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MIDTOWN

El Boeing 757 aterrizó en La Guardia a las diez de la mañana. July me  esperaba de azul: el pantalón de corduroy, las botas de cabritilla, el abrigo de paño inglés, el suéter de lana, el ala del sombrero inclinada hacia la mejilla izquierda, los guantes, la bufanda. Todo iba bien con su piel morena, sus ojos grandes y sus  cabellos recogidos en dos trenzas juveniles.

 

La conocí tres meses atrás en la acera de la casa de Hemingway en Key West. Vestía short blanco, tenis sin medias, una camiseta muy por encima del ombligo con una leyenda impresa: I’m not a cross but kiss me. Una gorra de los Yankees de New York cubría su cabeza abultándole el pelo. Su piel brillaba bajo el sol. La tenía a menos de un metro y absorbí su olor a bosque tropical. No llevaba brasier y los pezones se dibujaban como puntas pecaminosas.

-Oye, ¿ese cartel es verdad?

-Sí, precioso, besa lo que quieras.

 

La besé en la mejilla derecha.

 

-Tú sí que eres atrevida, ¿no?

-Bésame otra vez.

 

La besé en la frente.

-¿Cómo te llamas?

- July.

 

Se quitó la gorra y el cabello rodó sobre la espalda. Lo alborotó con las  manos.

-¿Y tú?

-Enrique.

 

Pagué las entradas y entramos. Recorrimos la casa de Ernest tomados de las manos mientras me contaba algunas bellezas de su vida: abogada en un bufete de Soho, modelo de part time consagrada a una revista de piernas y talles, nunca se había casado ni pensaba hacerlo. Salimos abrazados y caminamos hasta el bar del hotel donde se alojaba, junto al Golfo.

-¿Naciste en New York?

-Sí.

-Te iré a ver cuando vuelva.

-Te estaré esperando.

 

Me besó los labios y sonrió al mar que entraba por los ventanales. Pensé no estoy soñando y me dejaré llevar a donde ella quiera. Mi tío Enrique me lo había pronosticado dos días antes de salir de Saint Petersburg

 

-Vete solo, no sabes lo que puedes encontrarte en el camino. Cayo Hueso se presta para cualquier fogonazo.

Metió en mi camisa un cheque de setecientos dólares, su regalo por el fin de mis estudios de Administración y Finanzas en la Universidad de Tampa.

-No eres lo que parece.

-Nadie es lo que parece, pero quisiera retenerte por un rato, no sé cuánto.

 

Liquidamos los tragos. Hizo una seña y en tres minutos bebíamos otra vez.

-Eres popular aquí.

-Vengo todos los años. De aquí para allá no hay nada. Solo el mar. ¿Te gusta New York?

-Esperaré el siglo nuevo en Times Square, a ver qué trae la bola. ¿Dónde vives?

-En la 38 con la Octava Avenida. Desde mi cuarto puedes  tocar Times Square si quieres. ¿Qué color te gusta?

-A la gente le gusta el azul.

-Te esperaré de azul en La Guardia. Yo me ocupo de todo, sólo déjate querer.

 

Me abrazó. Iba a nevar y el cielo plomizo se precipitó sobre mis hombros.

 

La nieve la vi por primera vez a los 12 años mientras recorría con mis padres la Quinta Avenida. Cuando llegamos a St. Patrick comenzó la nevada fina. Mi padre me elevó sobre sus hombros para que la nieve llegara más pronto a mi cabeza. Seguimos hasta Central Park West and West 72nd St, la esquina del Dakota Building donde Marx David Chapman asesinó a John el 8 de diciembre de 1980. Los viejos adoraban al beatle y me contaban la historia de Lennon mientras escuchaban su música. Me contaron también que en Dakota Building  Roman Polanski filmó El bebé de Rosemary. No sabía quién era Polanski a los 6 años cuando mataron a Lennon, ni ahora, mirando a mamá colocar un ramo de rosas en la puerta del edificio. La nieve caía intermitente sobre el pavimento, los edificios y el césped de Central Park. Agarrados por la cintura los viejos hicieron la caminata. Nos devolvimos por Lexington hasta la 42. En Grand Station subimos al tren que nos llevó hacia las torres gemelas. Cenamos en el restaurant Windows on the World. Desde allí vi la ciudad que se tornaba blanca, la nieve deshaciéndose en los ríos y naciendo otra vez  sobre los  distritos de la Gran Manzana.

