y los niños siempre dicen la verdad. Y una verdad sería decir que, si difícil es ser una persona extraordinaria que vive rodeada de seres mediocres, más difícil es tener como madre a una persona de la cual nunca se sabe dónde termina el desamor y comienza su ignorancia. Digo esto porque existe el mito (o la imposición educacional) de que el vinculo entre una madre y un hijo es sagrado; y que más allá del razonamiento entre qué es lo malo o lo bueno, existen los instintos que garantizan que ese vinculo se mantenga incólume. Estoy de acuerdo por una parte. Pero por la otra creo que se trata de puras pamplinas. Hay hijos que han enloquecido por causa de la madre. Hora es ya de reconocer que entre una madre y un hijo puede levantarse una frontera infranqueable: la ignorancia. Especialmente si la madre es de esas personas que no respetan a los hijos. Si logro vencer esta batalla escribiré sobre el extraño ritual de mi madre a propósito de las humillaciones que me llevó varios años confirmar.
Y hablando de batallas, he llegado al corazón de esta carta. Fue, y tal vez lo seguirá siendo, una batalla especial. Sucedió una mañana de aquel tiempo en que yo daba los primeros pasos en la escritura. Esa batalla la recuerdo como un hecho brutal. Esa fatídica mañana dividió mi existencia en un Antes y un Después. Quizá nunca logre comprender la magnitud de su oculto significado. A veces he pensado que, sin la experiencia de ese hecho desgraciado, jamás mi conciencia se habría estremecido ofreciéndome una visión oculta de la realidad sin la cual es imposible comprender nuestro mundo. Ese hecho, combinado con el desamor de mi madre, pudiera ser la causa básica de que mi conciencia haya sido zarandeada de un modo tan terrible. Esa batalla marcó el inicio de mi primer contacto con la Secta. No estoy plagiando a Ernesto Sábato. ¿Cuántas personas podrán calibrar la magnitud de lo que sólo es una sutil sugerencia? Los que hayan pasado por la prueba saben que "Informe sobre ciegos" no es una ficción. La Secta es real. Su lepra organizada permanece subterránea ante los ilusos que no podrían comprender el peligro en que nos encontramos.
Ese primer encuentro con la Secta, por supuesto, fue posterior a mi decisión de convertirme en escritor. Ellos vinieron a buscarme una mañana tan temprano, que aun en el edificio todos dormían. Me despertaron con fuertes golpes en la puerta. La noche anterior, como es natural en un joven, me había acostado tarde. De manera que los cuatro miembros de la Secta: un negro (impartía las ordenes), un joven con cara de hijo de puta hipnotizado, otro negro de edad madura y ojos inexpresivos de verdugo estúpido, y un blanco ya viejo con cara de mosquita muerta, tuvo que arreciar los golpes en el cristal de la puerta para despertarme.
Aparentemente no existía ningún motivo que justificara mi arresto. Ni siquiera mis incipientes manuscritos cuestionaban a la Dictadura. Yo, aún, no manejaba las técnicas de la escritura: no sabía escribir. Y lo peor: no sabía pensar. Gracias a la impetuosa fuerza de mi vida sexual apenas me daba cuenta de lo que ocurría en el país. O lo sabía de algún modo, pero no me importaba. Lo que sí no sabía era qué podría significar para el Poder de la Secta que un no elegido pretendiera escribir.
Así que los Brujos conocían mi existencia, aunque yo no supiera que Ellos existían. Por esa razón, aparentemente, han ganado todas las batallas. Poseen a su favor una información descomunal frente al individuo solitario. Aunque todo su "poder" consiste en una pirámide de secretos sucesivos en forma de laberintos donde muchos de los itinerarios carecen de significado porque responden a la estrategia de la desinformación, o simplemente representan las zonas del conocimiento que habitualmente se denominan callejones sin salida.
Era evidente que la orientación de los cuatro testaferros se limitaba a buscar entre mis libros y papeles literatura pornográfica. No la que yo hubiera podido escribir (que mucho me hubiera gustado hacerlo), sino aquellas viejas postales de bayú de principio de siglo que aun sobrevivían como símbolo de libertad y cuyos propietarios, aunque no pudieran concientizarlo en los breves minutos de una paja gloriosa, pudieran sentirse libres y olvidar que la Revolución existía. De manera que ahora, a la distancia de tantos años, aquella "búsqueda" policiaca era ridícula. Pero en su momento formaba parte de un buen pretexto para amedrentarme. Y confieso que lo lograron. Aquel "registro" sin orden judicial que violaba mi vida privada me ofreció la siguiente información:
- ¡Te tenemos en cuenta!
Semejante acontecimiento, por qué no, halagaba la vanidad de sentirme individualizado a través del terror. Y aquí, como ocurre en las telenovelas, doy por terminada esta primera carta, con la real intención de que muchas de las preguntas que te habrás formulado tengan su respuesta en futuras misivas. Para ti, pues, Leandro, hermano, el más fraternal de los abrazos.
La Secta
Querido hermano Leandro:
De mi anterior misiva se desprende que en ésta continuaría el relato de cómo la Secta me contactó a través del pretexto de ocuparme postales de relajo. Pues también te había dicho que del mismo modo que las telenovelas van narrando una historia capítulo a capítulo, así también yo haría con mis cartas. Y es cierto. Pero el motivo de mi encuentro con la Secta sería incomprensible si antes no te narro otros hechos que no por menos relevantes carecen de importancia.
Mucho antes de que los brujos me individualizaran, ya por falta de información, ya por culpa de mi naturaleza inclinada a la ingenuidad, tuve un amigo que me inició en el clandestino oficio de vender maní tostado en cucuruchos a diez centavos. Vender maní, en el año 1976, no sólo era un desafío a la Dictadura, sino un grito de libertad. Ese grito implicaba unos preparativos tan meticulosos y secretos que virtualmente podrían calificarse de una conspiración para tumbar al Gobierno.
En ese proceso, el primer eslabón era el guajiro que en una parcela enmascarada de su terruño cultivaba (como si fuera mariguana) las matas de vaina. El segundo eslabón tenía que ser un personaje con justificación para viajar entre la ciudad y el campo: un camionero estatal que mezclaba los saco de maní junto a la mercancía del Estado. El tercer eslabón era un lugar en la ciudad donde depositar la mercancía, y un lugar no debía repetirse hasta pasado varios meses.
Luego, desde esos lugares, la mercancía era trasladada en pequeños paquetes hasta ser depositados en una casa de vecindad conocida como solar. Esos solares tenían diversas salidas y entradas, y la policía nunca notaba el trapicheo. Además, eran lugares temidos cuando llegaba la noche. Después, esos paquetes caían en el patio de una vieja casona. Caían desde el cielo, en un nocturnal picheo desde las azoteas colindantes.
La casa rentada por el Chino era un laberinto. En ese lugar, dentro de las latas vacías de aceite de bodega, se tostaba el maní al carbón. En realidad, aquello era una fábrica clandestina. El Chino era respetado en el barrio por ser escritor de la Radio. Pero como el sueldo de la Radio no le alcanzaba para cubrir sus más elementales necesidades, siempre estaba violando la Ley Socialista.
El Chino tostaba los granos mientras hacía, a una velocidad vertiginosa, los cucuruchos. Luego, ese maní era introducido en los cucuruchos. Más tarde yo improvisé, en las habitaciones del Hotel Monserrate una fábrica de maní. Confieso que hacer los cucuruchos era un suplicio. Recuerdo que los habitantes de la casona eran unos revolucionarios ancianos. Recuerdo que uno de los viejos era el Presidente del CDR de la cuadra. Y eran temidos. No obstante, los viejos también ayudaban al Chino haciendo los cucuruchos. Y nadie nunca sospechó que aquella casona fuera una fábrica clandestina. La vieja y el viejo eran los comecandela de la cuadra. Por eso, el primer día de mi llegada al lugar la vieja me miró de aquel modo. Sentí cómo las manos de sus viejos ojos escarbaban mi persona. Mi amigo y el Chino me lo advirtieron:
-¡Nunca hables mal del Gobierno!
-¿Y a favor?
Me respondieron a dúo:
-¡Tampoco!
Semejante retorcimiento creo que también contribuyó, de modo decisivo, a que en la actualidad esté sospechando que mi comprensión del mundo es incorrecta.
Sala No. 6
Querido hermano Leandro:
Me han dicho que al manicomio de La Habana, conocido como Mazorra, se entra fácil. Sólo hay que esperar el horario de las visitas y, como en cualquier otro hospital, confundido entre familiares y amigos que visitan a sus parientes y amigos locos, entrar. Te digo esto porque tengo que ofrecerte más elementos que apuntan hacia una conclusión: en Cuba toda persona que disiente del gobierno se convierte en paciente psiquiátrico. Así que una vez más te digo, a propósito de la Sala número 6, de Chejov, por qué tengo intenciones de escribir sobre la locura. La piedra angular de la obra sería un reportaje en el hospital psiquiátrico de Mazorra. Y es que a mis oídos ha llegado la historia fragmentado de Ciro El Ocultista. Sin embargo, no podría asegurarte (hasta tanto no logre entrevistarlo) si lo que a continuación te cuento es absolutamente cierto. Acuérdate que vivo en un país donde todos practican la mentira para sobrevivir.
Un grupo conspirador en los años 80 preparó el asalto a un lugar no especificado. En ese lugar robarían armas. Pero días antes de la fecha fijada para el asalto, los complotados fueron detenidos por agentes del Departamento de Seguridad del Estado. Se supone que uno de los cuatro jóvenes que integraban el grupo sucumbió ante el Poder y delató al resto de sus compañeros. Sin embargo, mis fuentes de información me aseguraron que ya desde antes el grupo había sido chivateado. Desde los primeros interrogatorios en la sede principal de la policía política, Ciro se hizo pasar por loco. A diferencia de sus compañeros, él conocía algunas técnicas que le permitían cambiar las corrientes energéticas de su cuerpo. Con semejante conocimiento, Ciro se provocó un estado mental cercano a la esquizofrenia. La información recopilada por mí apunta a que en uno de los primeros interrogatorios, Ciro comenzó a propinarle patadas a un armario cargado de medicamentos especiales. Entonces el oficial que lo atendía decidió hacerle una evaluación psiquiátrica en el propio cuartel. Por la información disponible conjeturo que Ciro no alcanzó a volverse loco por su voluntad. Sólo se trataba de un joven brillante que no tuvo la oportunidad de demostrar su talento en condiciones normales. Y ya sabes que las condiciones del país, desde que triunfó la Revolución, son anormales.
Te sigo contando que entonces Ciro fue internado en el manicomio de Mazorra. Allí le hicieron las pruebas psiquiátricas correspondientes, lo despojaron de sus vestidos y le encasquetaron el uniforme de la institución. Y como nuestro héroe no respondió a ninguna de las preguntas que le formularon, de inmediato fue destinado a la sala de máxima seguridad "Carbó Serviá", denominada con la letra A.
Hasta aquí, y por las noticias que te ofreceré de Ciro, te preguntarás, hermano, de qué fuentes me he valido para conocer esta historia. Pues bien, es mi deber recordarte que en esta Isla, donde la más insignificante información se oculta hasta el ridículo, paradójicamente, todo se sabe.
A Ciro lo destinaron a la Sala A, como te dije, o diciéndolo del modo más pedante: al non plus ultra de la locura. Allí lo esperaba el Jefe de los locos. Sé que en Ciro se desarrolló un gran pavor cuando consideró que ser un paciente psiquiátrico era el peor destino que se le reservaba. Y cuando decidió demostrar cordura, era demasiado tarde. Los policías que lo habían conducido al lugar se habían marchado. No obstante, Ciro intentó mostrarse como un individuo "normal" ante el Jefe de los locos. Pero éste, con su "experiencia" de años, sabía que no hay peor loco que aquél que se hace pasar por cuerdo.
Cuando Ciro traspasó la puerta de barrotes de la Sala A, sintió un miedo diferente al que había experimentado en el cuartel de la policía política. Era un miedo intelectualizado que paralizó sus músculos y sentidos y aceleró desorbitadamente los latidos de su corazón, mientras el sudor le corría a mares por el cuerpo. Un sudor frío y pegajoso. Era el miedo que convierte la boca en un desierto, hace temblar los labios y cambia de pronto el timbre de la voz. Intentó articular una frase ante el Jefe de los locos, y no pudo. Su garganta se había estrechado tanto que apenas el aire entraba o salía de sus pulmones. Continuados espasmos estomacales le provocaron una risa incontenible mientras sentía una imperiosa necesidad de orinar. Había perdido capacidad visual y las voces entremezcladas de los locos le llegaban, lejanas. El Jefe de los locos, con fuerza, lo había tomado por un brazo para que acabara de entrar a la Sala A. Pero Ciro no sintió esa presión. Su pasado y presente se habían convertido en una amalgama inconexa. El encadenamiento de sus ideas se había roto. En ese momento Ciro enloqueció verdaderamente.
Podrás imaginar, hermano, que si logro entrevistar a Ciro El Ocultista me consideraré un periodista independiente afortunado. Mi superobjetivo será demostrar que Ciro no es un loco por el único motivo de encontrarse internado en el hospital psiquiátrico de Mazorra, sino que es la Isla de Cuba entera la que se ha convertido en el mayor manicomio del mundo.
La secta
Querido hermano Leandro:
Es necesario que el Antes y el Ahora continúen siendo las columnas básicas sobre las cuales apoye mis misivas. El Antes será importante. De lo contrario nada comprenderás.
Antes, un erotismo descomunal obstruía la sensibilidad que me inclinaba ante el arte. Ese erotismo no podía ofrecerme la quietud que se necesita para leer, escuchar música, meditar sobre la existencia. Dentro de mí se libraba una pantagruélica batalla: el Vicio contra la Virtud. Y sea porque cuando el cuerpo es demasiado joven, las condiciones para que la Virtud establezca plaza de fortaleza son poco menos que imposible, la Virtud se imponía sólo cuando el Vicio, exhausto, tomaba vacaciones. Entonces la Virtud aprovechaba el tiempo concedido, y yo leía, y compartía con los amigos pensamientos y noticias. Eran días de paz. Durante la tregua yo vivía sin los sobresaltos que causa lo prohibido. Estas vacaciones del alma se presentaban cada dos o tres meses. Pero gracias a los años fue que pude debilitar a mi Eros. Los años me ayudaron a establecer un ciclo justo para que estos gigantes combatieran en igualdad de condiciones. Así, de día, mi vida transcurría en un tono normal. Pero cuando llegaba la noche el demonio despertaba y yo tenía que salir a buscar aventuras sexuales. Mas lo terrible fue que nunca, independientemente de lo que hiciera mi cuerpo (templar o escribir), perdí la conciencia de mi Yo dividido. Esta desunión, este no sentirme conforme ni de noche ni de día, era sufrimiento. Así que desde ahora te digo que en aquel Antes me encontraba enfermo.
Pero retomo el tema que me importa. En efecto, yo sabía que la Secta existía. Pero jamás pensé que algún día me tomarían en cuenta. La fuerza de la juventud me permitía complacerme en el anonimato de las muchedumbres. La soledad de mi vida de don Nadie era la consecuencia natural de mi libertad; pero libertad que no podía disfrutar a plenitud al no tener conciencia de su valor.
El recuerdo indica que los amigos que hubieran podido alertarme sobre el funcionamiento de la Secta, las dos R enloquecidas y la patriarcal F no pudieron hacerlo. No pudieron decirme cómo el país era gobernado por la Secta; y lo más importante: cuáles han sido sus métodos para mantener el CONTROL.
He mencionado a estos amigos porque recapitulando acontecimientos de mi juventud infiero que ellos tuvieron directa o indirectamente conocimiento de que la Secta no era ficción, sino una terrible realidad nacional. Y ahora que las tinieblas de aquellos años se disipan para mí, infiero que una de las R sabía más de lo que decía. Sin embargo, reconozco que en aquellos momentos yo no estaba preparado para semejante información.
