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QUIEN MATO AL POETA

Santa Fe, La Habana, 14 de enero de 2010, (PD) No es sorpresa para nadie que después de transcurridos casi 50 años de régimen castrista, su prensa destacara por primera vez que fue Francisco Riverón Hernández y no Carilda Oliver Labra, el primer escritor que, en diciembre de 1956, se inspirara en Fidel Castro para hacer un poema. Los regímenes dictatoriales son expertos en la manipulación de vivos y también de muertos.

Juan Carlos García Guridi, investigador literario que entrevistaron en el periódico Juventud Rebelde para dar la noticia, no parece conocer del todo la verdadera historia de los poemas de Riverón y Carilda.

Respecto a Carilda, yo no podría decir si realmente alguna vez se arrepintió de haber escrito aquellos versos el 5 de marzo de 1957, titulados Canto a Fidel, sobre todo durante las tres décadas que el gobierno castrista la tuvo marginada y humillada en su vieja y deteriorada casona matancera. Riverón sí lo expresó muchas veces a sus más íntimos: “Le hice un poema a un dictador”. Los poetas también suelen equivocarse.

Con todo el derecho del mundo puedo escribir sobre este amigo de mi juventud, porque fuimos inseparables durante varios años. Nuestra gran diferencia de edad me hacía quererlo como a un padre.

El poema de Riverón, Gracias, Fidel, fue lo que inspiró a Carilda para hacer el suyo. De eso no tengo la menor duda. Ambos poetas sostenían largas pláticas nocturnas por los años 50, muchas veces en mi presencia, de forma descarnada y con gran sinceridad. Creo incluso que continuaron viéndose entre 196l y 1975, alejados e inconformes ambos de la llamada Revolución Cubana.

Hace cuatro años se publicó en Miami la novela de Riverón, Diógenes 70 o Las dos caras de la moneda, gracias a su hijo Efraín, quien heredó el talento y la maestría poética de su progenitor. Efraín tuvo la cortesía de enviarme un ejemplar dedicado que leí con gran emoción y cariño: “Para Tania Díaz Castro, por cuya sangre corren los versos de mi padre y que sin su amor y esfuerzo no hubiera sido posible su publicación”.

Los libros inéditos de contenido contestatario de Riverón representan algo muy sagrado en mi vida. Los tuve escondidos en mi casa durante mucho tiempo a petición de Efraín y gracias al Comité Cubano Pro Derechos Humanos pudimos enviarlos al exilio en 1987.

En el prólogo de su novela, escrita en un leguaje directo, claro, y saturado de mensajes y observaciones sobre esta tragedia cubana que aún produce sangre y lágrimas –el régimen de los Castro-, el poeta explica su posición política como disidente, que mantuvo hasta el final de sus días: “Mi novela se limita a repartir a los cuatro vientos lo que ha recogido de la tormenta cotidiana que azota a mi país. Cuba es una república de esclavos y lo absurdo de esa realidad es que son sus propios esclavos los que están obligados a defender el régimen que los esclaviza.”

A Riverón no lograron silenciarlo cuando los agentes de la Seguridad del Estado invadieron su casa, lo amenazaron con encarcelarlo, lo llamaron contrarrevolucionario y le ocuparon las cuartillas que escribía y que luego el poeta volvía a escribir a mano -con copias para que sus mejores amigos pudieran salvarlas-, porque le prohibieron que su vieja máquina de escribir funcionara. La presidenta del comité revolucionario de la cuadra estaría atenta.

Pese a esas medidas represivas al estilo stalinista, una gran parte de sus libros llegaron al exilio: Socorro, Reloj de hospital, La isla perdida, Diógenes 70 y Desde donde vivo, publicado este último en 2000, también en Miami. Eso era precisamente lo que trataban de evitar los agentes castristas cuando llenaban de terror el alma del poeta: que nadie pudiera leer lo que escribía con tanto sufrimiento.

Acosado, amenazado con la cárcel y sin poder trabajar en ningún sitio, su corazón comenzó a debilitarse, hasta que murió el 13 de enero de 1975 a consecuencia de un segundo infarto cardíaco. Tenía 58 años. La Seguridad del Estado lo había matado. Todos lo pensamos. También me lo dijo Heberto Padilla en presencia de Belkis Cusa Malé, su esposa.

¿Había enfermado su corazón de miedo? El mismo lo confiesa en su prólogo cuando dice: “Amo mucho la vida y si el ojo vigilante que me rodea descubriera esta prueba escrita y me hace presa de su fría crueldad congénita, probablemente moriré de miedo.”

Habrá muerto de miedo el poeta, tal vez sin sospechar que el régimen le temía mucho más a él, a su talento, a sus libros que quedarán para siempre en la historia, a su carácter modesto y sencillo, a su alma noble y valiente, tan humano, que jamás quienes lo conocimos, podremos olvidarlo.
vlamagre@yahoo.com


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