 

El recuerdo tomaba cuerpo mientras viajábamos en el taxi. En los meses siguientes a nuestro encuentro sólo escuché su voz y la había visto en una foto que me envió, semidesnuda en Brihgton Beach. La torre donde vivía se elevaba 44 pisos sobre la calle. Desde su departamento esquinero se podía mirar hacia el norte, el sur y el oeste.  El espacio pentagonal estaba separado de la cocina por un counter azul. Dos sofás de cuero verde formaban un ángulo recto y enfrente una mesa ovalada de mármol y madera rematada por  la escultura de una mujer desnuda esculpida en cristal ambarino. Contra la única pared de aquella sala se recostaba un mueble alto de cedro rojo que era a la vez escritorio y biblioteca, y muchos papeles junto a la PC. Colgados de la pared un cuadro de un tal Paul Klee (July me pasó el dato porque soy un ignorante confuso de las artes plásticas) y fotos de ella, desnuda, en traje de baño y las calles y avenidas neoyorquinas. Lámparas sin estilo en los rincones de aquel espacio desde donde mirábamos la nieve desbandarse en todas direcciones.

 

Antes de llegar al departamento me paseó por New York. Se puso de acuerdo con el taxista, un hindú gordo de barba patriarcal, y fuimos del aeropuerto hasta Lower Manhattan, y de allí hasta Harlem atravesando Tribeca, Chinatown, Chelsea, el Greenwich. El taxi siguió por Uper East Side Dio la vuelta y se metió en  West Side, pasó por Columbus Circle, Times Square y nos dejó en el edificio de la 38 calle. Durante el trayecto me habló de las calles y las avenidas que atravesábamos como un regalo bondadoso a mi pasión por New York: Bargain District,  Orchard, las  boutiques Zao y  Seven,  los restaurantes Carmine´s, Gallagher´s, Republic, Sylvia´s Amy Ruth; los bares Rivington 99 Café, y Ángel;  la discoteca Shadow;  The Abyssinian Baptist Church,  la más antigua de la ciudad; la mezquita donde predicaba Malcolm “X”  y,  diagonal a ella,  el Marketplace, un mercado de productos típicos africanos. Toda una fiesta para mis ojos de campesino floridano.

 

-Luego iremos a donde quieras. 

 

Nos encerramos en el cuarto pintado de rosa y oro viejo; la cama alta como un galeón con el respaldo de madera labrada; alfombra azul, dos mesas de noche con lámparas y un closet donde podía dormir a pierna suelta el estado mayor de cualquier ejército. Una puerta de oscura madera comunicaba con el baño. Los pies de la cama estaban orientados hacia el norte. Acostada, July vería las fachadas de los rascacielos en lo más alto. De pie, podía tocar Times Square con la mano, como me había dicho. En sentido contrario, hacia el sur, por la Octava Avenida, el bloque añejo del hotel New Yorker; y aunque no se veían desde el departamento, a la vuelta de la esquina, el Madison Square Garden frente al hotel Pennsylvania, Penn Station, Macy´s. 