La llegada de R. al ámbito de mi vida tuvo que ser la causa de que la Secta se fijara en mí. R. sabía que tarde o temprano la Secta irrumpiría en mi vida. Pero como necesitaba un lugar definitivo donde vivir, no podía asustarme. Sin embargo, yo no podría decir que R., con relación a ocultarme información sobre la Secta, fuera totalmente desleal. Porque, ¿cómo se podría comprender algo de lo cual no se tiene vivencias? Y en efecto, la única zona que yo rechazaba de R. era aquel modo que utilizaba para hablarme de la Secta. Por ejemplo, me decía cómo algunas de las personas que lo visitaban podrían ser "enviados". Pero no lo hacía de un modo tan frecuente que me hiciera pensar que me encontraba ante un loco. La necesidad que R. tenía de una de mis habitaciones, con lo cual alcanzaría la independencia doméstica que nunca había tenido, lo obligaba (sólo Dios lo sabe) a hacer un esfuerzo sobrehumano para tragar sus disquisiciones paranoicas sobre la Secta. Sin embargo, lo que no entiendo es por qué, cuando R. regresó de su famoso viaje a la provincia de Oriente, y le conté que la Secta me había visitado, rechazó de plano cuanto le dije, y lo consideró imposible, alegando que cuanto le decía formaba parte de una patraña ideada por mí para justificar la venta que yo había hecho de su cuota alimenticia. Pues, en efecto, después que la Secta me llevó detenido y fui introducido en una habitación refrigerada y un oficial enano intentó inculparme de delitos imaginarios, y fui puesto en libertad a las 6 horas, tuve que romper mi contacto con la mafia del maní tostado, de lo cual, por supuesto, nada hablé. Y ello fue lo que me llevó a vender, no sólo mi cuota alimenticia, sino también la de R., a una persona de confianza, en circunstancias imposibles de ser controladas por la Secta.
Señales
Querido hermano Leandro:
Los acontecimientos que proporcionan señales han comenzado a presentarse. No pasa una semana sin que algo suceda. El dinero, esa invención que mueve al mundo, llega por las vías menos esperadas.
Cuando le acepté a Raúl Rivero aquel sábado 28 de junio su decisión de que yo no continuaría en Cuba-Press, significaba que en el mundo de lo invisible (lo que desconocemos) hacía tiempo que ya me había marchado de su grupo. Es posible que semejante conclusión, para algunas personas, parezcan las ideas de un loco. Pero tengo la esperanza de no estar loco y algún día lo sabré todo. Sabré de cosas que ocurrían y para las cuales no disponía de una explicación. Simplemente sabré cómo la abundancia de los misterios que yo observaba en silencio eran las maquinaciones de la Secta.
El propio Raúl Rivero, que probablemente también sea un guayabito de Laberinto, y con su propio mundo interior tendrá suficiente, el 28 de junio de 1998 no podía comprender o no quería comprender. Y esa noche fue capaz de decirme lo que para él fue un modo de agredirme y para mí el mejor elogio:
-Estoy ante un loco.
En efecto, para hacer periodismo independiente en Cuba había que estar loco; especialmente si uno no tenía autorización del Estado Totalitario y escribía con la autorización de los propios cojones. Pero esa noche, explicarle al Gordo ciertas cosas era inútil. Él también estaría soportando el riesgo, esperando el golpe que llega cuando menos se espera.
Este periodismo independiente que hicimos no tenía el riesgo de ciertos reportajes que en el mundo occidental se pagan con la vida. Pero la sospecha de que a uno lo podían eliminar mediante misteriosos accidentes o enfermedades fulminantes era una presión real con la que había que trabajar y sobreponerse para ejercer un periodismo libre.
En aquellos días, mi visión de las circunstancias era la de haber llegado a un callejón sin salida. Y aunque salir de Cuba-Press fue como si me hubieran arrojado a un abismo sin paracaídas, sentí el alivio de haberme quitado de encima la AMENAZA INVISIBLE, que son pocos los que la pueden soportar. Sin embargo, el sentimiento de la caída también era terrible. Por primera vez había logrado ganar dinero por escribir (sueño de todo escritor). Esto que te digo, hermano, es importante, pues con el sistema político de planificación de la vida nacional cubana individuos como yo estábamos condenados al fracaso.
La caída del Muro de Berlín, el desmembramiento de la dictadura del proletariado en Rusia, trajo a la Isla nuevas condiciones históricas. La Dictadura de Quien Tú Sabes tenía que ceder terreno, como era el caso de la prensa independiente cubana, para ofrecerle al mundo una imagen aceptable. Así los inversionistas se sentirían más confiados.
En ese tren del periodismo era donde me había enganchado yo para darme a conocer como escritor. Pero a pesar de la caída que antes te mencioné, comencé a descubrir cómo pequeños paracaídas se abrían. Y tuve la esperanza de que no tocaría fondo. Y en efecto, de modos y maneras increíbles comenzó a llegar ayuda por diferentes caminos. Fueron pequeñas cantidades de dinero, pero suficientes para comprarme un TV en blanco y negro, una estéreo radio-cassette player automático stop con su dynamic bass bosst incorporado (Phillips), ropa, calzado. Y alimentación, que me estaba faltando. Y aun me sobró dinero para respirar y mirar alrededor con objetividad. Decidir qué haría. Darme un descanso psicológico. Estoy hablando, hermano, del mes y medio que viví antes de empezar a trabajar (gracias a Manuel Vázquez Portal) con CubaNet. Fueron 45 días terribles. Pero jamás me abandonó la fe. Sin embargo, de algún modo que ahora no puedo explicarte, yo sabía que aunque fuesen grandes o pequeños los paracaídas que intentaran detener mi caída, mi única salvación posible sería el nacimiento de alas en mi espalda. Es decir, un verdadero milagro. Porque sin alas no se puede volar, hermano. No se puede salir de ningún hueco. Y no se puede planear libre y soberano en los territorios de la oscuridad. Porque fue como si los dioses se complacieran en comprobar mi vocación literaria. La gente debiera saber que la libertad sólo vive con el vuelo de las alas. Si no, ¿qué sería de los ángeles si se dejaran serruchar las alas?
Vigilancia
Querido hermano Leandro:
Todo hombre o mujer que vive solo es objeto inevitable de comentarios insidiosos; especialmente si rehuye el trato de sus vecinos. Despierta curiosidad y envidia. Si eres una persona que ha seleccionado a la soledad como un modo de vida, tendrás que aceptar que los demás nunca te ignoren. Has logrado lo que ellos no pueden: pagar su precio. Y si te mantienes en tus treces: no a la bebida, no a la droga, y el tiempo transcurre y no visitas a tus vecinos, porque mantienes un mínimo trato con ellos, comenzarán a verte como una amenaza. A la Secta le informarán que te sales del común denominador. Tus acciones serán imprevisibles. La Secta no podrá utilizar de informantes a tus pobres mediocres vecinos para saber de ti lo que en realidad no existe.
Esto te lo cuento porque los vecinos vigilan a qué hora entro y salgo de mis habitaciones. Les importa si llevo una jaba, un paquete. Escudriñan, a través del papel de la envoltura, la tela o el nylon, qué tipo de cosas transporto. Estas inspecciones no son disimuladas. Ellos miran con fijeza descarada. Intentando atenuar mi sufrimiento, he tratado de engañarme pensando que todo no es más que el fruto de un cerebro agotado. Pero un momento después compruebo que las operaciones de vigilancia vecinal se intensifican. No estoy atrapado por la paranoia. Me vigilan sin disimulo. Es como si la Secta hubiera ordenado:
-¡Que él sepa que está vigilado!
Hermano mío, esto es una lucha sin piedad contra los opositores pacíficos y los periodistas independientes que sólo queremos el bien para Cuba.
La Madre
Querido hermano Leandro:
Hace años descansa sobre mi mesa de mármol una lata vacía de cerveza de origen holandés marca Bavaria con las iniciales numéricas 86. Y hace pocos días, impulsado por razones que no conozco, la coloqué al revés. Entonces el número 86 se convirtió en 98, que es el año en el que me encuentro y desde el cual te escribo esta carta. Hoy es 9 de agosto, día de San Román, cuyas letras coinciden con las de mi nombre. Y es domingo, día que nuestra madre ha fijado para un almuerzo familiar con todos sus hijos. Estos almuerzos dominicales mi madre los aprovecha para humillarme, como acostumbra a hacer con sus otros retoños de la manera más natural del mundo. He decidido no asistir al anunciado almuerzo. Son fuertes las señales de advertencia que me llegan. Posiblemente nuestra madre sea un ángel sin alas. Desde el año anterior he tenido un presentimiento: 21 de marzo. Mi hermanastro Oscar podría causarme daño físico. Cuando yo tenía nueve años el padre de mi hermanastro Oscar, aprovechando la ausencia de nuestra madre, me arrojó al piso. Con unas chancletas de madera cuyos bordes delanteros tenían unas tiras de lata aprisionando las gomas, pisó mi bracito derecho por la parte de la muñeca, inclinando su pie hasta cortarme la piel con el borde de la lata. Cuando nuestra madre regresó me dijo que no le dijera nada a los médicos y a la policía. Años después, este mismo señor (ex combatiente de la Sierra Maestra) hizo otro tanto con su propio hijo Oscar. Esta vez la agresión consistió en una estocada de cuchillo, la que atravesó de lado a lado el brazo izquierdo de mi hermanastro.
Nuestra madre repitió la misma historia: le dijo a su hijo Oscar que no le contara la verdad a los médicos y a la policía.
En mi primera carta te dije que mis ojos se abrieron. Estoy convencido de que entre nuestra madre, su extraño esposo y nuestros hermanastros, hay una relación kármica negativa. Detrás de esa figura ahora envejecida y pequeña (madre) se oculta un demonio que ha usurpado su cuerpo. Esa visión la poseo yo, el desterrado.
Destino
Querido hermano Leandro:
Si pienso que estoy loco es porque me atrevo a transitar por los caminos de las conjeturas. Quizá es el único modo de acercarse a algo que se parezca a la verdad. Las multitudes son felices de vivir en la mediocridad porque presienten que de otro modo sería insoportable existir. Cuando alguien supera su mediocridad, siempre se sentirá un poco loco.
Ya me siento así, luego de haber conjeturado lo siguiente: probablemente Oscar me vea (porque está enfermo) como un rival sentimental ante nuestra madre. En uno de esos almuerzos dominicales él podría agredirme de una manera tal que causara mi muerte. Mientras las cosas no suceden, uno es un loco. Pero, ¿y si no estoy loco? Si nada ocurre, nadie te cree. Yo lucho contra esta premonición. Repito, quizás soy un desequilibrado mental cuando percibo amenazas desde todas partes. Hoy es día 9. Durante los almuerzos de mi madre, los domingos, se celebra un ritual humillante que podría desembocar en tragedia. Hermano mío, he aquí cómo uno a veces es dueño de su Destino.
Hoy es lunes 10 de agosto de 1998 y la vida sigue siendo una guerra. Y aunque todos los caminos no son iguales, en esencia, las guerras siempre son las mismas. Cuando un caminante deja de interpretar las señales de su Camino, pensamos en el Destino. Si ayer domingo yo hubiera asistido al almuerzo-trampa de nuestra madre, y hubiera perdido la vida, la gente que me conoce hubiese pensando: fue un decreto del Destino.
Aristipo
Querido hermano Leandro:
Aristipo tenía razón. El principio del placer rige todos nuestros actos. Y que nuestros actos provoquen placer o dolor es el dilema de la existencia. También el resultado de nuestras acciones tiene dos caras: la que hemos previsto y la que escapa a nuestro control. Dada la índole mortal de nuestra condición la experiencia indica que jamás tendremos a todo el Destino en nuestras manos. En algunas oportunidades podremos influir en él. En algunos casos, será un acto de sabiduría que nos evitará dolor. Pero definitivamente el Destino siempre tendrá una independencia real. Nos encontramos subordinados a leyes que determinan nuestro comportamiento y garantizan el hecho misterioso de que existamos.
Mi familia
Querido hermano Leandro:
Nuestra familia tiene costumbres comunes. Trabaja para comer y vestir. Más allá de los actos ordinarios de la mediocridad no posee talentos especiales para cultivar el espíritu. Los integrantes de nuestra familia se aman entre sí, como un pequeño clan inseparable; pero también se odian. Viven sin comprender que cada uno ansía su libertad individual. Nuestra familia sabe (como casi todas las familias cubanas) que el precio de la libertad es vivir como si se hubiera fallecido. Y acepta con agrado el yugo común de vivir amontonados en un pequeño espacio.
Pregunta
Querido hermano Leandro:
Tengo problemas con mi columna vertebral y la circulación sanguínea. Estoy en un bache. Dependo de los sicofármacos. Estoy muy solo. Mi nivel energético ha descendido. En los próximos meses quizás me vuelva loco. A mis preguntas sólo responde el silencio. He intentado romper este cerco. No publican mis cuentos, mi novela, mis trabajos periodísticos. Seres peor dotados que yo han publicado sus mamotretos. ¿Por qué no se publican mis escritos?
La Oficina Secreta
Querido hermano Leandro:
Si dentro de Jefatura existe una Oficina Secreta dedicada a la destrucción de cubanos que se han rebelado públicamente contra un sistema de gobierno fracasado, ¿puede un solitario individuo enfrentar las embestidas de un Estado policiaco? F. estuvo loco. Lo internaron en Mazorra. Lo sometieron a una serie sucesiva de electrochoques. En Cuba son muchas las personas que han enloquecido. También son muchas las personas que se han suicidado.
El síntoma inicial en este camino hacia la locura es percibir en las frases más inocentes un doble, triple, y hasta cuádruple sentido. En la mayoría de los casos no se trata de que las persona esté perdiendo contacto con la realidad, sino de un elaborado plan que la Oficina Secreta elabora a partir del conocimiento que tiene del individuo que intenta destruir. Esta información empieza a recopilarse en el momento en que el sujeto cuenta su vida ante los "amigos". Con semejante cronograma, en el que se localizan con precisión los puntos débiles del individuo, hay pocas posibilidades de defensa. Dentro de esas pocas posibilidades existe una. Quien la posea es invulnerable a cualquier embestida: el AMOR.
El odio es lo que puede conducirnos a un callejón sin salida. Perdonar no significa renunciar a la sabiduría que hiere al enemigo. Pues una cosa siempre será el valor basado en el equilibrio, y otra la temeridad que no surge del análisis correcto de la realidad. De hecho, la condición humana es un acontecimiento complicado. Ama a tus supuestos enemigos y nada ni nadie podrá hacerte daño.
Brujos
Querido hermano Leandro:
Para el fin de año, a modo de limpieza contra la guerra secreta entre vecinos que existe en mi edificio (brujería), he comprado velas y flores para defenderme. Es muy posible que aquí en el edificio tenga enemigos gratuitos. Pero aunque no los tenga, el tableteo de poderes maléficos es tan intenso en esta víspera de los Reyes Magos, que si me pongo a comer mierda, pudiera recibir alguna herida espiritual por carambola. Si no tuviera pruebas para tomar estas medidas significaría que en verdad me estoy volviendo loco. Pero esta mañana, al abrir la puerta de mi habitación, he hallado en la parte del pasillo, que se corresponde con mi puerta hacia la zona del ascensor, varios trozos de excremento. Además, la escalera está orinada.
Hace días que la mierda permanece ahí. Los vientos del invierno la secan y nadie la recoge. Si lo vecinos están esperando a que yo la quite del camino, tendrá que venir (dentro de 100 años) el nieto del señor Eusebio Leal y llevársela para un museo con el rótulo: documento histórico. Esos excrementos pudieran estar trabajados. Así, que lo recoja quien lo cagó.
Si yo fuera poeta, le dedicaría una oda a la mierda que permanece frente a mi puerta. Esa mierda es un símbolo nacional.
Casa de locos
Querido hermano Leandro:
Salir a la calle es un desafío. El rostro de la gente es un espejo. Cuando me enfrento a la multitud, la multitud me devuelve el deterioro que padezco.
