LOS CORCHEROS
- Por Frank Correa
- Publicado 14/01/2010
Encontrar a la fortuna es siempre difícil, y más en un Período Especial. Cuando le aparece a un corchero, puede venir convertida en un gran pez, que se pueda vender rápido y garantice el sustento familiar. A veces brota junto al corcho, vuelta un misterio sumamente rentable, pero dolorosamente peligroso. O en un tesoro de galeón español hundido, pero esto ya va solo con la imaginación de Nilo, el más viejo de los corcheros, siempre viviendo al borde del paroxismo, al que hace poco, para colmo, le diagnosticaron cáncer en la lengua.
Nilo estaba obsesionado con coger un gran pez que lo sacara de apuros. Cuando llegó el verano, comenzó a correr la voz de que en noviembre pescaría un castero, el más grande ejemplar de la familia de la aguja. Nilo se caracteriza por su carácter solaz y parlanchín, tal vez por eso la vida se le ensañó con la lengua. En septiembre y en octubre salió con el corcho todos los días, pero no cogió nada. Los corcheros, para mofarse, cuando pasaban por su lado en los trajines de sacar las carnadas, o mientras echaban los corchos al mar, decían con voces jocosas:
--¡Vaya… castero…!
--¿Ustedes piensan que es mentira? Este año voy a pegar el castero más grande que se haya sacado desde un corcho.
En la primera madrugada de noviembre, mientras echaban los corchos al mar, un joven pescador de nombre Damián, que siempre sale junto a Nilo para aprender sobre el arte de la pesca, le preguntó por qué tanto apuro.
–No te despegues de mí --le dijo Nilo --. Hoy voy a coger el castero.
Salieron como a las tres de la mañana. Dejaron atrás el resplandor de Santa Fe y se adentraron en las profundidades del golfo. Nilo dejó un sedal a cien brazas y otro a ciento cincuenta, con chicharros muertos ensartados por los ojos. También dejó un nylon de 56 libras al vuelo, con un anzuelo números seis, pequeño para las presas grandes pero hecho a mano, fuerte, afilado, sumamente seguro, con un chicharro vivo nadando con la corriente; pero al tensarse el nylon, lo obligaba a regresar y comenzar nuevamente el trayecto, algo que llama poderosamente la atención de los peces grandes.
Al amanecer, Nilo sintió moverse el sedal al vuelo, lo tomó entre su dedo índice y el pulgar, y con suavidad registró la magnitud del pez que se comía al chicharro. Era enorme, era su pez y sintió una felicidad absoluta. Se mordió la lengua para no avisarle a Damián y a los otros corcheros apotalados más lejos, que se había cumplido su vaticinio, pero no abrió la boca, permaneció atento a lo que hacía el pez, que se llevaba el sedal.
Se sentó firmemente sobre el corcho, con el carrete entre las piernas y dejó que el nylon corriera. “Es un castero enorme”, pensó, “ahora se está dejando caer hacia el fondo, para engullir el chicharro sin apuro, lo tiene apresado firmemente entre sus mandíbulas. Come como un macho. Cuando se detenga, tengo que engancharlo, entonces comenzará la batalla”.
Al poco rato, el sedal se detuvo. Nilo se plantó firme sobre su corcho, y tiró con todas sus fuerzas. Al sentir engancharlo, supo la inmensa proporción del pez. Entonces gritó con todas las fuerzas que le permitió su lengua cancerosa, como intentando que lo escucharan en todo el mar, incluso hasta en tierra: --¡Estoy pegaooooooo…! ¡Cogí el casterooooo…!
“Estar pegao” es la frase natural que utilizan los corcheros para comunicar que han enganchado una pieza grande. Luego viene la batalla de matarlo y subirlo, batalla cruenta que libró Nilo en las siguientes cuatro horas, arrastrado mar afuera por aquella bestia marina desde su pequeño y frágil corcho, con el cansancio de toda la vida y los incontables golpes del Período Especial, que lo lanzó de cabeza de caricaturista de la revista Bohemia a la supervivencia social en busca del sustento como corchero de la playa de Santa Fé, en La Habana.
Damián se había acercado cuando el pez comenzó a llevarse a Nilo rumbo noroeste. A toda prisa Nilo le dijo que se amarrara a su corcho, y el joven pescador viajó remolcado por espacio de muchas millas. Durante el trayecto, Nilo le explicó que los casteros tenían la rara costumbre de tomar siempre al noroeste. Que era un macho por la forma de dejarse caer mientras comía, y que para esta época del año y a esa distancia de la costa, debía ser enorme. Con mucho cuidado, se atravesó el sedal a la espalda y se lo acercó a Damián para que sintiera el peso del pez. Cuando el joven tuvo el sedal en la mano, sus ojos se abrieron desmesuradamente. “Es como estar apotalado”, balbuceó.
“Lo que mata al castero es su ferocidad”, le dijo Nilo: “Su estupidez de llevarse a remolque lo que acababa de engancharlo termina con su vida. Ahora arrastra todo el peso de los cuatrocientos metros de sedal que lleva cobrado, el peso de oposición de la corriente y los dos corchos con sus dueños. Si tuviera un ápice de inteligencia giraría al sur, nos embestiría virando los corchos como a basuras, nos atravesaría fácilmente con su estilete, o nos ahogaría con su peso, pero no piensa, no sabe, lucha hasta quedar sin fuerzas, y entonces se infarta.”
Al rato apareció el pez moribundo en la superficie. Nilo lo amarró al corcho y regresó remando a la orilla, loco de alegría con su triunfo. Contó Damián al regresar por la tarde, que al rato de marcharse Nilo, la hembra del castero subió a la superficie y nadó largo rato alrededor del corcho, buscando a su macho. Dice que era tan grande como el otro y se desesperó por no poder atraparla. Le tiró un chicharro, un carajuelo y una sardina, pero no picó. Estuvo tan cerca de ella que casi le mete la carnada en la boca y la engancha con la mano, aunque no hubiera sabido qué hacer después. Fue cuando comprendió que le faltaba mucho para merecer una pieza así. Se quedó en el corcho, a merced de la corriente, llorando como un niño.
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