 

A la una de la tarde nevaba todavía y tuve la certeza de que no terminaría nunca la nieve de caer. Entró en el baño y cuando salió era la misma más hermosa, destrenzada, el cabello de leona etiope como se lo había visto en Cayo Hueso. Se había cambiado el suéter de lana por una franela blanca que la cubría desde las rodillas al cuello; y las botas de cabritilla por zapatones afelpados. Los pechos desorbitaron mi imaginación. Me tomó de la mano y besó mis labios. Era alta, su cabeza quedaba a la altura de mi hombro. Regresamos a la sala y descorchó una botella de tinto. Nos echamos en la alfombra junto a la ventana a mirar la nieve. Brindamos  por el azar que nos llevó a encontrarnos en la acera de un museo una tarde de ocio.

 

-Nos íbamos a encontrar de todos modos, en un aeropuerto, en el elevador

de un hotel.

 

Tres mujeres llenaban mi universo: dos novias en la universidad, olvidadas, y Danielle, que era una utopía. A los 14 años me fui a vivir con tío Enrique a su casa de Saint Petersburg, frente al golfo. Era dueño de dos restaurantes en Tampa: Iris´s Light  y Tomás ´s Beach. Iris era mi madre; Tomás, mi abuelo. Mis padres trabajaban como viajantes de un laboratorio médico y los viajes ya no les permitían mantenerme con ellos. En época de vacaciones me llevaban. Conocí New York, Chicago, New Orleans, San Francisco, Detroit y Key West. Nunca se separaban ni se alzaban  la voz. Enrique era hermano mayor de mi padre. Más flaco y soñador que el viejo. Me gustaba mirarlo en la terraza de la casa sentado en su butacón con el Steckson de fieltro de abuelo Tomás cubriendo su cabeza. No quitaba su vista del mar reflexionando sobre intrincados asuntos insolubles en su cabeza y en la mía. Sólo una vez llevó una mujer a la casa, una mulata de New Orleans, pichona de francés con negra de Louisiana. Llegaba de la escuela a las cinco de la tarde y escuché una voz bien timbrada que entonaba en francés un tema melódicamente triste. Abrí la puerta y encontré a mi tío reclinado en el sofá con una copa de vino en la mano escuchando a la mujer. Me senté a su lado. Ella cantaba para él. Vestía de blanco, algodón ajustado al cuerpo y zapatillas del mismo color. El pelo rizado y corto se ensortijaba sobre sus orejas huyendo del escueto sombrero azul que adornaba su cabeza. Estaba inmóvil frente a nosotros. Sólo sus labios se movían. Apenas respirábamos metidos de cabeza en aquella voz que la mulata llevaba de un tono a otro con maestría. Cuando terminó mi tío la abrazó. Besó aquellos labios que imaginé húmedos y muy cálidos. Me la presentó como Danielle Labrousse. La mujer me tendió la mano y sentí unas ganas irresistibles de besarla. Me adivinó y se inclinó para imprimir un beso en mi mejilla.

 

-Es mi sobrino Enrique. Me lo dejaron en encomienda. 

 

Siempre tuve la sensación de que mi tío era también el marido de mamá y no el cuñado, pero era sólo la conjetura de un muchacho imaginativo.

 

Danielle volvió a besarme y temblé. El olor a  jazmín que brotaba de sus axilas me hechizó para siempre. Entonces rozó sus labios con los míos. Sentí  muy dulce la humedad de aquella boca.

 

Enrique se fue con ella a la terraza a recibir la brisa fresca del atardecer que comenzaba. Danielle lo besaba sin pudor.

 

Mi tío era un ermitaño y heredé su afición por el silencio. Me sorprendí ciertas mañanas contemplando el ir y venir de las olas sentado en la parte de la terraza que daba a mi cuarto. La casa de dos plantas se levantaba en un sitio despoblado de la playa, y a su alrededor, separadas prudencialmente, otras viviendas de arquitectura diferente a la nuestra.

 

Sirvió más vino y recosté mi cabeza sobre sus piernas. Acarició mi rostro, el pelo. Su cara me recordó la de Danielle. Sentí aquel perfume. La nieve no paraba y me perdí en los ojos húmedos de July. Me desvistió  y rodamos por la alfombra hasta que terminó encima de mí. Convirtió el ensueño en placer.