Todos huyen de la Isla: intelectuales, artistas, militares, agentes secretos, obreros, campesinos, bandidos, religiosos, valientes, cobardes, cuerdos, locos, patriotas. Todos huyen. Han estado huyendo desde los primeros días de la Revolución. Y los que han elegido el enfrentamiento han terminado fusilados o cumpliendo largas condenas. Algún día se sabrá cuál es el misterio. Por lo pronto estoy persuadido de que en todo este lío hay trampa.
Aunque continuar viviendo en Cuba es intolerable, matarme no sería una verdadera solución. Yo, desde hace años, estoy muerto. Además, un verdadero motivo para suicidarme hubiera sido la separación de Ofelia. Y no lo hice.
He decidido ponerle fin al consumo de sicofármacos. Pero esto se parece al alcoholismo. Tarde o temprano uno acaba necesitando las pastillas. Yo debo tener el gen de la tristeza fuera de control. Desde niño he sido un triste. Pero es posible que sea ese gen quien me permita escribir.
Hay problemas con la ración de azúcar que el Estado le distribuye a la población. Las 6 libras mensuales se están recibiendo a razón de 2 libras cada 10 días. La mortadela vino a la carnicería. Fui a buscarla y vi a muchas mujeres que al principio de la Revolución eran jovencitas llenas de ilusiones. Ahora son viejas peleonas y chismosas. Por eso siempre trato de ser el último en ir a buscar mis alimentos racionados. Así evito mezclarme con ese pelotón de brujas que cuando se amontonan son como un bulto de carne de carroña. No es que tenga algo contra las personas de la tercera edad. Pero en los sistemas totalitarios la gente pasada de años hablan y hablan y hablan, y no resuelven ningún problema. Antes al contrario, esas personas son las mejores aliadas de la Dictadura. He visto en repetidas ocasiones a grupos de hombres muy mayores de edad recostados al mostrador de cualquier cantina, bebiendo alcohol barato. Cuando la borrachera se calienta, es cuando defienden con más vehemencia al gobierno. Hay que vivir en este país para comprender estas imágenes dantescas que la alta dirigencia no podría soportar si de repente se viera privada de sus privilegios.
Mientras tanto, querido Leandro, el pueblo ha ido enloqueciendo poco a poco. Supongo que cada año que pase será peor. Nos hundiremos más y más en la mierda. Reventaremos de tristeza. Explotará la Isla entera. Seremos tragados por el mar.
El Arte y la Secta
Querido hermano Leandro:
Algunos piensan que escribir un libro es suficiente. Y no saben que luego llega la etapa difícil: publicarlo. ¿Te acordarás de Mozart en la película Amadeus? Lo zurraban en las Cortes europeas porque en sus óperas había demasiadas notas. Estoy pensando que el compromiso estético del artista con su tiempo no es suficiente. Las obras de arte deben parecer un documento oficial. Y el gusto oficial lo imponen los que mandan.
Ahora que el Muro de Berlín se ha desplomado se podría creer que al fin llega la libertad para la creación. No, hermano. Las obras de arte seguirán dependiendo de filtros de Poder. Y la Secta, fueran los burócratas del antiguo Partido Comunista ruso, o la elite económica y política del mundo actual, continuarán metiendo sus cínicas manos en la obra de los creadores. La causa de esta intervención de la Secta en los asuntos del arte es una patraña sostenida por los propios poetas según la cual el mundo puede estallar con un poema.
El poder de Quien Tú Sabes
Querido hermano Leandro:
El cubano sigue siendo un pueblo ingenuo. La figura de Quien Tú Sabes sobrepasa la comprensión de sus habitantes. Me siento aplastado por la propaganda. Debo dormir como las momias y despertar al final. Después me gustaría perderme en el anonimato de las grandes ciudades, feliz entre las masas esclavas que disfrutan los beneficios del Primer Mundo. En ese anonimato escribiría mi obra literaria. No me rodearía de animales biológicos con defectos, sino de animales electrónicos para escribir sobre lo humano bien lejos de lo humano. Después de Ofelia, que fue mi esperanza, poco espero. Quiero vivir entre los libros y la música.
Desde que se inició este experimento social, los que se han quedado, al igual que los que se han marchado, piensan que el final es cuestión de poco tiempo. Quien Tú Sabes ha envejecido junto a su retórica, y aunque es objeto de burlas sutiles por parte de las nuevas generaciones, estoy pensando que esta pesadilla es infinita. Este caballero se encuentra amparado por alguna intriga política que desconocemos.
La actual historia de la política y el poder cubano debe ser complicada. Supongo que quienes sostienen a Quien Tú Sabes, temerosos los unos de los otros, estarán agrupados en pequeños clanes que siempre han estado controlados por Quien Tú Sabes. En la corte todos le seguirán el juego. Y la REALIDAD demuestra que Quien Tú Sabes es quien tiene el Poder.
¿El final?
Querido hermano Leandro:
He salido a la calle rumbo al policlínico a las 2 de la madrugada con un perro dolor de muela. En el policlínico me dijeron que no podían atenderme porque el instrumental esterilizado se agotó y no hay agua para lavar el instrumental usado. Además, la doctora se marchó para su casa. Entonces me desplacé hacia otro policlínico. Al llegar, el portero me explicó que la dentista le había dicho que le dijera a todo el que viniera reclamando el gratuito servicio médico cubano que el equipo de estomatología estaba roto. Pensé:
-Esto es el final.
Pero no hay tal final. No habrá final aunque nos arrastremos por las calles entre la mierda y la basura. Mientras el área dólar funcione, no importa que el resto de la sociedad se paralice. Siempre me ha sorprendido aquella declaración de Faulkner en la famosa entrevista (The Paris Review) cuando dijo:
-El hombre teme descubrir lo mucho que puede soportar.
Son las 4 de la madrugada. La oscuridad de la ciudad es una madre sabia, y el dolor de muelas es mi compañero.
La Temba
Querido hermano Leandro:
A propósito del Misterio Nacional, yo no sé cómo vivirán el resto de mis compatriotas, pero tengo un misterio personal que ha continuado creciendo. Hoy, por ejemplo, en el Parque de Armas, ya oscurecido, platicando con Braulio, vi a La Temba que se acercaba por la callejuela de los Oficios. La Temba vende flores de papel en una canasta de mimbre. Es una mujer de 40 años, conservada. Sexy. Sabe maquillarse para establecerse en la frontera de la semi-puta. Quiero decir, hay algo de puta en su modo de caminar y de mirar. Pero no renuncia a seguir siendo esa mujer que se gana la vida, digamos, honestamente. Desde esa frontera puede, según las circunstancias, saltar a la aventura. De cualquier manera es una puta enmascarada. Yo mismo, si no hubiera rebasado la juventud, me convertiría en puto para sobrevivir; y lo que sería mejor: me casaría con una extranjera.
La Temba y yo tenemos una historia, pero ella no conoce los detalles anticipativos. Esos detalles pertenecen a la época en que una espiritista me auguró cómo sería mi Destino y me alertó sobre una Temba de la cual debía cuidarme.
Me acerqué a La Temba y la saludé. Ella dijo que había recibido carta de los dominicanos, donde me recomendaban que no me desespere. Como yo estaba en guardia ante la Temba me pregunté a qué se referían los dominicanos con la susodicha desesperación. También me dijo La Temba que los dominicanos vendrían en diciembre y que ella los hospedaría en su casa para que la estancia en Cuba les saliera barata. También me comentó que tenía pretensiones amorosas con uno de ellos.
-Esta mujer es una fiera -pensé.
Nos despedimos deseándonos lo mejor de la vida. Braulio me dijo:
-La Temba está loca. Un día pasa y te saluda. Otro día pasa y no te saluda.
No estoy de acuerdo con Braulio. Saludar o no saludar no es sinónimo de locura. Lo que sí es posible que Braulio sea el loco cuando llega a estas conclusiones.
Volviendo al tema del misterio que me rodea, que es el tema de mi carta, te diré, querido hermano, que todo lo que hago va encaminado a encontrar alguna pista que me ayude a aclarar si el verdadero loco soy yo.
Le había dicho a La Temba lo extraño que me resultaba que uno de los dominicanos no hubiese aprovechado la carta del dominicano para expresarme su criterio sobre mi novela. La Temba justificó al dominicano alegando que después de las elecciones del presidente Leonel las agencias de publicidad han quedado afectadas económicamente, y es probable que el dominicano no se encuentre en Santo Domingo. Mientras La Temba me decía estas cosas, percibí que intentaba recordar mi nombre. Su mirada de puta era impresionante. En otra época me habría provocado y yo no hubiera podido controlarme. No es precisamente la palabra puta la que definía su mirada, sino coqueta. La Temba finalmente dijo poniendo los ojos en blanco.
-Tú te llamas María, o ése es tu nombre de pila.
-Mi nombre de pila es Valentín - respondí.
Pero La Temba volvió a la carga.
-No, yo recuerdo que la carta decía María.
Por mi parte, siempre al acecho, siempre sabiendo que mi país se había convertido en una prisión, no le llevé la contraria. Traté de imprimirle a mi rostro un aire de naturalidad. Y mientras ella seguía hablando recordé aquella vez cuando me movilizaron para embarcarme en la guerra de Etiopía. En los pases de lista, ante la tropa reunida, siempre el oficial o el sargento mayor vociferaba, con una insistencia que nunca dejó de parecerme sospechosa:
-¡María Díaz-Marzo!
Ambrosio
Querido hermano Leandro:
Ambrosio me visitó, coincidiendo con la salida clandestina de mi novela "Devuelto a la Soledad" hacia el extranjero. Tengo pocos amigos. En Cuba hablar de amigos es ingenuo. Este gobierno ha destruido a la sociedad. A mis verdaderos amigos no les interesa la literatura. Por ejemplo, cada vez que le leo a Ambrosio un cuento o párrafo de mi novela, se queda mudo. Se encierra en un silencio embarazoso que roza la falta de cortesía. A él le ocurre lo mismo que a todos los cubanos: sólo nos importa hablar de nosotros mismos. Esta indiferencia es el resultado de nuestras vidas insatisfechas, fundamentadas en la frustración social que la Dictadura ha diseñado para garantizar su Poder Absoluto. Los temas centrales de conversación de Ambrosio y cualquier cubano son los siguientes:
1-¿Cómo ganar dinero sin que la Ley nos atrape?
2-¿Cómo escapar del país?
No hay nada más, excepto hablar bien o mal de Quien Tú Sabes. La zona fuerte de mi relación con Ambrosio son los temas relacionados con el esoterismo. Aquí Ambrosio es capaz de mostrar más imaginación y ser agradable. Ambrosio es un jacobita del ocultismo. También fue un jacobita del Marxismo-Leninismo cuando era un adolescente y le inculcaron que el proyecto cubano salvaría a la Humanidad.
Si dijera que estoy rodeado de enemigos lo más probable es que sea yo el enemigo de los demás. Recuerda, Leandro, lo que te estuve explicando a propósito del diseño de este gobierno. Su verdadera meta no es el amor, que nos amemos los unos a los otros. Personalmente creo estar rebasando los limites del odio: repudiado injustamente por mi familia y la sociedad. Y uno piensa que no resistirá. Pero como dijo Faulkner: uno está preparado para soportar más, aunque nos quejemos.
Felina
Querido hermano Leandro:
Hoy en la mañana Felina estuvo en mi casa. No la veía desde el 15 de junio. Trajo unas fotocopias de El Nuevo Herald con un resumen de las conferencias de Fabio en la Universidad de Miami, a propósito del canon literario en la Cuba post-revolucionaria. Son buenas noticias. Pero Fabio no pudo mandarme dinero como habíamos convenido. La visita de Felina la relaciono con que hoy es el día de Santa Clara, a quien esta mañana le he puesto en un vaso de agua una clara de huevo (huevo sacrificado de mi cuota personal de 7 huevos cada 10 días).
Desde el viernes confluye un carnaval de informaciones. La salida de mi novela. Noticias de Santo Domingo. Fabio en Miami. Dicen que de Acuario, después del 15 de agosto, se hablará. Yo pienso que sí. Que antes de que termine este año 1998, se tiene que ir la mala suerte.
A mediodía se me acercó Gaspar en el Parque de Armas, y me dijo:
-¡Toma… mira! Es la última novela de Jesús Díaz. La publicaron en España.
Miré la carátula, busqué entre las páginas algún párrafo que despertara mi atención. En ese instante tuve la certeza de que algún día publicarían un libro mío. Sé que es una ingenuidad tener semejante esperanza si uno es un cubano "libre" dentro de la Isla. Ser cubano baja la batuta de Quien Tú Sabes, si no le entregas el alma, significa que jamás saldrás del Tanque de Mierda.
Ofelia
Querido hermano Leandro:
Algún día haré otro inventario de mi relación con Ofelia. De cómo fue posible continuar viviendo sin ella. Trataré de explicarte, quizás en otro libro, el misterio según el cual ella y yo vivíamos en la ciudad, a pocas cuadras, a sólo 10 minutos de camino a pie, y nunca intentamos encontrarnos otra vez. Y pasaron las semanas, los años, y no hicimos viejos, y nos llegó la muerte, y nunca más supimos que nos conocimos. Entonces exclamaré:
-¡Amiga mía, compañera insustituible! ¿En qué lugar te encuentras?
Ambrosio
A mi amigo Ambrosio le faltaba cultura humanista. Años atrás era un esquemático, como los profesores de física. Sus lecturas posteriores de ocultismo le enseñaron a comprender qué podría ser la naturaleza humana. Antes de que él me conociera, repetía al dedillo la visión marxista de la realidad que le había inculcado la Dictadura en la preparación de su magisterio en la Isla de la Juventud (antigua Isla de Pinos). Poco antes del derrumbe del Muro de Berlín lo llevé a la Sociedad Teosófica. Y esa fue su salvación.
Reflexión
Querido hermano Leandro:
En estos momentos nuestra época se emparenta con la Edad Media. No existe la Inquisición, ni el capricho de aquellos reyes sin parlamento, pero el Poder en sí mismo se encuentra tan dividido en modos de reflexionar, costumbres, compromisos, engaños, múltiples maneras de recaudar dinero, que en cualquier lugar de nuestro mundo moderno, directa o indirectamente, uno, potencialmente, puede ser víctima o victimario. De manera que si en la Edad Media el promedio de vida era menor por la mala salud pública, en nuestro mundo actual, donde el desarrollo científico permite vivir un poco más, morir de viejo con la conciencia limpia, no sólo es un lujo, sino una suerte.
Basco
Querido hermano Leandro:
Fui por el estudio de Basco el escultor a pedir prestado un peso con 20 centavos para el Diazepán. El Maestro me dijo que los orichas le habían prohibido prestar dinero directamente. Me quedé estupefacto ante semejante tacañería. Entonces reconociendo su mezquindad, dijo:
-Pero los orichas también me dijeron que aunque yo no pudiera entregar mi dinero a los demás, sí podía personalmente comprar la mercancía.
Aquel hombre, hermano Leandro, que apenas logra caminar con su paso de tortuga, prefirió ir conmigo hasta la farmacia a comprar el medicamento antes que prestarme el dinero. Los orichas le proporcionaron la coartada perfecta para decirme:
-¡No me pidas más dinero, cojones!
Lo que me preocupaba era que el Maestro tuviera que presentarse conmigo en la farmacia, delante de las empleadas que nos conocían del barrio, y éstas vieran como él me compraba el medicamento. Pues siendo el Maestro de color negro y habiendo en su cara de artista cierta femineidad, y siendo yo blanco y menor en edad, y habiendo en mi cara cierto aire de delicadeza artística, colocaba en el panorama los elementos lógicos para que pareciera que el bugarrón negro le compraba los medicamentos al mariconcito blanco enfermo de los nervios. Pero como ya sabía que el tiempo lo borra todo, que mi tarea de escribir era más importante que lo que pensaran las empleadas de una farmacia, y encontrándome sin las pastillas era incapaz de escribir, acepté someterme a semejante prueba. La aceptaría como un ejercicio para fortalecer mi autoestima.
