MENSAJE A LA COMUNIDAD INTERNACIONAL
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- Publicado 22/01/2010

Cuba está en crisis. Sin exageraciones posibles, esta crisis es total. Lo que no constituye la noticia más importante en relación con nuestras opciones de futuro. Las cuestiones básicas respecto al destino de nuestra nación atraviesan dos ángulos: la crisis del liderazgo político y la ausencia de sentido estratégico asociada.
Esto desorienta a los cubanos y a la comunidad internacional. Qué hacer para lograr la normalización de Cuba dentro del tablero mundial ha sido un desafío a toda la imaginación política en las últimas décadas. La razón es una: con independencia de que el país participa plenamente en los organismos de las Naciones Unidas, no es una nación solvente dentro de las dinámicas globales actuales. No lo es ni en la economía, ni en la política, ni en los mecanismos de integración, ni en los modelos de interacción que conectan hoy a las sociedades, a la economía y a las personas entre diferentes Estados. Solo en el ejercicio político de la solidaridad encuentra el país un reducto de inserción importante.
Ni siquiera dentro del ALBA, bajo su fórmula fundamental de vínculos intergubernamentales — fórmula superada por todos los mecanismos de integración regionales en el mundo— Cuba encuentra una zona coherente y consistente de intercambios. En sentido estricto, el ALBA es un espejismo de interrelación que constituye un peligro de seguridad nacional a mediano y largo plazos para Cuba. Este mecanismo reproduce los mismos esquemas de dependencia y supeditación a economías externas que en el pasado. En este caso con consecuencias peores. La economía de Venezuela, rectora del proceso, es una economía desestructurada, sin primacía en el subcontinente y controlada por un liderazgo altamente desajustado.
Esta insolvencia internacional del Estado cubano se extiende a los comportamientos estándar en tres materias que están definiendo el lugar de las naciones en el futuro previsible: las comunicaciones, los derechos humanos y las tecnologías. Con las actuales dinámicas en estas materias, no parece haber lugar para Cuba, incluso entre sus socios más allegados en el mundo.
Es esta soledad global electiva la que hace de Cuba un Estado pendenciero en la arena internacional. Incapaz de adaptarse y de flexibilizar sus conductas a los ambientes y ofertas de diálogo con las que no hemos contado en 50 años, las autoridades de la isla suelen refugiarse en la estridencia verbal, en el arcaísmo retórico y en los discursos morales frente a todas las perspectivas positivas para relacionarnos civilizadamente con el mundo.
Esta búsqueda permanente del conflicto, junto a los intentos infructuosos de neutralizar todos los acercamientos a occidente, y a la negativa constante de readaptar las bases del Estado a las mutaciones en la sociedad y mentalidad cubanas tienden a desaconsejar la continuación en las políticas que, fundamentalmente Europa y los Estados Unidos, vienen ensayando con poco éxito visible. Parece evidente que el gobierno cubano está estructuralmente atrapado dentro de su propia naturaleza confrontacional. Y la respuesta obvia del mundo debería ser, piensan muchos, una respuesta simétrica que reproduzca alguna especie de guerra fría minimalista desde aquellos centros de poder.
En Arco Progresista creemos que no debe ser así. Las ofertas de diálogo provenientes del gobierno de los Estados Unidos, al lado de las medidas de distensión y contactos entre familias y personas de ambos países están en la dirección correcta. Si a ello se unieran un debate serio y de calado respecto a la política de los Estados Unidos hacia Cuba, cambios dramáticos en las políticas migratorias y de refugio político, y una apuesta más decidida por la diplomacia ciudadana, el escenario estaría más adelantado para descompensar la lógica agresiva de las autoridades cubanas. Del mismo modo, el cambio de política de la Unión Europea hacia un diálogo constructivo y un mayor acercamiento hacia Cuba y su gobierno siguen el camino más apropiado.
En ambos casos, desde los Estados Unidos y la Unión Europea, se está contribuyendo a fortalecer la idea de que en el siglo XXI confrontación y diálogo no son políticas intercambiables para manejar cambios pacíficos en regiones, sociedades y naciones sin conflictos violentos. Este solo mensaje es muy favorable para una sociedad erigida y estructurada sobre la base del conflicto y la carencia de lenguajes comunicativos. Nunca antes hemos gozado de un clima de distensión global como el existente ahora mismo para reencaminar a la sociedad cubana sobre otras bases.
Pero estas políticas están ahora bajo un fuerte escrutinio público. La falta de resultados medibles, y el inmovilismo irresponsable del gobierno, que roza la frontera del cinismo de Estado, alimentan a los críticos del diálogo. Sin embargo, en Arco Progresista somos de la opinión de que la crítica de estas políticas no está bien encaminada. Ellas están en plena sintonía con la evolución, los intereses y las aspiraciones de la sociedad cubana que, desde luego, van en dirección contraria a la evolución, intereses y aspiraciones del Estado cubano. Y los Estados no son los únicos actores legítimos en una sociedad. Por eso pensamos que la actual discusión en relación con la Posición Común de la Unión Europea podría estar perdiendo la perspectiva fundamental del debate y orientación políticos.
A nuestro modo de ver, de lo que se trata es de afinar mejor la correspondencia clara entre las visiones compartidas por Europa y los Estados Unidos con la sociedad cubana, respecto a cuál debe ser el futuro de los ciudadanos, cuál debe ser el papel de los derechos humanos, y cómo potenciar los vínculos en tales direcciones en un mundo globalizado como el de hoy. La cuestión se podría reducir por tanto a esta: ¿qué políticas son más efectivas para lograr objetivos comunes?
Reducir los compromisos, los principios y los valores democráticos a una posición puede alejar más las opciones posibles para encontrar las fórmulas adecuadas a nuestros fines comunes, haciendo de la política real un mero símbolo. Aferrarse no es la psicología de las democracias.
Hasta la presidencia de Barack Obama, las políticas de los Estados Unidos hacia Cuba respondían a un tipo específico de Posición Estadounidense que encajaba muy bien con el modelo político implantado en nuestro país. Desbordar esas posiciones, buscando modelos eficaces para conectar la sociedad cubana al mundo, a pesar de su gobierno, nos parece la mejor manera de acortar los tiempos de la democratización cubana.
Las recientes movidas del gobierno cubano son la mejor confirmación del valor agregado que para este tiene la confrontación. La represión descubierta de activistas, comunicadores y defensores de derechos humanos, comparten un objetivo estratégico con los insultos solemnemente inmaduros al presidente de los Estados Unidos y con la expulsión de un respetado eurodiputado socialista español: minar las bases estratégicas del diálogo y la distensión que posibilitarían la mejor inserción de Cuba en el mundo. La pregunta derivada para la comunidad internacional es la de si debe sacrificar la madurez, la serenidad y el sentido político necesarios, dejándose provocar por la clara desesperación de un Estado pendenciero que, en el límite, abandona su máscara de sensatez.
Arco Progresista cree que eso no se contraría con los mejores intereses de la sociedad cubana.
Manuel Cuesta Morúa
Portavoz