 

-Eso, bebé, déjate querer.

 

Desperté en el baño. Mientras me enjabonaba la llené de espuma y acaricié sus pechos. Había escuchado que era un rito que cumplen los amantes que se poseen por primera vez, o tal vez se trataba de una formalidad erótica.

 

A pesar de posar desnuda July conservaba un triángulo abundante de vellos alrededor de su sexo.

 

-¿Quieres que me afeite?

 

-No, déjame entrar siempre en tu selva. Si te afeitas no habrá misterio. Ahora todas se afeitan -la acaricié- allá abajo y se quitan la mitad del embrujo.

 

Las luces de Times Square eran un resplandor sumiso que hirió mis párpados. Me abrazó frente al ventanal.

 

-Luego bajamos.

 

Desde el cuarto llamó por teléfono. A la media hora cenábamos crema de espinaca, puré de papas, costillas de cerdo y ensalada de lechuga, tomate y rábanos. Descorché otra botella.

 

-Le conté a mi tío que te pareces a Danielle. Si te cortaras el cabello.

 

-Harías una traslación; te acostarías con ella y no conmigo, como Jimmy Stewart en Vértigo.

 

El vino avivó sus ojos. Volvió el rostro al ventanal. Oscureció en New York.

 

Una noche, a los diez años, me levanté a orinar. Fue una revelación porque nunca iba al baño después de acostarme. Para llegar tenía que pasar junto al cuarto de mis padres. Me llamó la atención la puerta entornada porque mamá se cuidaba de cerrarla siempre. Sentí murmullos y miré. Estaban desnudos. La cabeza de mamá reposaba sobre el pecho de mi padre. Él le acariciaba los cabellos.                                      

-¿No te irás nunca?

-Sin ti no voy a ninguna parte. Sería como naufragar en el asfalto.

-Tengo miedo, Francisco.

-¿A qué le temes? Sólo la muerte puede jodernos, pero moriremos juntos.

 

Me acomodé junto a la puerta para escuchar mejor. La luz de la noche se filtraba por las ventanas del cuarto iluminándolo de azul. Los cabellos de mi madre brillaban bajo la mano de papá. Contuve las ganas de orinar

-Tengo miedo de que esto se acabe.

-Nada se va a acabar.

 

No entendía lo que hablaban. Papá besó a  mi madre con lo que intuí  era una extraña ternura. Volví a mi cuarto y me dormí llorando. Cuando empezaron a trabajar como viajantes nos fuimos a vivir cerca de la oficina principal del laboratorio, en Memphis. Enrique se quedó solo y se mudó a St. Petersburg a la orilla del mar.

 

El  día que me gradué mi tío me abrazó.

-Pasé el restaurante Iris a tu nombre, pero tú administrarás los dos. Yo me voy al carajo, que es el mar.

 

No me alegré demasiado. De alguna manera era igual que mi tío. Nunca le conocí a ninguna amante aparte de Danielle, aunque algunas temporadas se perdía y regresaba más distante. Sus ojos eran de una miel muy clara, como los de papá. 

 

Una tarde de septiembre mi tío me esperaba a la entrada de la casa que daba al jardín. El sombrero le lucía como nunca y me pareció más alto. Vestía bermudas y camiseta azul con ancla bordada en blanco y sandalias de piel. Bajamos a la playa, su brazo sobre mi hombro.

 

-Los encontraron muertos, cada uno con un  balazo en el corazón.  Mi hermano mató a tu madre y luego se pegó un tiro. Dejó el teléfono escrito en un papel y acaba de llamarme la policía. Hay que ir a identificar los cadáveres.