El Maestro también dijo que el verme pensó que yo tenía alguna noticia con relación a mi novela. Le respondí que la señora Felina me había comunicado que con la presencia de su esposo Fabio en Miami, y la copia del manuscrito en la propia ciudad, se creaban las condiciones para que el material le interesara a personas dispuestas a invertir dinero en una primera publicación.
Secrasu
Querido hermano Leandro:
Le pregunté a Dostoievski, mediante el uso de la punta de un lápiz sostenido en el aire por una de mis manos y los ojos cerrados mientras acercaba el cilindro a una página de la novela Pobres Gentes, dejando caer el cilindro 7 veces sobre la página señalada, si Devuelto a la Soledad había emprendido el camino de su publicación. Y salió la siguiente fila de palabras. Las copio por orden de aparición:
1-Sé
2-Él
3-Cabo
4-Respiraba
5-Alcanzaba
6-Sitio
7-Una
Tratando de encontrarle sentido a este serie de palabras escribo: Sé él. Cabo respiraba. Alcanzaba sitio. Una.
Anagrama: SECRASU.
Sueño
Querido hermano Leandro:
Felina recibió una llamada telefónica de su esposo. Fabio le dijo que ya le fueron entregados en Miami los manuscritos de mi novela.
He soñado que Fabio me regala unas monedas (de colección) y unos sellos de correo. Me siento agotado. Creo que emocionalmente estoy mal. No tengo dinero. Hace días mendigo entre los amigos unos pesos, un plato de comida y un boniato. He tenido que suspender la redacción de mi novela Ley 1231. Sólo tengo fuerzas para leer, pero enseguida me duermo. Creo que la muerte es la respuesta a ese cansancio que padezco. Surgen entonces esos inmensos deseos de sumergirme en ese sueño con la garantía de no tener que despertar. Creo que para vivir, abrir los ojos y despertar, hay que emplear una energía que es independiente de la conciencia. Porque la conciencia planifica y ejecuta lo que más le conviene y le proporciona placer a su poseedor. Y cuando la "energía" de vivir toca a su fin, la conciencia planifica y ejecuta los deseos del domir-muerte.
El pájaro con dientes
Querido hermano Leandro:
Felina me ha confirmado que el señor Fabio tiene los manuscritos de mi novela. He tenido sueños sucesivos, como revelaciones sobre la novela y las personas que participaron en el hecho de sacarlas del país. Y he tenido reflexiones sobre su calidad. No creo haber logrado el libro. Me siento como un niño sin experiencia en un mundo de personas mayores. Estoy suponiendo que todo es un gran enredo, y escribir se torna una tarea imposible. La razón, el entendimiento, más que aliados, se me transforman en obstáculos. Mi único norte para escribir es cierto amor por las gentes. Pero la Humanidad se me plantea como un fracaso. Un mundo donde nadie tiene el valor de ser bueno y maltratan a los locos y a los niños.
El negro Tabaco vino a verme. Me habló de un "pájaro con dientes" que hallaron en Puerto Rico. Las autoridades norteamericanas se trasladaron rápidamente al lugar de los hechos para comprárselo al puertorriqueño que lo había cazado en el monte. Antes de este suceso ya se habían reportado otros pájaros con dientes en la Cuenca del Caribe. Dicen que se trata de un secreto del ejercito norteamericano. Estoy pensando en la cantidad de mentiras que se fabrican para entretener a la gente. Parece que en el mundo capitalista la mentira tampoco es un delito. Y engañar al público no va contra la ética del periodismo; excepto que se trate de un hecho político. Y en los sistemas político totalitario la producción de noticias falsas sobre el resultado de la economía son bien miradas.
Reflexión
Querido hermano Leandro:
¿Es el negro Tabaco agente de una inteligencia demoníaca a través de la cual el Poder me hostiga? ¿Son esas percepciones el resultado de un deterioro de mi capacidad de resistencia ante el bombardeo continuo de un Plan para enloquecerme? Estaré alerta. Ya he conocido el sabor del engaño y la tortura psicológica.
En el Parque de Armas
Querido hermano Leandro:
Me encontré personalmente con uno de los dominicanos. Iba acompañado por una hija de La Temba. Me le acerqué. Él se encontraba ante uno de los estantes de libros viejos en el Parque de Armas. Me miró. Tuve la impresión de que no me reconocía. No sabía qué decirme. Le pregunté si el otro dominicano me enviaba alguna carta. Y el tipo se convirtió en una bola de muecas. Era evidente que en sus planes no estaba programado un encuentro conmigo. Me dio pena verlo tan turbado. Salvé la situación diciéndole:
-No quiero importunarte más. Si lo deseas puedes pasar por mi casa antes de irte.
Él pronunció algunas frases incoherentes. Le di la espalda. Entonces reaccionó:
-Iré por tu casa. Ten preparados algunos libros.
Reflexión
Querido hermano Leandro:
Por mucho que te escriba y lo piense y a veces lo sienta como un dolor en el pecho, aún no me he vuelto loco. Pero percibo que si no salgo de Cuba, algo que desconozco y vive dentro de mí se manifestará en forma de explosión. Sigo tomando pastillas que amordazan mis ansias; lloro, me entusiasmo con los buenos libros, frecuento el cine Actualidades, pero me avergüenzo cada vez más cuando transito por las mismas calles vestido con las ropas de los años y la misma gente del barrio ve cómo envejezco inútilmente. La situación política impide proyectarse hacia el futuro. Cuando me encuentro con los escasos amigos que me quedan, debo esforzarme para hablar y escuchar, pues los temas son los mismos de siempre. Ya no tenemos de qué hablar. Lo único importante que nos asedia, durante las 24 horas del día, es el hambre. Y es una realidad tan grave la que estamos padeciendo, que a veces quisiera salir gritando a través de la ciudad. Cualquier cosa puede provocarme miedo. Estoy aterrado. La soledad me mata lentamente. Necesito una amiga-madre- para chapistear mi ego. Pero me he vuelto demasiado desconfiado y pienso que los seres humanos que al principio te pudieran querer, al final te harán daño. Hoy la mujer de Braulio me dijo:
-No se puede vivir sin tener a una persona al lado a quien confiarle cada uno de nuestros pensamientos. Las más íntimas preocupaciones.
Hace muchos años que vivo sin confiar en nadie. Me han convertido en un guayabito dentro de una jaula diabólica. Y si soy yo solo o unos cuantos, no habrá problemas. Pero si es un grupo importante de la sociedad, por ejemplo, la intelectualidad, el hecho es grave para el futuro de la Isla. Pero es aún más grave, pues a la jaula social que hemos permitido que nos impongan, nuestro miedo personal la ha fortalecido y, por lo mismo, se ha convertido en una jaula individual cuya responsabilidad ya no se le podría endosar a los verdugos, sino a nuestra falta de esperanza y confianza en nuestros semejantes.
Una jaula personal, más que el umbral de la locura, es la locura misma.
Basco
Querido hermano Leandro:
El Maestro Basco me dijo:
-Los estados depresivos son muertos que nuestros enemigos nos envían o que uno recoge en la calle.
Él, antes de acostarse, se desnuda ante el espejo y unta su cuerpo con cascarilla. Por la mañana, antes de salir a la calle, hace lo mismo: cascarilla de la cabeza a los pies. También me confió que hoy se consultó con un Babalao, quien le espantó 10 muertos. Y me afirmó que las enfermedades son muertos que se acomodan en el organismo. Ellos se establecen, se aferran al cuerpo y no hay ebbó que los haga salir. El Maestro Basco tiene 70 años y dice que los vecinos de la calle Villegas, colindante con su estudio, lo someten diariamente a un bombardeo ininterrumpido de brujerías. Dice que son "enviaciones" de muertos oscuros traídos de la parte del cementerio donde entierran a los asesinos que han sido ejecutados en cautiverio.
Basco ya no permite que nadie entre en su estudio. Recibe a sus amigos y visitas en el portal, después que, temprano en la mañana lo ha baldeado con orina suya acumulada durante la madrugada. Una vez al mes prepara una mezcla de su orina con un trozo de sus heces fecales; mezcla que diluye y esparce por el portal y la acera de la calle. Dice que la mierda es un imán para atraer dinero. Es decir, para que los turistas vengan al estudio y le compren sus tallas en madera.
Gerania
Querido hermano Leandro:
Terminada mi cuota de azúcar salí directo a pedirle un poco a la vieja Gerania. Toqué a su puerta y ella gritó a todo pulmón desde adentro de su habitación para que los vecinos del edificio la oyeran:
-¿Quién es y qué quieres?
A pocos centímetros de su puerta susurré:
-Necesito prestadas unas cucharadas de azúcar, doña Gerania.
Ella gritó, como si la estuvieran matando:
-Yo no puedo prestar azúcar si antes no me dice su nombre la persona que toca a mi puerta.
Entonces le dije, bien bajito, que era yo.
-No oigo bien.
-Soy yo, Ramón -insistí.
-¡Más alto! -gritó la vieja.
-¡Soy yo, COJONES! Si no quieres prestarme azúcar, dímelo. Pero no me jodas más con esa mierda de hablar alto.
-Ahora sí te oí. Espera un momento. Enseguida te abro.
Me saludó con una sonrisa que significaba: La parte de los cojones no la escuché.
Los vecinos del edificio apagaron sus radios y televisores con la intención de escucharnos. Doña Gerania me indicó que pasara.
-¡Yo he visto y oído cada cosa en este pasillo! ¡Yo sé de cada cosa en este edificio, que si yo hablara el mundo se derrumbaría!
-Yo no quiero saber nada, doña Gerania. No quiero que me cuente nada. Usted sabe que durante años he vivido en mis habitaciones sin meterme en la vida de nadie. Entro y salgo del edificio y no me interesa la vida de los demás.
-Dame el jarro para echarte el azúcar.
Le tendí el jarro.
-Si yo fuera a llevar la cuenta de las veces que te he llenado ese jarro ya serían unas cuantas libras las que me debes.
-Doña Gerania, yo estoy chao con usted -me defendí.
-No me hagas gritar.
-De acuerdo.
Entonces llenó el jarro de azúcar.
-Siéntate. Debo contarte algo.
Nos sentamos junto al balcón, en dos sillas. El balcón era el mejor lugar de la habitación para conversar sin que nadie nos escuchara. Y aunque la vieja Gerania podía ser mi abuela, no era correcto que se encerrara conmigo en su habitación; así que la puerta la dejamos abierta.
-Hay un rumor dando vueltas por todo el edificio.
Cuando escuché la palabra rumor me estremecí. Por experiencia sabía que en los barrios pobres los rumores pueden resultar peligrosos.
-Esto que voy a decirte no lo puedes comentar con nadie.
-Doña Gerania, si usted quiere, no diga nada. A veces es mejor no saber.
-Te lo tengo que decir. Tiene que ver contigo -recalcó la vieja.
Sentí un vacío en el pecho. La sensación que recorrió mi cuerpo desde los pies hasta la cabeza se parecía al pánico. Además, conociendo a la vieja Gerania desde hacía más de 20 años, y sabiendo el número que calzaba, pensé que nada bueno podría venir de ella.
-Doña Gerania, yo insisto en mantener mi ignorancia.
-No seas cobarde. El rumor debes conocerlo.
Hermano Leandro, desde hace años vivo rodeado del mayor número de precauciones para que nadie pueda hacerme daño. Pero allí estaba aquella bruja. Bajo el velo de la confidencia amiga sólo Dios sabía qué quería meter dentro de mi pobre cabeza enferma.
-¿Has visto a la niña que parió la vecina del quinto piso?
-Creo que sí.
-Los vecinos andan diciendo que es tuya.
-¿Bromea? -pregunté, sintiendo que mi rostro palidecía.
Entonces la vieja se percató que había ido demasiado lejos.
-Sólo se trataba de una broma.
-No hay problemas, doña Gerania -dije yo -; esta vida que llevamos es un poco aburrida y de vez en cuando hay que bromear.
-Por supuesto, Ramón. Y me alegro que lo comprendas.
Le di las gracias por el azúcar prestada y me retiré de la habitación. Días después he comenzado a desmenuzar el posible contenido oculto de la broma.
Hace años que vivo en celibato, y es absurdo que la vieja Gerania, siempre pendiente de la vida ajena, no lo sepa. ¿Por qué entonces, y precisamente ahora, ha bromeado conmigo utilizando un hecho de tal magnitud? Quizás la broma forme parte del plan para volverme loco. Te confieso, hermano, que días después le he dedicado horas de meditación al asunto. Incluso he llegado al imposible intento de recordar alguna pista que me permita descubrir que padezco de sonambulismo. Tal vez alguna noche he subido al quinto piso y he fornicado con la susodicha vecina. Mientras trataba de recordar mis supuestas andanzas en horas de la madrugada por los pasillos y escaleras del edificio he tenido la sensación de que ha sido cierto.
El verdadero rompecabezas de esta historia es que no se sabe quién es el padre de la niña. La madre nunca ha hablado con nadie del asunto. Un día coincidí con la madre y la niña en la escalera, y al saludarla con el mayor respeto se quedó mirándome y exclamó:
-¡Apá!
Eso me preocupa. He llegado a pensar que los vecinos del edificio urden una trampa para apropiarse de una de mis habitaciones. Corren tiempos difíciles, hermano querido, y son muchas las personas que aspiran a vivir en soledad. No dudo que en los próximos meses la vecina del quinto piso declare que la paternidad de su hija me pertenece.
En ese complot que imagino, la vieja Gerania intervendría como testigo. Tampoco dudo que acudiendo a lo único que pudiera salvarme, la prueba del ADN, la misma sea falsificada. En este país no hay Justicia. ¡Dios mío, protégeme!
Ya te habrás percatado, hermano, de los pequeños pero terribles percances que minan a diario mi salud mental. Y ¿qué sería lo único que podría salvar mi estabilidad mental otorgándome el valor que necesito para distinguir dónde está la realidad y dónde las especulaciones sin fundamento? Entregarme a Jesucristo con toda mi alma. Ponerme en sus manos. Y que se cumpla su VOLUNTAD.
El desconocido
Querido hermano Leandro:
El temor sin fundamento que me provocó la broma de la vieja Gerania en días pasados ahora se debilita. He sido testigo de mí mismo, y pienso que es una gran oportunidad para huir de la demencia. Después que esto sucede me doy perfecta cuenta de que son sucesos que parecían reales, cuando se trata sólo de la mala vida que llevo sin gratificación alguna. Sin embargo, aunque ya no recuerdo cuándo ni por qué empezó, de unos años a la fecha sé que una frase, una idea, provengan de mí mismo o de los demás, me pueden provocar pánico. Un ejemplo que ilustra cuanto quiero transmitirte me lo ofreció la realidad aquella vez en que fui a la cafetería de la esquina a comprar dos cajetillas de cigarros. Un desconocido se me acercó de modo desenvuelto y dijo:
-¿Se acuerda usted de mí?
-No, no lo recuerdo -respondí.
El desconocido tendría alrededor de veinticinco años. Más alto que yo, y más corpulento. Mi miró insatisfecho con mi respuesta. Insistió.
-No, no lo recuerdo -le dije por segunda vez.
El desconocido continuó con la misma cantaleta. La expresión de su rostro era hermética, pero el brillo burlón de sus ojos me estremeció. Pensé que me encontraba frente a uno de esos tipos que viven del chantaje y seleccionan a sus víctimas a partir de un conocimiento azaroso. También cabría la posibilidad de que fuera un enviado de la Secta que me transmitía el siguiente mensaje:
- Ahora que estás con esa mujer no te la des de machango. Podemos llevarle a tu mujer el chisme de cuando estuviste en Bello Indio y tu felicidad termina.
