COMO BRONSON Y O’NEAL (cuento)
- Por Juan González Febles
- Publicado 14/01/2010
Ellos preferían vivir la vida de los últimos protagonistas de la última película. Las últimas películas fueron The Driver por Ryan O’Neal y Rescate en Entebbe por Charles Bronson. Tin se sentía chofer por contrata para asaltos a bancos y cualquier otra empresa peligrosa e ilegal, era Ryan O’Neal en The Driver; Tomy a su vez era un coronel israelí, calificado para rescatar rehenes de manos de terroristas sin piedad. En la casetera, Christoffer Cross decía Sailing y nuestros amigos eran felices y vivían su sueño.
Arletti tenía diecisiete años y quería ser periodista. Oía a escondidas la ‘dobliu’ y soñaba con el periodismo de las películas del sábado. Como estudiaba en la escuela especial Lenin, no andaba lejos de su sueño. Sólo que la escuela Lenin le aseguraba el periodismo de Granma y este no era igual al periodismo de las películas del sábado. Tenía como suele suceder, una amiga del alma. Rosa Karla era esa amiga, estaban unidas por idénticos sueños secretos y por el culto a la dobliu. La dobliu era una emisora asentada en Miami, una emisora del enemigo. WQAM se encargaba de proporcionar la banda sonora de todos o la gran mayoría de los sueños de aquel entonces. Era el vínculo secreto entre Tomy y Tin, Arletti y Rosa Karla y para los iniciados, sólo la dobliu.
Pero había más. Para Arletti y Rosa Karla los hombres ‘mayores’ de entre veinticinco y treinta años resultaban altamente atractivos y peligrosos. Por otra parte, para Tomy y Tin, las niñas de diecisiete y dieciocho, con uniforme escolar y aroma a regaños de padres y maestros eran parte de la banda sonora o el complemento infaltable de cualquier película de sábado.
Arletti estaba sola. Ella y Karla se separaron apenas salieron de Cuatro Ruedas. Allí, afirmaron ser lesbianas y ser pareja. También la disposición de salir del país como escorias. Ocultaron que eran estudiantes del Instituto Pre Universitario Vocacional Vladimir Illich Lenin. El oficial de policía que las atendió, apenas levantó la vista para mirarlas y ella lamentó haberse cortado el pelo. Aunque se esforzaba por endurecer los gestos apenas lo conseguía. Si el tipo la hubiera mirado, habría descubierto la mentira, pero no lo hizo. También, se sentía desnuda sin sus aretes. Era muy raro que lamentara la falta de atención del policía, su pelo y sus aretes, pero era un hecho. El uniformado estaba cansado y como buen revolucionario sentía una mezcla letal de odio y de asco, contra la escoria que atendía. Total: Dos tortilleras más en la lista de salida para el paraíso. Qué más da.
Ella y Rosa Karla se despidieron. La turba la esperaba unas cinco o quizás seis cuadras de su casa. Echó a correr calle abajo pero fue alcanzada. Le gritaban cosas horribles. La golpeaban en la cabeza y en todo el cuerpo. Entre la turba, una mujer que llevaba una botella, le echó encima parte del contenido. Eran orines. Orines viejos muy pestilentes. Como si hubiera añejado el asqueroso líquido durante muchos días, luego de haberlo coleccionado durante un tiempo igualmente largo. Le ardían mucho las piernas. Sus piernas eran hermosas y muy bien torneadas. Piernas para modelar, admirar o quizás, de acuerdo con las libres y permitidas fantasías, para mordisquearlas y besarlas muy despacio. Una mujer de aspecto desagradable la golpeaba en las piernas con una vara que cortó de algún arbusto. Tenía marcas enrojecidas hechas por la mujer desagradable de la vara. Quería tirarse en el piso a llorar, pero corría. También olía mal, muy mal. Le tiraron huevos podridos y estos al combinarse con los orines producían una combinación de espanto para cualquier nariz.
Arletti corría. Primero quedó paralizada, luego corrió y corrió. Pero en el fondo, quería rendirse. Sólo detenerse y morir…
Tin y Tomy, doblaron por Juan Delgado y se encontraron con una turba, que les impedía ver el resto de la calle. Avanzaron lentamente y tomaron precauciones para no atropellar a nadie. A fin de cuentas, se trataba del ‘pueblo enardecido’…
Cuando consiguieron rebasar a la turba, vieron a una muchacha que corría y estaba a punto de desfallecer. Fue entonces que dejaron de ser Tin y Tomy. Se miraron y asintieron con las cabezas. O’Neal aceleró hasta quedar a la altura de la joven que corría, Bronson abrió la puerta del auto, tomó a la joven de la mano y la atrajo hacia sí. Una vez que la rehén estuvo a salvo, Bronson le hizo una señal a O’Neal y fue cuando este aceleró y dejó a la turba con dos palmos de narices. Arletti pidió que la llevaran a casa de su abuela que vivía a la sazón en Marianao. Luego que la anciana se recuperó del susto, obligó a los salvadores a quedarse, “sólo un minuto”. Les hizo relatar más de una vez como encontraron y salvaron a su ‘niña’. Les brindó croquetas, dulce de coco con queso, refresco de tamarindo frío y café.