 

Se detuvo junto al mar. Me dio la espalda, se quitó las sandalias y metió los pies en el agua. Allí estuvo una eternidad, inmóvil. Supuse que lloraba para adentro donde dicen que las lágrimas valen doble. Por fin se dio vuelta, se calzó las sandalias y avanzó hacia mí. Por un momento supuse que iba a revelarme algún secreto.

 

-¿Tienes cojones para ir?

 

No respondí, pero mi tío lo dio por sentado. Comprendí que aquella noche, diez años atrás, había llorado anticipadamente la muerte de mis padres.

 

-Sabía que se iban a matar.

 

Se detuvo en el umbral.

 

-Yo también, me propusieron que los matara porque les faltaba valor. Ahora nadie los podrá separar.

 

Durante el viaje a Teenessee no dejé de pensar en el momento de la muerte de los viejos. Papá disparándole a mi madre. Papá destrozándose el corazón. Empecé a temblar y Enrique apretó mi brazo con fuerza hasta que me contuvo. Me recliné en el asiento del avión, cerré los ojos y los vi desnudos en la cama conversando en murmullos; imaginé que me miraban envueltos en la luz azul de la luna.

 

Cuando llegamos a casa la policía nos esperaba para identificar  los  cadáveres. Recorrí la sala y estaba igual. El florero de mamá, el retrato de la boda en una mesa junto a la chimenea, la lámpara de lágrimas, los muebles y mi retrato sobre una pared blanca. Un oficial hizo una seña y entramos en la habitación.  Terminada la identificación dos detectives llamaron a mi tío y se encerraron en mi cuarto durante media hora. Fue un interrogatorio de rutina porque no estaban convencidos de que el caso se trataba de un pacto suicida. No encontraron otra huella de violencia y no faltaba ningún objeto de valor. Le preguntaron a mi tío dónde estaba la noche que murieron mis padres.

 

-En St. Petersburg, con mi sobrino  –respondió.

 

 Corroboré la versión de tío Enrique. Todo estaba intacto. La policía se confundió por la colocación de los cuerpos sobre la cama, como si unos brazos cariñosos los hubiesen acomodado.

 

Nevaba menos. July me abrazó. Sus brazos me rescataron de aquel instante donde se congelaban las estructuras de la ciudad.

 

Sirvió los restos del  vino. Las barredoras hacían su trabajo de allanar el camino a los carros y los transeúntes. Dejó de nevar y July me vistió para el frío de la noche.

 

En la entrada del edificio se acumulaba la nieve de la tarde. Nos escabullimos y cruzamos la 38. Enfilamos por la Octava Avenida rumbo a Times Square. Sentí su brazo abracándome y fue un remedio contra los recuerdos. Nos detuvimos frente a la estación de autobuses, asediados por chinos, hindúes, polacos, judíos, norteamericanos, mexicanos, españoles, dominicanos, japoneses, musulmanes, somalíes, nigerianos. Un mosaico de hombres y mujeres que evidenciaba algo que había aprendido la primera vez que visité la Gran Manzana con mis padres: New York nos pertenece como ninguna ciudad del mundo. 

 

Junto a nosotros se alzaba una valla inmensa anunciando una peluquería. Un hombre y una mujer se miraban sonrientes y despeinados. Debajo de la pareja un cartel: USE YOUR HEAD.

 

Miré los ojos negros y húmedos de July.

 

-Sé lo que estás pensando, pero no lo creo.

-¿Me matarías si me amaras como amaban tu tío y tu padre a Iris?

 

Leí otra vez la leyenda de la valla y sonreí.

 -Sí, moriríamos juntos, muy juntos.

 -¿Por qué Enrique y tú mintieron a la policía? Tú no estabas con él aquella noche.

 -No sé ni quiero averiguarlo.

  

Se soltó del abrazo y me tomó la mano.

 

-Vamos a bailar a Shadow, precioso. Es el mejor antídoto contra la muerte.

            

 Otra vez, imperceptible, caía la nieve sobre Midtown.

ACONTE1812@aol.com  


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