La sangre desapareció de mis mejillas, pero como era de noche, y había mala iluminación en el establecimiento, el tipo no se percató. Lo único que podía delatar mi pánico era la voz, pero yo trataba de hablar con indiferencia, como alguien que sin dejar de ser amable pudiera molestarse de repente. Así que lo miré detenidamente, estudiándolo. Empecé a molestarme. Mi miedo disminuía y la ira aumentaba. El desconocido, supuse, tendría una sicología callejera marginal. También cabría la posibilidad de que fuera un loco; un loco más loco que yo. La voz del desconocido había cambiado de la natural cortesía a la velada amenaza. Estábamos en el año 1990 y Ofelia preparaba la comida en la casa. El pánico, otra vez, se apoderó de mí. Un pánico absurdo. El mismo pánico que me atrapó cuando la vieja Gerania bromeó conmigo. Entonces me enfrenté al desconocido:
-Orray, compadre, si es cierto que usted me conoce dígame ahora mismo dónde y cómo nos conocimos.
Lo percibí sorprendido pero respondió seguro:
-No le diré cómo ni dónde, pero nos conocimos.
-No lo conozco, y este dialogo carece de sentido.
-No voy a decirle cómo nos conocimos.
-Entonces, si me lo permite, debo retirarme, mi mujer me está esperando.
-No voy a decirle nada, pero estoy seguro de que nos veremos otra vez.
Mi pánico desapareció. Y enfrentándome, le dije:
-No hay que esperar tanto tiempo. Nos estamos viendo ya. ¿Cuál es el problema?
Sentí que mi cuerpo se estremecía con los temblores que anteceden al combate. Y supe también que los papeles habían cambiado.
-De acuerdo. Yo no lo conozco a usted. Ha sido una equivocación. Discúlpe.
-Como usted diga, compay -dije.
Me alejé del lugar con mis cajetillas de cigarros. Subí la escalera del edificio. Abrí la puerta del cuarto. Sobre la mesa de mármol estaba la comida servida. Ofelia me preguntó:
-¿Qué te sucede, amor mío?
-¿Por qué me preguntas?
-Te veo serio. ¿Ocurrió algo?
-No me ha ocurrido nada. Comamos -dije, forzando una sonrisa.
El Arte
Querido hermano Leandro:
Gracias a los tristes, los melancólicos, los grandes deprimidos, existe ese Universo que llaman Arte. Tal vez el día que la biogenética corrija las deficiencias biológicas, el Arte morirá, porque el Hombre será entonces perfecto. Viviremos en un mundo eficiente, sin guerras. En la Caja de Pandora se guardarán otra vez todos los males, y junto a ellos, la esperanza, que era lo único bueno que nos quedaba. Y sobrevendrá el Apocalipsis de lo Perfecto.
Arroz con frijoles
Querido hermano Leandro:
Pasé por la casa de La Temba. Me dijo que el dominicano había regresado a su país. Al parecer, La Temba no sabe que una de sus bellas hijas y el dominicano se han encontrado en el Parque de Armas. La Temba me dijo que todo el tiempo le estuvo diciendo al dominicano que no dejara de ir por la casa del escritor. Pero que la única vez que el dominicano se refirió a mí, dijo:
-Tiene talento, pero su literatura es grosera.
La Temba añadió que el otro dominicano era catalán y los catalanes no son amigos de nadie; que puedo darme con una tabla en el pecho, si el catalán me ha mostrado amistad.
-No pierdas la esperanza -me recalcó La Temba -. El catalán es un hombre ocupado y no se puede fatigar. Probablemente en diciembre venga a Cuba. Y le diré que vaya a visitarte.
-Bueno, Temba, pero si el dominicano, encontrándose tan cerca de mi casa no me hizo la visita, eso fue una falta de respeto.
Luego pasé por casa de Hipólito, que sigue tan impertinente e hipócrita como siempre. Un Babalao le hacía una rogación de cabeza a Damián, amigo de Hipólito. Luego llegó el hijo de Hipólito, que también es Babalao. Permanecí en silencio. Después de la rogación sirvieron la comida, pero no me invitaron. Hacía meses que no visitaba a Hipólito. Nada había cambiado en el edificio donde se encontraban los Baños de Vapor. Todo el tiempo se la pasaron hablando de muertos, venganzas, guerras, dinero y brujería. El fenómeno de la Santería en Cuba ha cobrado fuerza. Al mismo tiempo que la propaganda oficial ha confinado al catolicismo a un olvido premeditado, la práctica sincrética de las religiones africanas se ha generalizado en la población blanca, y es como una fascinación colectiva que la Dictadura mira con buenos ojos.
De doña Gerania te diré que he vuelto a pedirle azúcar prieta en dos ocasiones. Lo del otro día era una broma y yo me lo tomé en serio. Hablamos largamente de todo un poco. Cuando volvió al tema de los recién nacidos en el edificio, no hizo alusión a mi persona. Evidentemente, hace unos días, estaba yo muy alterado. La vieja Gerania me brindó frijoles negros como se cocina en la parte Oriental de la Isla. Trasladé los frijoles a mi habitación y los mezclé con el arroz que me había cocinado el día anterior. Mi intuición me indicó que podía comerme los frijoles sin peligro de envenenamiento.
Me he levantado esta mañana aterrado ante el hecho de tener té, pero sin azúcar. Mi capital asciende a 60 centavos en moneda nacional. Estoy tratando de conseguir algunos dólares para comprar una botella de aceite en la shopping.
Felina
Querido hermano Leandro:
Ayer visité a Felina. Ella habló por teléfono con Fabio el viernes pasado. Fabio le dijo que en estos momentos tenía en sus manos un ejemplar de Catálogo de Letras, cuyo director es el periodista Soren Triff, donde viene publicado El Viejo de la Montaña, y que con relación a la novela prefería guardar silencio. Le pedí a Felina 10 pesos cubanos prestados. Pero Felina es dura. Me dijo rotundamente que no. Cuando me alejaba por el pasillo del solar donde vive, gritó:
-¡Ramón!
Regresé y tenía en su mano derecha un billete de 10 pesos. Me lo entregó, y dijo:
-¡Tenga cuidado por ahí! Coja la guagua ahora mismo y vaya para su casa. La situación en la calle está mala.
Durante el trayecto en guagua desde Marianao hasta el Parque Central estuve examinando la idea del suicidio. Sin embargo, la noticia de que El Viejo de la Montaña había sido publicado por Soren Triff, en Miami, me entusiasmó. Pero no puedo evitar que los nervios me traicionen. Estoy padeciendo una serie de síntomas externos a mi mundo psíquico que mi conciencia no puede controlar. Son muchas las horas que paso en silencio, sin hablar con nadie. Paso mucho tiempo hablando conmigo dentro mis habitaciones. Y cuando salgo a la calle me obligo a entablar conversación con cualquier desconocido que me ofrezca confianza.
Ahora mismo, mi mente es un apacible caos y apenas logro expresarme. Me sorprende recordar la energía que tuve que desplegar para escribir un libro de 70 mil palabras. Casi todo cuanto tenía que decir, lo dije. Ese libro ha sido mi primer grito.
Babalao
Querido hermano Leandro:
Regresemos a la noche víspera de Obbatalá, cuando estuve en los Baños de Vapor de Hipólito. Él, de mala gana, me dejó entrar. Damián estaba sentado en una silla. Tenía la cabeza cubierta de trapos blancos y algodones untados con agua bendita. Esa era la rogación de cabeza que el Babalao le estaba haciendo. Según dijo Damián, su poder aumentaría para hacer y deshacer. Que especialmente adquiriría un dominio absoluto sobre el edificio de Neptuno y Águila, donde estaban los Baños de Vapor. Damián siempre había dicho que en ese edificio nadie podía vivir, excepto Hipólito. Lo demostraba el hecho de que una vieja, vecina del inmueble, que se había convertido en su enemiga, siempre le decía a Damián que ella nunca se iría de allí. Pero un día se enfermó y, como vivía sola, sus parientes tuvieron que llevársela para Camagüey. Esa señora nunca más regresó, y Damián decía que él había entregado el espíritu de la vieja al Ánima Sola. Luego, Damián se refería a que los sobrinos de la vieja apenas venían a darle calor a las habitaciones. Él aprovecharía esta circunstancia de abandono temporal del inmueble para, en complicidad con la Presidenta del Comité de Defensa de la cuadra, tramitar una denuncia en la Reforma Urbana que provocaría la pérdida de las habitaciones por abandono voluntario.
Pero la realidad actual es la que sigue: los sobrinos de la vieja nunca perdieron las dos habitaciones y finalmente pudieron permutarla con un matrimonio camagüeyano que quería venir para La Habana. De manera que cuando llegué esa noche a casa de Hipólito la víspera de Obbatalá, me sorprendió otra noticia: la planta baja de los Baños de Vapor había sido ocupada por una familia natural de Santiago de Cuba. Damián me explicó:
-Esa gente está ahí porque todos son militantes del Partido Comunista y tienen excelente relación con el gobierno del municipio Centro Habana. Pero a mí, a Damián, ya se me ocurrirá alguna idea para expulsarlos del edificio.
Los santiageros no sólo estaban habitando la planta baja, sino que también se habían apropiado de la entrada principal, instalando en la misma puerta un timbiriche de cuentapropista. Damián le dijo a Hipólito:
-¿Tú ves a esa gente que vive debajo de nosotros y que se han adueñado del edificio? Pues se van a tener que ir de aquí en cuanto a mí se me meta esa idea entre ceja y ceja. ¿Y tú sabes por qué? ¡Porque yo soy hijo legítimo de Obbatalá! A nosotros no se nos puede molestar y esa familia ya me está molestando.
Pero lo cierto es que la familia que vive en la planta baja de los antiguos Baños de Vapor ha tomado posesión legal del lugar y, para colmo, la soledad que le permitía a Damián ser amo y señor de la parte superior del edificio se le jodió con la llegada del matrimonio que permutó con los sobrinos de la vieja. De manera que la metedera de bugarrones en sus habitaciones que Damián necesitaba para sentirse feliz, y el amplio salón (propiedad comunal) que utilizaba como una prolongación de la sala de sus habitaciones, donde había colocado rústicos asientos para que las personas que venían a consultarse (espiritismo) aguardaran su turno con más comodidad, y donde en fechas señaladas organizaba las fiestas religiosas yoruba, también se le fue a bolina con la llegada del matrimonio.
La víspera del 24 de septiembre, mientras yo escuchaba las oraciones litúrgicas en lengua africana que pronunciaba el Babalao, me convencí de que las liturgias de cualquier religión son una cruz donde colgamos nuestra oscuridad personal.
Cuando se terminó la ceremonia de rogación de cabeza, Damián solicitó las cáscaras de coco, y le preguntaba a Obbatalá si los vecinos de la planta baja le estaban haciendo la guerra. La respuesta de los trozos de coco fue que sí. Y Damián con una sonrisa de triunfo le dijo al Babalao que próximamente armaría una bola de pendejos y se los pondría en la puerta a los vecinos de la planta baja.
Esa noche me fui de los Baños de Vapor con el presentimiento de que no regresaría nunca más a ese lugar.
Tres meses después, al amanecer de un 7 de diciembre, Damián fue asesinado en sus habitaciones por un recluso escapado de una prisión en Camagüey donde cumplía 30 años de prisión por asesinar a una anciana.
Hambre
Querido hermano Leandro:
Últimamente padezco de unos retortijones en el lado izquierdo del estómago que me obligan a recordar los lugares donde he comido y bebido. He llegado a pensar que alguien me ha dado de comer algún alimento "preparado". Mas, también debo reconocer que los frijoles y el arroz me los estoy comiendo sin grasa. Mi actual alimentación consiste en unos pocos chícharos duros como el acero. Seguidamente, mis tripas sin grasa se resienten ante el peligroso alimento.
De los 3 bombillos que tenía, el de 100 bujías que iluminaba la habitación del fondo se fundió. Mi capital asciende en estos momentos a un peso con 10 centavos. El arroz se me acabó. Sólo me quedan 2 o 3 vasos de chícharos. Tengo té negro y azúcar prieta, pero debo salir a la calle a pedirle dinero a algún amigo, importunar a los turistas para proponerles algunos libros que hablan bien de la Revolución. En el extranjero, esta literatura de extrema izquierda es imposible de conseguir. La otra solución sería pedirle perdón a la vieja Aselina, que es la jefa de las maracas en La Habana Vieja. O volver a caer en las manos de Braulio o Gaspar y brindarme para servirles de cargador de sus libros, lo que sería un error. Estos "amigos", a las 72 horas de tenerte como empleado, comienzan a tratarte como un esclavo. Y en poco menos de una semana, como a un perro.
Por eso, en los momentos difíciles (que yo diría son todos los momentos) me consuelo pensando que he podido escribir un libro. Y la posibilidad de publicarlo, aunque nunca ocurra, siempre será una esperanza. El libro existe. Y lo que existe materialmente no es una fantasía.
Tabaco
Querido hermano Leandro:
En mi caso particular estoy pensando que el único modo de salvarme es triunfar en alguna ocupación solitaria que reporte suficiente dinero como para no tener que encontrarme bajo el mando de alguien. Así tendría la posibilidad de aburrirme del trato con mis semejantes, vivir una sabia soledad, viajar por el mundo, codearme con los mejores artistas de mi tiempo, guardar para mí lo mejor de mi ser, y mantener una prudente distancia con respecto a los lobos, hienas, y todas las fieras del humano zoológico que es el mundo.
Te digo esto, porque algo sabio y un poco loco ha comenzado a enfriar mis relaciones con el negro Tabaco. He llegado a la conclusión de que este amigo no evoluciona. Siempre me habla mal de Gaspar, por el hecho de que éste es oriundo de las provincias orientales de la Isla. Sin embargo, cuando despenalizaron el dólar, ladinamente, logró que Gaspar, en alguna medida, dependiera de él, logrando que el oriental utilizara la casa del negro para almacenar sus libros. Con ello, el negro comenzó a recibir una mensualidad en dólares. Dólares que hubieran sido para mí, pues antes de que el negro lo engatusara, Gaspar me habló para guardar sus libros en mis habitaciones. Por supuesto, la culpa ha sido de Gaspar y mía también, objetos ambos de un plan maquiavélico del negro Tabaco.
El otro día, uno de los hijos de Tabaco fue detenido y encarcelado por sospecha de robo. Le fijaron una fianza de mil pesos (alrededor de 50 dólares). Cuando Tabaco me lo contó traté de justificar la conducta de su hijo argumentando que la circunstancia de vivir en un solar había sido la causa del hecho. Entonces el negro saltó y me dijo que por las venas de sus familiares corría sangre de delincuente. Que un tío suyo, a principio de siglo, había sido gángster y fue asesinado.
Lo que me molesta y alerta sobre Tabaco es su doble moral. Carece de todo escrúpulo. Es capaz de hablar sin misericordia de Gaspar, y, sin embargo, lo utiliza. Es como una sanguijuela. Y me pregunto: si es capaz de morder la mano que lo ayuda, ¿haría lo mismo conmigo? El negro Tabaco es incapaz de agenciarse el sustento con el sudor de su frente. Sobrevive planeando como un buitre alrededor de sus amigos. Creo que Tabaco no es amigo de nadie. Jamás te brinda un plato de comida cuando lo visitas. Y si te ofrece un servicio es calculando que al final sacará provecho. Pero conmigo se jodió. Ya me ha sacado bastante ventaja material.
Hoy por la tarde, en el Parque de Armas, me lo encontré en el mismo sitio donde Gaspar vende sus libros a los extranjeros. Sin embargo, cuando miré más allá de los ojos del negro, en lo profundo, no pude contener mi alegría. ¿Será cierto todo lo que te he dicho? Este amigo de los años me devolvió la mirada con una limpidez que sólo proviene de un gran simulador o de alguien que te quiere realmente. Y he vuelto a ponerlo al corriente de mis asuntos. Nuestra amistad ha comenzado a recuperarse. Después de tantos años, batallando yo por publicar (el negro siempre me ha servido de estímulo y consuelo) era imposible que no le dijera que El Viejo de la Montaña había sido publicado en Miami.
Reflexión
Querido hermano Leandro:
Quisiera empezar a vivir en una ciudad cosmopolita donde nadie me conociera. Me haría de nuevas amistades, que es como volver a nacer. Practicaría el desapego, para cuando la hipotética ciudad se convirtiera en una aldea y tuviera que permutar hacia otra ciudad, el dolor no se sintiera mucho. Y mantendría relaciones estables con un editor inteligente, pero sin contacto físico.