La casa de abuela, tenía un patio interior grande con cocoteros y árboles frutales. Había mangos, aguacates y tamarindos. La anciana cultivaba rosas y se pasaba bien a la sombra y el fresco. Arletti invitó a Rosa Karla y estuvieron juntas hasta que les llegó el turno para viajar. En otro orden de cosas, todo salió en el mejor estilo hollywoodense, como las películas del sábado. Ganaron los buenos y tanto Bronson como O’Neal se ligaron con las muchachas lindas. Salieron con ellas durante el tiempo de espera y las despidieron cuando abandonaron el país.
Poco tiempo después, estaban citados en el despacho del director. Este era un artista de renombre recién estrenado como empresario. Como no se trataba de un burócrata, disfrutaba de algunas licencias y de la ilusión, de que su criterio era respetado. El director no estaba solo. Junto a él, en el despacho esperaba un individuo que vestía jeans azules marca Lee, botines de suela ancha, camisa de cuadros azules y espejuelos Ray Ban. La camisa la usaba por fuera para ocultar el arma de reglamento. Tomy y Tin sabían que serían confrontados por la Seguridad del Estado.
El director les presentó al recién llegado. Este era de pocas palabras. Se limitó a decir que desde un auto estatal se protegió a la escoria. Según expresó, la zona de los CDR protestó porque (siempre según los CDR) desde el auto a gran velocidad, se puso en peligro a hombres y mujeres del pueblo que indignados, manifestaban su apoyo a la revolución y a Fidel.
Tomy y Tin se miraron. El director tamborileaba con los dedos sobre la mesa y detrás en la pared un la fotografía retocada de Che Guevara, parecía reconvenirles. El desconocido permanecía silencioso, los miraba con el aire de superioridad conocido y esperaba.
El primero en hablar y a la larga el único fue Tomy.
-Fuimos nosotros-dijo- íbamos por Juan Delgado cuando descubrimos a una muchachita, era casi una adolescente. La golpeaban y le decían cosas horribles. El caso es que cuando vino el compañero del Partido provincial a dar su conferencia, explicó que Fidel desconocía lo que pasaba en las calles, porque nadie le informó que era en verdad un mitin de repudio… El hombre nos dijo que tratáramos que la sangre no llegue al río, que cuando las cosas salieran de control, eso había que pararlo. Eso fue lo que nosotros hicimos…
El hombre de la Seguridad quedó silencioso por un larguísimo instante. No podía desmentir al funcionario del Partido Comunista y decir que quien ordenó tales espectáculos era el propio Fidel Castro en persona. Pero debía decir algo y lo hizo.
-Yo ya me imaginaba algo de esto. No se puede esperar menos de jóvenes revolucionarios como ustedes. Lo que me preocupa es que se pueda poner en peligro la vida de cederistas y revolucionarios, en fin, del pueblo enardecido. Para mí está claro, eso sí, la próxima vez, llamen a la policía. Ellos sabrán que hacer -concluyó.
Poco más, poco menos de un mes más tarde, una súbita restructuración dejo cesante a Tomy y Tin. Lo último que se supo de ellos, es que Tin de cuando en vez envía un correo a Tomy, desde Alaska. Trabaja allí, atraído por el buen salario en prospecciones petrolíferas. Arletti es una muy competente enfermera especializada en terapia intensiva en Boston. Tiene una hija que estudia periodismo, ha engordado y canta en el coro de su iglesia. Recientemente enviudó de su último marido argentino. Tanto Arletti como Tin, se comunican por correo electrónico con Tomy que se convirtió en activista pro democracia en la Isla.
Rosa Karla vive en Amsterdam. Se casó con un holandés loco que trabaja con computadoras y es activista de Greenpeace. Ella participa en manifestaciones contra el régimen de La Habana y es la única que de tarde en tarde envía dinero a Tomy y mantiene con él, una comunicación estable a través de correos electrónicos y recados personales.
Todos siguen atados de una forma u otra con la banda sonora de sus tiempos. Aunque no exista la dobliu, Christoffer Cross, los Rolling Stones y Donna Summers, cantan para ellos en algún lugar perdido de la memoria o del olvido.
Fin
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