¿Será posible triunfar en el mundo del arte desligado de los intereses políticos y religiosos? ¿A la fama se accederá renunciando (de buena gana) al rostro colectivo que otorga el anonimato de la masa para adquirir una individualidad que se paga con el precio del compromiso? ¿Será posible que el hecho de ser un escritor reconocido te convierta en un lanzador de "bombas" que no puede escribir todo cuanto se le ocurra? Si el mundo es así ¿nos encaminamos hacia una globalización del Poder Político, y lo único que no sabemos es si se trata de un Gobierno del Mundo o de una Dictadura del Mundo?
Esperanza
Querido hermano Leandro:
No soporta ya las caras de los vecinos, las cuales tengo que ver todos los días, quiera o no quiera. Ni siquiera soporto, a veces, los rostros de los amigos. Pero tengo que aguantar.
Si ya publicaron en Miami mi primer texto, con ¡buena suerte! algún día saldrá publicada mi novela. Comenzaría el verdadero punto de arrancada de una ocupación que sólo termina con la muerte. Así que mientras no llegue mi turno ¡tengo que aguantar! Incluso, estar preparado para una eventual reclusión, presiones, chantaje y hasta agresiones físicas. Ahora bien, si publican mi novela en el extranjero y logro salir del país sin daño físico y moral, es que algo ha sucedido. Podría significar que la Dictadura ha llegado a su fin; y, como siempre ocurre, los platos rotos los pagarán los esbirros que creían que el abuso era eterno. Y tal vez los altos jefes llegarán a un arreglo con los norteamericanos, y escaparán del castigo que merecen.
Braulio
Querido hermano Leandro:
El señor Braulio es un tipo dañino y nunca he dudado de que la Secta, en algún momento, haya irrumpido en su vida. Esa continua queja de males y dolores físicos, como dijera Gaspar, podría ser un enmascaramiento. El señor Braulio es un tipo retorcido, como casi toda nuestra generación, que fue machacada por la policía política cubana en los años 70. Policía imitadora de los métodos de Stalin. Al señor Braulio, en su retorcimiento, le gusta tener en un puño a las personas que le rodean. Para enmascarar su complejo de inferioridad se vale de una actitud esnob que le otorga un sello personal de desprecio a la "tribu" de la cual forma parte. Y lo hace calcando excelentemente al típico habitante del Imperio del Norte.
Durante años, yo lo he podido observar. No me equivocaría si te dijera que es también un sutil imitador de Quien Tú Sabes. Es un personaje que merecería un detallado estudio y bien podría ser el punto de partida de una novela cubana sobre esta Dictadura, con el testimonio de una cultura marginal, paralela a la cultura oficial.
Una de las características de la personalidad de Braulio es proyectar hacia los demás su frustración con consejos que aparentemente pretenden ayudarte, pero en su real perspectiva, sólo aspira a detener y poner barreras a todo proyecto que signifique trabajo, talento, y esperanza.
El Jinete sin Cabeza
Querido hermano Leandro:
El 1 de agosto el Jinete sin Cabeza preparó por anticipado un parlamento antes de venir a verme. Cuando estuvo frente a mí, dentro de las cuatro paredes de mi habitación, empezó a hablar.
-Los hechos indican que gracias a tu trabajo, tarde o temprano, tu novela será publicada. Yo sé que una vez que esa novela se publique comenzará a reportarte beneficios económicos. Y hoy, a título de la amistad que nos une, y por estas largas jornadas de mutua estimulación literaria que nos hemos prodigada, yo te pregunto: sabiendo tú que yo estoy escachao y también persigo el mismo fin, escribir, ¿con cuánto dinero estarías dispuesto a ayudarme?
El Jinete sin Cabeza, que probablemente esté tan loco como yo, supuso que por concepto de derechos de autor yo obtendría inicialmente una entrada de 15 mil dólares. Sin pensar, le respondí:
-Te regalaría 100 dólares.
El Jinete sin Cabeza se ofendió. Protestó y dijo que 100 dólares le parecían poco.
-Si fuera al revés yo te daría más.
Inicialmente interpreté aquella conversación como la broma de un amigo que aparece de repente, luego de días de ausencia. Pero en el transcurso del dialogo me percaté que el Jinete sin Cabeza hablaba en serio. Entonces le dije que aquel planteamiento me parecía inmoral.
-Y que yo recuerde, Jinete, no tengo ninguna deuda contigo.
Finalmente le dije que si la novela se publicaba y yo recibía algún dinero no le daría ni un solo dólar. Minutos antes me había percatado de que el Jinete, antes de irrumpir en mis habitaciones se había tomado unos tragos, y por lo mismo, todo cuanto me decía expresaba su pensamiento.
Este incidente me recordó la vez que a Basco le compraron una escultura en 100 dólares. En esos momentos yo me estaba muriendo de hambre y me creí con derecho a que el Maestro me regalara un dólar. Entonces el Maestro, con potestad se defendió y dijo:
-Mi dinero yo se lo regalo a las mujeres.
Dos amigos
Querido hermano Leandro:
Los dos únicos amigos que me quedan son dos incapaces que viven en las nubes. Uno es Tabaco con su teoría de que el Destino está escrito. El otro es el Jinete sin Cabeza que quiere escribir, pero no escribe.
El Jinete constantemente cabalga de un proyecto a otro. Un día ingresa en el curso libre de la facultad de Derecho. Otro día lo vemos dirigiendo un estudio estatal de fotografía. En otra ocasión se consigue una plaza de maestro en una escuela primaria y, renunciando a dos años de estudio de Derecho, lo vemos matriculando en un Instituto de Pedagogía. Luego manda pal carajo todo eso y aparece como representante económico de un joven pintor. Y siempre que viene a mi casa su tema central de conversación son las grandes novelas que escribirá algún día y para las cuales los presentes avatares son una preparación. Pero los días pasan y es incapaz de escribir un párrafo.
Chícharos
Querido hermano Leandro:
Yo pensaba que el muchacho que trabajaba en la bodega donde el Estado me asigna la menestra miserable que reparten una vez al mes, era mi amigo. En esa bodega siempre me vendían la libra de chícharos (en bolsa negra) a 2 pesos. Esta mañana se me acabó casi todo el dinero. Sólo me quedan cinco pesos. Cuando le pedí al bodeguero, fiadas, unas libras de chícharo, me dijo:
-Yo no soy el dueño de los chícharos. Detrás de mí hay una cadena de dueños. Además, el chícharo se terminó. Ahora lo único que me queda son frijoles colorados, y los estoy vendiendo a cuatro pesos la libra.
Desolado, con sólo 5 pesos en los bolsillos, me puse a andar y desandar las calles de La Habana Vieja. ¡Ay de mí! -me dije. Entonces se me ocurrió meterme en una callejuela que nunca frecuento. Había una pequeña entrada que daba a un diminuto local. Me di cuenta que se trataba de una bodega. Sólo había un empleado joven, con cara de buena persona. Decidido, entré en aquel sitio. Me disculpé ante el bodeguero por el hecho de que no me conocía. Me extendí en una serie de reflexiones que se apartaban de mi objetivo. Entonces el bodeguero dijo:
-Habla sin problemas. ¿Qué quieres?
-¿Te quedan chícharos?
-Sí, a peso la libra.
Sentí entonces que los cielos grises se abrían y la luz del sol iluminaba mi destino. Saqué la jabita de nailon que traía, le entregué el dinero.
-Dame 5 libras.
Después de un baño
Querido hermano Leandro:
Calenté agua en una olla. La vertí como de costumbre en el cubo de plástico añadiéndole agua fría. Utilicé, para echarme agua sobre el cuerpo, el mismo jarro de aluminio que uso para pedirle azúcar prestada a doña Gerania. Después del baño, me senté en mi butaca de madera y bebí el té de la taza que previamente me había preparado. Encendí la pipa y observé, como en las películas, las volutas de humo chocando delicadamente contra el cielo raso de la barbacoa. Inserté en mi radiograbadora un casete con un concierto para violín de Mozart, y comencé a leer el libro de turno: Diario de la CIA. En mi otra habitación, que es donde está la cocina de gas, la ola de presión silbaba, y el aroma de los chícharos se esparcía por las dos habitaciones. La puerta del patio, entreabierta, dejaba penetrar los vientos del otoño. En mi edificio podía disfrutarse de un silencio conventual gracias a que aún no había terminado la hora escolar. Me sentí plácidamente equilibrado. Esapaz espiritual, que me gustaría disfrutar todos los días de mi vida, embargaba mi ser. Pero era cierto que antes de tomar el baño de agua tibia había ingerido una pastilla de Diazepán.
En semejante estado hubo un momento en que apreté el libro y me dejé llevar por algo que podría calificarse de desdoblamiento del tiempo mental. Me recordé a mí mismo, en esta habitación, 20 años atrás. Imaginé que desde el fondo de aquel tiempo Ramón miraba a un Ramón más viejo. Y le dije:
-Aunque te parezca absurdo ahora soy más feliz que tú, al menos en algunas cosas fundamentales. A pesar de que en términos generales, lo reconozco, las cosas no han cambiado mucho.
El poeta
Querido hermano Leandro:
Recientemente me visitó un poeta, amigo de otro poeta. Me obligó a leer sus poemas. Como casi todos los poemas que ahora se escriben, ni siquiera el autor sabía qué quiso decir. En cuento al dominio del lenguaje, el poema me pareció maduro. Este poeta se presentó en mi casa sin previo aviso. Lo más probable es que sea un enviado. Ya me lo habían presentado. Desde el primer instante sus rasgos faciales me revelaron un mundo interior que conozco. Pero es bueno decirte que, aparte de sentirme un poco loco, me siento como un niño, y a veces he actuado injustamente. Y es porque uno vive de la siguiente manera: esto no me gusta; esto sí me gusta. Y recuerdo que la primera vez que me presentaron a este poeta, gasté tiempo en escucharlo, porque quien me lo presentó, el otro poeta, se encontraba presente. Y por muy niño que uno sea vivimos en un mundo donde, para sobrevivir, existen ciertas reglas de conducta que no pueden eludirse. Así que este poeta me estuvo diciendo cosas comprometedoras en contra del gobierno. Y como uno nunca sabe si quien te habla lo hace limpiamente, en algunos momentos fingí que no lo escuchaba. Y entonces juré que la próxima vez que tuviéramos un encuentro, no lo atendería. Pero ya vez, recientemente tocó a mi puerta, y al abrir, ya no pude defenderme. Lo invité a pasar. La próxima vez que pretenda visitarme, le diré desde el dintel de la barbacoa que me encuentro templando y no puedo recibirlo. Y si viene el mismo día, unas horas después, le diré que aún me encuentro echando el mismo palo. Y si viene otro día, siempre me encontrará templando. Y si a pesar de todo insiste, y un día nos encontramos en la calle, lo saludaré apresuradamente y le diré:
-Ahora no puedo atenderte, tengo una cita.
Y si cuando me alejo pregunta:
-¿Es que ya no escribes?
Le responderé:
-Ahora más que nunca. ¿Es que no comprendes que con quien tengo relaciones sexuales es con mi máquina de escribir?
Figueredo
Querido hermano Leandro:
No sé si compartirás conmigo la idea de que se puede leer varios libros en diferentes momentos del día. Paralelo a mi lectura de Diario de la CIA, estoy leyendo el epopéyico libro La Revolución de Yara, de Fernando Figueredo. La lectura de esta obra me ha motivado a leer con más atención Los poetas de la guerra, antologados en el Panorama general de la Literatura Cubana, de Max Henríquez Ureña. Te cuento que estoy sorprendido conmigo mismo. ¿Cómo ha sido posible mi pretensión de escribir desconociendo a los que me han antecedido? No lo sé. Lo cierto es que se ha despertado en mí la curiosidad por conocer quiénes fueron y qué escribieron mis antepasados literarios, desde Espejo de Paciencia, hasta lo mejor de nuestros días. Especialmente me interesa el siglo XIX. En cuanto a la Revolución de Yara, te digo que salta a la vista que Figueredo escribió el libro con un vigor poco frecuente en nuestros actuales escritores.
Recuerdo que en estos años, en mis conversaciones con colegas que pretendíamos dedicarnos a escribir, siempre estaba latente una omisión a la literatura cubana del siglo XIX. No se trataba de otra cosa que de la clásica subestimación que experimentamos los nativos de una Isla por sus propias tradiciones. No valoramos a nuestros compatriotas, y ante cualquiera que escriba un cuento, una novela, un poema en un punto determinado del planeta, enloquecemos. Y como hay falta de talento para describir nuestro entorno, lo único que hacemos es copiar formas de otros contextos. Sin embargo, a continuación voy a decirte algo que se contradice con lo anteriormente expresado. Pienso que me salvo como escritor, precisamente porque carezco de ese conocimiento. Los que nos antecedieron estuvieron en peores condiciones que nosotros. Tuvieron que pedir prestada la forma. Pienso que al escribir sin el conocimiento de nuestros antepasados literarios he podido ser fiel al contenido de mi tiempo. Y la forma, si existe, ha estado presente sin necesidad de pedirla prestada ni preocuparme de su existencia.
Por otro lado, quizás el rechazo a nuestra literatura decimonónica haya tenido su causa en el rechazo que desde siempre los más jóvenes le hicieron a la Dictadura comunista, que casi nos ha convencido de que son ellos, y no nosotros, quienes han heredado la historia de nuestra Patria.
Reflexión
Querido hermano Leandro:
¿Admitirías que la Ciencia es la policía de la Sabiduría? ¿Qué los laboratorios son cárceles donde permanece cautiva la Naturaleza? ¿Que los libros son celdas donde el Conocimiento cumple cadena perpetua? ¿Que las energías desconocidas del Universo son delincuentes y criminales del Cosmos? ¿Que la naturaleza represiva del Hombre se manifiesta cuando busca la Causa que carece de Causa? ¿Que Dios sabía que el Hombre, tarde o temprano, empezaría a buscarlo, y, por tanto, la busca del Conocimiento está permitida? Y finalmente, ¿que el Mal y el Bien no existen para Dios y es el Hombre quien, por su cuenta y riesgo, debe convencer al Hacedor de que el Mal existe?
Literatura
Querido hermano Leandro:
Nuestra literatura adolece de mojigatería. Siempre ha temido tocar notas prohibidas que otras literaturas han tocado. Ello es el fruto de una mente nacional colonizada, una veces por la economía, y otras, como en esta época, por la política. Pero yo, por sentirme ciudadano del mundo, escribiré lo que más me plazca.
Apagón
Querido hermano Leandro:
Son las 10 de la mañana y otra vez nos hemos quedado sin luz en La Habana Vieja. El otro día también ocurrió lo mismo. Dicen que la causa fue una caldera de aceite que provocó un incendio en la planta de Tallapiedra. Nuestro país, con la subida de los precios del petróleo, se resiente cada vez más. Y sean pretextos del gobierno o sabotajes que ocurren y no se divulgan, lo cierto es que La Habana Vieja es el lugar menos indicado para quedarse sin energía eléctrica.
Si mis habitaciones tuvieran balcones este apagón sería soportable. Pero no. Están ubicadas en la parte posterior del edificio y las ventanas se dan de cara contra la pared lateral de otra construcción. El espacio es muy pequeño para permitir la entrada de la luz.
Así que cuando empezó el apagón tuve que interrumpir la lectura de La Revolución de Yara. Como vivo solo y sin teléfono, y ni modo de comunicarme con alguien, tuve que vestirme y salir a la calle. Pero en el momento que bajaba la escalera conectaron la luz. De modo que volví mis pasos. Me desvestí y continúe leyendo el libro de Figueredo, cuyo estilo me recuerda a Víctor Hugo. Las escenas del libro están bien pintadas. Leer este libro, más que asistir a la proyección de una película, es encontrarse dentro de los acontecimientos. La próxima vez que tenga un encuentro con Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, le confesaré mi entusiasmo por este libro. Y le diré:
-Es extraño, Monseñor, que el ICAIC, cuyo mandamás es su amigo personal, el señor Alfredo Guevara, no haya realizado una película basada en el libro de Figueredo.
Soberanía personal
Querido hermano Leandro:
El escritor cubano Rolando Sánchez Mejías le ha enviado una carta pública al ministro de cultura Abel Prieto. Denuncia en síntesis, que la cultura nacional es un instrumento político para uso exclusivo del gobierno y sobre la necesidad de que éste afloje, permitiendo a los que verdaderamente hacen la cultura cubana un espacio civilista dentro de la sociedad. La carta ha sido publicada en el diario madrileño El País, y dada a conocer por Radio Martí un 10 de octubre, algo así como un Grito de Yara.
¿En qué parará el asunto de la soberanía nacional? Por un lado estamos nosotros: escritores independientes, periodistas independientes, defensores de los Derechos Civiles, dando pasos hacia una solución pacífica. Y por otro lado se encuentran las fuerzas comprometidas del gobierno. Fuerzas que se engañan, ignorando el inmenso terror que los devora por dentro.
Cuba es un país pobre en recursos naturales, y su soberanía siempre ha sido retórica de turno en un mundo donde los fuertes siempre utilizan la fuerza. Si Quien Tú Sabes logra estabilizar la economía nacional gracias a un arreglo con USA, dependeremos de Washington. Si alguno de los grupos de oposición pacifista hereda la responsabilidad de conducir a la nación, necesitará una ayuda económica que provendría de capitales extranjeros, detrás de los cuales serán los yanquis los que muevan los hilos de la trama. Y dependeremos de Washington. De cualquier manera que nos libremos del experimento social iremos a parar a Washington. Y quizás ha comenzado, como única solución, el tiempo de la soberanía personal.
La madre
Querido hermano Leandro:
El otro día vi a nuestra madre caminando por la calle del Obispo. Yo me encontraba en la tarima improvisada de un merolico, cuyo oficio consiste en introducirle gas a las fosforeras que se han vaciado. Nuestra madre se acercaba por la acera de enfrente. La llamé por su nombre. Se detuvo, alzó su mano y me saludó. Hacía varios meses que no nos veíamos. Me quedé esperando que dijera:
-Ven.
Pero no pronunció palabra alguna. Me trató como si yo fuera cualquier vecino del barrio. Sentí deseos de decirle al merolico:
-¿Ves a aquella señora que va por la otra acera? Es mi madre. ¿Te diste cuenta cómo nos tratamos?
-Ella no parece ser la madre de usted. Y usted no parece ser su hijo.
A estas alturas, hermano querido, es imposible que no hayas comprendido que la realidad del país es terrible por culpa de un solo hombre. Cuando ando por la calle y observo el comportamiento de las gentes, percibo un futuro incierto para Cuba. Por eso prefiero permanecer en mi casa leyendo o escribiendo. Debido a mi soledad y a la certeza de que a nadie le importaría si termino por reventar, tengo que drogarme con Diazepán. Últimamente estoy utilizando amitriptilina para salir del hueco. Pienso mucho en Frank Kafka.
El Aspirante
Querido hermano Leandro:
El lunes 28 vi una película en el cine Payret, a las 12 de la noche. Un filme cuyo argumento se refiere al Halloween. Se le informa al espectador que esa noche el diablo se materializa. Como soy un paranoico pensé que se trataba de una advertencia exclusiva para mí. Entonces decidí que los días 29, 30, y 31 de octubre no me movería de mi casa. Sólo saldría de mi guarida el 2 de noviembre. Tendría que sacrificar un poco más de 240 gramos de pan. Pero el día 30 reconsideré mis medidas de seguridad. La panadería donde compro el pan queda en los bajos del edificio donde vivo. Así que a las 6 de la mañana del día 30 bajé las escaleras, entré en la panadería, le entregué mi libreta de racionamiento y una moneda de 5 centavos a la dependiente. Recibí el pan, subí rápidamente las escaleras, abrí la puerta de mi habitación, entré, cerré la puerta con doble cerrojo, puse la cadena de seguridad y continué leyendo El coronel no tiene quien le escriba.
Sin embargo, el temor de encontrarme en la calle con el diablo tenía un fundamento real. Durante el transcurso del día 30, doña Gerania me estuvo llamando como ella lo hace frecuentemente: parada en el umbral de la puerta de su habitación. Yo pensé que era la voz de Satanás haciéndose pasar por la vieja y no contesté. Pero cuando llegó la tarde, la vieja Gerania volvió a llamarme. Esta vez, como si quisiera chantajearme.
-¡Contesta, Ramón, yo sé que estás ahí!
-¡Sí, doña Gerania, la escucho, hable usted!
-¡Lo que tengo que decirte no te lo puedo decir gritando en el pasillo!
-¡Es que estoy ocupado, doña Gerania! ¿No podríamos posponer la entrevista para después del 2 de noviembre?
-¡No seas pendejo! ¡Sal, que lo que tengo que decirte te importa!
Recé tres Dios te salve María un Padrenuestro. Me coloqué el crucifijo de madera en el pecho. Hice la señal de la cruz y salí.
-¡Ven! -dijo la vieja al verme.
Cerré la puerta de mi habitación, dándole dos vueltas al yale de seguridad. Nos sentamos cerca del balcón de su cuarto.
-Anoche llegó de España el Aspirante a escritor.
En efecto, el diablo había llegado al edificio la noche del 29. Así que la película había sido una clara señal premonitoria. Desde hacía varios años estaba comprendiendo el lenguaje de las señales. Es difícil comprender el lenguaje de las señales. Al principio uno piensa que se ha vuelto loco y puede sentir miedo, porque es otra realidad que vive dentro de la realidad.
Cuando salí de la habitación de la vieja, en medio del pasillo, parado frente a mi puerta, estaba el Aspirante. La iluminación no era buena. Así que el Aspirante se encontraba sumido en la penumbra, tendiéndome la mano, efusivo, invitándome a que bajara hasta el primer piso, que es donde vive su señora madre. Además, la invitación me la transmitía como una orden de obligatorio cumplimiento, pero con un extraño tono de súplica. Ese tono suplicante rompía el hielo acumulado durante los años que había permanecido en España y lo habían alejado del edificio.
Durante el transcurso de la conversación en la habitación de la madre capté la misma superficialidad intelectual que lo envolvió en los años 80. Me transmitió el Aspirante la sensación de un alma que seguía siendo joven. Y poco antes de que la conversación comenzara a dar síntomas de agotamiento, le pedí prestado 10 dólares. El Aspirante, como respuesta, emitió un alarido. Entonces le bajé el sablazo a 5 dólares y el Aspirante comenzó a gemir. Entonces le dije:
-Si no te presentas en mi casa con un litro de aceite para cocinar y un jabón para bañarme, y té negro y otras cosas, no te atrevas a molestarme.
Días después, el Aspirante y yo salimos a recorrer la ciudad y comprobé su falta de escrúpulos ante el panorama calamitoso de una Habana de viejos pidiendo limosna junto a madres con sus niños de meses en el regazo, y de niñas haciéndose pasar por mujeres, y una población en harapos. No lo conmovieron ni por un pestañazo. Lo único que le importaba era la fe que había depositado en un guión de cine en el que llevaba trabajando varios meses.
En la mañana del jueves 31, cuando me levanté a orinar en la olla de hierro que tengo en la barbacoa, involuntariamente imaginé que me lanzaba de cabeza contra el piso de la sala, como si lo hiciera desde un trampolín. Aún era temprano y cuando volví a echarme sobre la estera y recuperé el sueño interrumpido, visualicé que desde algún lugar de mi cuerpo brotaba sangre, que empezó a extenderse sobre el piso de la barbacoa y luego bajaba por los escalones y caía sobre el piso de la sala formando un charco. Ese charco cruzó por debajo de la puerta y salió al pasillo. Mi mente febril trabajaba a toda máquina. Quería detener aquellas imágenes, pero era agradable no resistirse. De modo que cuando mi sangre comenzó a navegar por el pasillo me puse a calcular cuánto tiempo pasaría para que los vecinos comprendieran lo que estaba ocurriendo. En algún momento comenzarían a llamarme dando golpes en mi puerta, tratando de derribarla. Otros vecinos llamarían a la policía. Y en el momento en que me trasladaban al hospital, mis últimos minutos de conciencia, se llenarían de amor y compasión por los que aún tienen que continuar viviendo.
Hotel Monserrate
Querido hermano Leandro:
Cuando salí huyendo del reparto Santos Suárez fue como si cambiara de país. Permuté el apartamento que tía Tina me dejó cuando huyó de Cuba hacia España, por estas dos habitaciones en el hotel Monserrate. Lo hice para sustraerme de la promiscuidad chivateante que tienen los repartos, donde todo se sabe.
Este hotel, en el año 1973, tenía las características de un hotel de centro de ciudad. Sus ocupantes vivían a puertas cerradas. Aún existía el encargado, el ascensor funcionaba y había una pizarra telefónica que ofrecía sus servicios a todas las habitaciones. La parada de las guaguas permanecía las 24 horas del día abarrotadas de personas y la puerta del hotel permanecía cerrada. Se podía afirmar que uno vivía en la cueva de Alí Baba y sus cuarenta ladrones.
Después del Mariel, los nuevos vecinos que ocuparon las habitaciones de los que se fueron, necesitaron reunirse en la acera de enfrente (donde se encuentran las áreas verdes del histórico Bachillerato de La Habana) y trajeron mesas y sillas para jugar dominó como si estuvieran en un pueblo de campo. Las relaciones de los vecinos llegaron a ser tan íntimas, que diariamente se iniciaban broncas de todo tipo que terminaban en la Estación de Policía. El edificio se convirtió, hermano, en una cárcel sin rejas. Y contra semejante promiscuidad parece que no habrá en mucho tiempo fuerza capaz de reinstaurar la responsabilidad ciudadana.
Antes del Mariel, yo salía del edificio y tenía la certeza de que nadie sabía quién era yo. Ahora sé que todos me conocen. En ocasiones el juego de dominó se detiene y sé que me observan con el rabillo del ojo. Llevo 20 años viviendo en este lugar, y mientras no logre cambiar de edificio (de país) esta vida carece de sentido. Si yo fuera un hombre más "libre", siempre estaría cambiando de ciudad.
El Dentista
Querido hermano Leandro:
En el edificio todos quieren escribir. Te presento el caso de Ismar, amigo del Dentista que es otro que también quiere ser escritor. Ahora no recuerdo si en algunas de mis cartas he mencionado que en Cuba todos quieren escribir, porque no hay nada más que hacer. Ismar comenzó a frecuentar al Dentista y me conoció a mí por carambola. Ismar trató de establecer una amistad personal conmigo. Intentó varias veces que yo lo recibiera en mi habitación. Eso ocurrió en noviembre del 95. Yo pienso que Ismar es agente de la Seguridad del Estado, especialmente entrenado para introducirse en mi mundo. Objetivo: desmontar el mecanismo interno que me compulsa a escribir.
Un día el Dentista se puso celoso como si pensara que yo le robaba las amistades. Esto último podría ser teatro. No obstante un día el Dentista se pasó de trago y comenzó a disertar sobre mi fracaso como escritor. Alegó cómo transcurrían los años y nadie publicaba mis trabajos. Esta descarga etílica ocurrió en presencia del negro Tabaco. Entonces expulsé al Dentista de mi casa. Pero nuestra ruptura no fue nada grave. La atenuante de una borrachera siempre hace inocente a los que se atreven a decir la verdad. El Dentista y yo dejamos de saludarnos. Sin embargo, un día tuve necesidad de extraerme una muela. Intenté hacerlo en el policlínico "Guiteras", cerca de mi edificio, con un estomatólogo inmensamente gordo, amigo de un viejo amigo inmensamente flaco. Pero el equipo de extracción estaba roto. Así que no tuve otra alternativa que telefonear aquella mañana al Dentista y explicarle el asunto. Mi vecino demostró su generosidad obligándome a visitarlo de inmediato en la consulta. Me extrajo la muela enferma, y a partir de ese día, el Dentista y yo reiniciamos nuestra amistad.
Un día el Dentista tocó a mi puerta. Le abrí. Entró y preguntó si podía volver a visitarme. Le dije que con mucho gusto lo recibiría, pero que esta vez sería yo quien lo visitaría. Volveríamos a hablar de diversos temas. Veríamos juntos la película del sábado. Nos divertiríamos jugando al monopolio, al ajedrez o cualquier otro pasatiempo en compañía de otros estomatólogos que nos ayudarían a combatir nuestra mutua soledad. Habíamos dejado de tratarnos durante un año.
Durante ese tiempo Ismar intentó visitarme pero siempre tuve alguna excusa para batearlo. Sin embargo, los avatares que me acompañan siempre, sólo por ser escritor, no terminan. Pienso que sólo terminarán cuando escape de este país.
Recientemente el Dentista comenzó a escribir un artículo que ha titulado Gracias, Ramón. El Dentista ha me ha dicho que la idea del artículo se la sugirió la noticia de que en Miami publicaron El Viejo de la Montaña. Los días pasan y le pregunto a cada rato cómo va la redacción del artículo. El Dentista dice que trabaja a toda máquina y, cuando esté listo, me lo mostrara. Ahora resulta que el Dentista también quiere ser periodista independiente. Lo que no está claro es si será periodista oficial o de los que estamos amenazados a cumplir 20 años de prisión. Cuando visito su casa, donde soy objeto de las más exquisitas atenciones, ya no jugamos al ajedrez, y apenas disfrutamos de su gigantesco TV en colores. El constante tema de su conversación gira en torno al artículo Gracias, Ramón. Y no existe en este mundo otro tema que pueda ser más importante que el hecho de que él, el Dentista, está escribiendo ese artículo. Yo le digo, por decir algo:
-Y bien, ¿cuándo me mostrarás el borrador?
Reconozco que mi mente enfebrecida posiblemente está inventando una realidad que no existe. ¡Pero las señales son tan evidentes! Mi vecino a comenzado a parecerse al Jinete sin Cabeza que, durante 8 largos años me visitó cada semana durante 8 largas horas cada jornada y sólo hablaba de un famoso artículo que preparaba titulado El Tuerto, sobre el padre Félix Varela. El trabajo del Jinete no ha pasado de ser un proyecto.
Desde que mi vecino se propuso escribir su artículo, misteriosamente el Jinete ha dejado de visitarme. ¿Habrán cambiado de agente la Seguridad del Estado? Es decir: ¿el Jinete se encuentra disfrutando de unas merecidas vacaciones?
Especulo que como en mis modales no hay refinamiento ni hipocresía alguna, y por lo mismo nunca accedí a los círculos sofisticados de la cultura, los seres que me rodean (de origen humilde) cuando descubren que soy escritor se creen poseedores (por su relación conmigo) de una suerte de pasaporte a las musas. Es como si yo, por ser amigo de un boxeador, de la noche a la mañana, pretendiera convertirme en campeón de peso Welter.
Hasta que mi primer libro se publique, los que me rodean creerán que por tratarme también pueden ser escritores. Y nunca comprenderán que si escribo, no es por intención, sino por alguna misteriosa razón que yo mismo soy incapaz de explicar.
La Familia
Querido hermano Leandro:
Los edificios, con las familias que los habitan, se parecen al mundo demarcado por innumerables fronteras y países. También las familias son como pueblos en relación de paz o guerra con otras familias. Del mismo modo, una familia puede ser comparada con nuestro mundo, siendo así que cada persona es un país, y también un Universo.
Braulio
Querido hermano Leandro:
Ya sabemos que Braulio es un ser enfermo. Es capaz de mortificar a todos con actitudes de niño malcriado. Sin embargo, puede ser poseído por arranques de bondad. Para el dinero no se comporta de manera tan mezquina como Gaspar.
El señor Braulio obsequia bienes materiales a sus "amigos" y a su familia. Luego buscará la ocasión de recuperar la inversión impartiendo órdenes fáciles de cumplir. Por ejemplo, la víspera del día de Pascuas del año 95, me regaló 5 dólares durante un encuentro casual que tuvimos en la Manzana de Gómez. El señor Braulio, como un rico que se tropieza en la calle con un pobre (sólo faltaba que sobre La Habana Vieja estuviera nevando), me invitó esa noche a cenar en su casa. Durante la cena le conté la Historia del Aspirante, quien gritó y gimió cuando le pedí dinero prestado para comprar un litro de aceite, un jabón de baño y un poco de té negro. El señor Braulio fue hasta la cocina de su casa y regresó con un litro de aceite de la shopping. Claro está que esa misma noche, mientras su señora esposa me servía un suculento plato de comida, el señor Braulio me pidió un favor. Debía irme hasta los jardines de la UNEAC, al siguiente día, y comprarle 40 ejemplares de una antología del cuento femenino cubano. Él me pagaría 30 pesos por la gestión de cargar los libros desde El Vedado hasta Centro Habana. Cada uno de esos libros le costaría al señor Braulio 10 pesos cubanos. Luego los revendería en el Parque de Armas a 3 dólares cada uno. Por cada libro ganaría 50 pesos cubanos que, multiplicados por 40 libros (a costa de mi columna vertebral) haría un monto total de 2 mil pesos cubanos. De manera que restándole a los 2 mil pesos cubanos 50 pesos por la botella de aceite que tuvo la bondad de obsequiarme, 100 pesos por la suculenta cena, otros 100 pesos por los 5 dólares que me regaló, los 30 pesos que me ofreció por hacerle el favor, y los 400 pesos cubanos invertidos en los 40 ejemplares, el señor Braulio ganaría un total de mil 320 pesos. En una palabra: el señor Braulio es un cabrón con buenos sentimientos. Pero el más insufrible de sus defectos sale a la luz cuando asume ese aire protector y te habla desde una tribuna para que le alimentes su EGO de cineasta sin guión y sin película.
Hay que escribir
Querido hermano Leandro:
Aunque no me sienta poseído por una idea objetiva: relato, novela, me doy cuenta de que todo este lío de la escritura es una lucha contrarreloj. No se puede esperar a poseer la idea iluminadora. Hay que escribir de todo: reflexiones, vida cotidiana. Escribir uno o varios párrafos por día es saludable para mantener el brazo en forma. Últimamente estoy escribiendo con lápiz. Tiene la ventaja del silencio y el contacto con la hoja de papel. La escritura es oficio. También es deporte del alma que fortalece los músculos del corazón y la mente a través de las manos.
La pelota
Querido hermano Leandro:
En estos días ocurrieron hechos que me hubiera gustado narrar. Se vinculan tan directamente contra mí, que me disgustan muchísimo. Cuando estoy disgustado, no puedo escribir. Ya sabes que considero que la falta de conocimiento es el mayor pecado que puede arrastrar un hombre. Te contaré que varias vecinas del edificio se han confabulado para incitar a sus pequeños hijos a que jueguen béisbol en el umbral de mi puerta. El ruido que produce la pelota cuando choca contra la pared no me deja concentrarme ni un segundo. Ese ruido interfiere el curso de mis pensamientos. Ser pobre, hermano, motivo por el cual vivo en esta ciudadela, es causa suficiente para anular las facultades intelectuales del más estoico. El sonido de la pelota invade el espacio de mi vida privada. Y sin vida privada es imposible escribir.
Ciudadela de escritores
Querido hermano Leandro:
Ya te he dicho que el primero en llegar a este edificio (de entre todos los personajes tenebrosos que lo han habitado) fui yo, en el año 1973. Yo venía de Santos Suárez con la obsesión de escribir. Por entonces mi retaguardia, mi Estado Mayor del Espíritu, era la casa del poeta Pedro Godinez, en la calle Neptuno. Esa primera etapa eran manoteos sin gratificaciones. Era una insistencia enfermiza, sin garantía. La fuerza para escribir me la proporcionaba el hecho de haber perdido contacto con la realidad.
Mis dos habitaciones eran frecuentadas por seres que pretendían pintar, bailar ballet, escribir.
Luego comenzaron a visitarme René Ariza y Reinaldo Arenas. Ellos me frecuentaban porque yo les prestaba mi casa para que pudieran templar sin ser atrapados por la policía.
René Ariza fue el primer escritor que tuvo llaves de mi casa de modo permanente. Luego le siguió Reinaldo Arenas, definitivamente. Con el tiempo he llegado a la metafísica conclusión de que mis dos habitaciones contienen un Aleph; y que toda mi persona es una incitación a escribir. Todos los amigos que he tenido (excepto los que ya tenían su ángel) y las mujeres con las que he mantenido relaciones de meses o años, han pretendido probar suerte con la escritura. Y puedo decir que la presencia de Reinaldo y la mía, dedicados durante todo el tiempo a la literatura, ha puesto a escribir al vecindario en pleno. Todos tienen una novela a medio hacer, un guión de cine en proyecto. Luego, esos jóvenes vecinos han traído a sus amigos que, contagiándose con el dulce veneno, manifiestan su deseo de escribir.
El hotel Monserrate, después de las Memorias de Reinaldo Arenas, se ha convertido en un mito. Es como si vivir aquí o frecuentar este lugar, garantizara el primer paso en el camino de la literatura. Todos se contagian con la frase que Milán Kundera utilizó en una de sus novelas: La vida está en otro parte.
Yo sé que después que me marche de este edificio volverán las penumbras de la mediocridad a poblarlo. La luz que se mantuvo encendida desde el año 1973, se apagará. A donde vaya yo, se irá conmigo. Y otros edificios, habitaciones, apartamentos, se iluminarán. Es algo que nació conmigo y es irreversible. Que me perdonen todos los que de un modo u otro me conocieron y no pudieron realizarse.
Mi lucha
Querido hermano Leandro:
Un condenado a prisión ajusta su mundo interior y se prepara para sobreponerse a los años a que ha sido sentenciado. Independiente de los imponderables o el azar, el condenado sabe por anticipado la fecha en que terminará su encierro. Mas yo, viviendo en estas dos habitaciones que se han convertido en celdas, rodeado por el misterio, he tenido que actuar a ciegas. Humanamente, dentro de los límites de mis circunstancias, he hecho cuanto a estado a mi alcance. Ahora sólo me resta continuar esperando. No sé cuándo ni cómo se publicará mi primer libro. No sé cuáles circunstancias me aguardan. De lo único que estoy seguro es de una cosa: pase lo que pase, lucharé contra todo lo insano.
La muerte
Querido hermano Leandro:
¿Nos sentimos culpables cuando alguien muere? Cuando ese alguien pertenece a nuestro círculo, sí. La muerte nos recuerda que algún día nos ocurrirá lo mismo.
Han asesinado a un amigo. Ese amigo se llamaba Ángel Martínez Mur. Fue degollado en las primeras horas de la madrugada del 7 de diciembre. ¿Mariconería? ¿Santería? Al siguiente día, aproximadamente entre las 10 y las 11 de la mañana, lo enterraron en el cementerio de Colón. La mañana era fría. Una invisible llovizna caía sobre las cabezas de los pocos concurrentes sin paraguas que asistieron al entierro. Ángel se dejó matar cuando faltaban pocos días para el comienzo de una Navidad que, por decreto del Estado, había sido restituida. Es decir, podría celebrarse otra vez la Navidad después de muchos años de prohibición oficial.
Ahora, sobre los antiguos Baños de Vapor, hay silencio. Mucho silencio. El silencio que la muerte deja cada vez que se presenta en los lugares ruidosos donde nadie la esperaba.
Gaspar
Querido hermano Leandro:
A principio de mes, murió la tía de Gaspar. Ahora Gaspar me dice que percibe la soledad por primera vez, y que comprende lo mucho que su tía lo apoyaba. Mientras ella vivía, podía trabajar tranquilo en el Parque de Armas. Ella era su retaguardia. Le tenía lista la cena cuando él regresaba tarde en la noche.
Eran las 6 de la tarde cuando subí la empinada escalera del edificio donde vive Gaspar. Me detuve ante su pequeña puerta y escuché unos griticos ahogados. Llamé:
-¡Gaspar!
Me responde:
-¡Espérate!
Transcurrieron varios minutos y la puerta no se abría. El cielo estaba encapotado y las nubes grises casi rozaban las azoteas de los edificios. Entonces comencé a imaginar la escena siguiente: la vieja, acostada sobre el pequeño sofá, inmovilizados sus brazos por un abrazo del sobrino, se negaba a tomar sus medicinas. Sin embargo, la imagen de las medicinas era demasiado sencilla. Imaginé entonces que la vieja se defecaba involuntariamente en las sábanas blancas y la presencia de las heces fecales había enfurecido a Gaspar quien ya le había dicho a tu tía que tuviera más voluntad para controlar su viejo organismo.
Finalmente la puerta se abrió.
-Es que la tía, desde hace 3 días, no tiene control y se caga en el sofá. Es como si hubiera perdido la razón. Deja cosas en un lugar y luego no recuerda nada. Yo la trato duro para que, antes de emprender el Viaje Definitivo, su espíritu se fortalezca.
Entonces Gaspar sonríe como el profesor satisfecho ante los adelantos del alumno.
-Desde que vino de Oriente le he ensañado a la tía muchas cosas sobre el Más Allá. Ahí donde tú la ves, la he convertido en un soldado. Es más fuerte que yo. Con mis manos he moldeado su carácter cerrero. Dice que el único hombre al que le ha hecho caso en su vida he sido yo.
Mientras Gaspar habla, observo sus ojos verdes. También miro las nubes grises tan cercanas a la ciudad, y tengo el presentimiento de que la muerte se encuentra cerca. Le digo a Gaspar:
-Prepárate para la muerte de tu tía.
-¿Lo crees?
-Esta vez, se va.
Varios meses después de la muerte de la tía, en plena calle del Obispo, Gaspar me acusó de haberme quedado con un libro suyo: un diccionario inglés-español. Años atrás también me acusó de haberme prestado un libro sobre mitología India, y que nunca se lo devolví. En el ámbito de los libreros se dice que Gaspar reparte libros para que los demás libreros se los vendan. Varias semanas después es incapaz de recordar a quiénes les ha entregado libros.
A Gaspar la razón y la memoria le fallan desde que el dólar circula libremente en la Isla. Hace unos días vieron a Gaspar hablando solo en plena calle del Obispo. Basco también dijo que tuvo que plantársele fuerte porque Gaspar quería venderle un libro a la cañona. El negro Tabaco afirma que Gaspar juega a que su mente es una computadora. En el Parque de Armas, Braulio me ha contado que los demás libreros se burlan de Gaspar cuando logran tumbarle un libro. Cuando pasa el tiempo Gaspar pregunta y los libreros le responden que en ningún momento ellos han tenido libros suyos.
El doctor Popus
Querido hermano Leandro:
Las cosas que me ocurren, las cosas que pienso, me hacen sospechar que me estoy volviendo loco o existe un plan para hacérmelo creer. Por ejemplo, mi asistencia permanente a las películas que exhiben en el cine "Actualidades" me permiten recibir mensajes de cosas que luego ocurren. Es como si el nombre "Actualidades" realmente le fuera merecido a ese cine. Muchas películas de las que pasan por su pantalla me transmiten anticipaciones de lo que ocurrirá en la realidad, mañana, pasado mañana o el mes que viene. Es posible que esté desarrollando la facultad de la precognición, y como no estoy acostumbrado, piense que estoy loco.
Anoche mismo, cuando salí del cine, me toqué una protuberancia que me ha salido debajo de la clavícula izquierda. Me detuve en la esquina de Monserrate y Neptuno pensando en el doctor Popus, amigo de la vieja Aselina que es la madrina de la mafia de las maracas en la Catedral de La Habana. Pensé lo bueno que sería encontrarme con él. Y cuando crucé la calle hacia una de las esquinas de la Manzana de Gómez, me di de narices con el doctor Popus. De inmediato le expliqué el asunto y allí mismo, bajo la potente luz de una shopping me desabotoné la camisa y le mostré la protuberancia.
-Eso es un músculo del trapecio. Con un relajante volverá a su normalidad.
Pero el doctor Popus también traía su problema. Me explicó que sólo unos minutos antes había asistido a uno de los urinarios público que han inaugurado recientemente en la calle del Obispo. Me dijo que estuvo orinando y cuando terminó, que fue a cerrar el zíper del pantalón, éste se salió de su carril dentado y ahora andaba por la calle con el zíper abierto. Se sentía desesperado ante la idea de que los transeúntes se percataran del asunto. Debo reconocer que no soy un experto en zípers ajenos, pero recordé cómo cierta vez yo también estaba cerrando el zíper de mi pantalón y una zona de la piel de mi pene quedó atrapada entre los dientes plásticos de la cremallera. Bajara o subiera el cabezal, aquel pedazo de carne no se liberaba del dolor. Aquello me sucedió en un sitio público, pero como era de noche, arreglé el asunto sin daño para la salud de mi fálica piel. Así que el planteamiento del doctor Popus me sorprendió y me hizo sospechar, ligeramente, que aprovechándose de un hecho real el galeno me insinuaba aventuras homosexuales. Llegué a pensar que simplemente por el hecho de convivir en una ciudad que poco a poco ha ido enloqueciendo, el doctor Popus sacaría el pene de su cartuchera y, mostrándomelo en plena vía pública me plantearía el asunto como si el médico fuera yo. Rápidamente elaboré una respuesta de emergencia, por si acaso. En eso estábamos cuando se acercó hasta nosotros un negro borracho y bembón, vociferando:
-¡En Mazorra están los locos! ¡En Mazorra están los locos!
Cuando escuché la palabra Mazorra me espanté. ¿Cómo era posible, pensé, que un desconocido se acercara y precisamente hablara de lo que más me preocupa?
Paranoia
Querido hermano Leandro:
¿A través de una inocente conversación una mente excitada por el agotamiento colectivo puede interpretar y transformar literalmente un significado dado y ajeno a su persona e integrarlo a su experiencia personal, de lo cual resultaría que todo cuanto ocurre a su alrededor siempre tendrá múltiples significados? El sujeto, como hipercentro del mundo, podría percibir que la realidad que le rodea es una conjura contra su persona. Interpretaría para luego reinterpretar lo que su mente enferma haya fabricado como una realidad paralela a la realidad, poblándola de fantasmas cada vez más reales, hasta que la verdadera realidad es desplazada por la ficción. Al individuo se le activarían ciertos perjuicios, complejos de culpa, y él solo se destruiría. Su gran clave sería que la realidad que lo rodea es una farsa detrás de la cual todo hecho, toda palabra pronunciada oculta un significado cuya causa tiene que ser la Secta. Y una de las grandes metas de esta mente desquiciada sería: si no estoy al tanto del más mínimo detalle la Secta logrará destruirme.
¿La locura, por fin?
Querido hermano Leandro:
Hace unos días el negro Tabaco me contó que su hija Aracelys tenía parásitos. Durante algún tiempo he estado pensando en los parásitos de Aracelys. Le dije a Tabaco:
-No se lo digas a nadie.
Recientemente el negro Tabaco vino a traerme picadura para mi pipa. Me dijo, cuando entraba a mi habitación:
-¿Finalmente qué es lo que te está ocurriendo? ¿Acaso estás esperando a que vengan los enfermeros de Mazorra a sacarte de estos calabozos con una camisa de fuerza?
-o-
FIN DE CARTAS A LEANDRO
CARTAS A LEANDRO Por: Ramón Díaz-Marzo (CUBANET)
Colección EL PEGASO DE PAPEL
ISBN 0-9702188-4-2
Edición y prólogo: Antonio Conte
Diseño de portada: Nivia Quintela
Impreso:Rodes Printing Miami, Florida
CUBANET
145 Madeira Ave. Suite 207
Coral Gables, FL 33134
TEL. (305) 774 1887
FAX: (305) 774 1887
Este libro se terminó de
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Rodes Printing Corp., Miami, Florida en octubre de 2001
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