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ACUDIR A NYLIAM

Santa Fe, La Habana, 21 de enero de 2010, (PD) Una crónica bien enternecedora ha escrito mi colega Nyliam Vázquez García el 19 de noviembre pasado en el periódico Juventud Rebelde. Como si ella hubiera llorado mientras escribía, nos cuenta que Gerardo Hernández, uno de los cinco cubanos condenados en 2001 a largos años de cárcel en Estados Unidos bajo el delito de espionaje, ayudó a sobrevivir a un pajarito recién salido de su cascarón, en la prisión de máxima seguridad de Victorville, California.

 

La crónica de Nyliam me ha hecho recordar algo que me ocurrió a mi, muy parecido a lo de Gerardo. Sólo que mi animalito no era un pichón, sino un pequeño insecto que apenas pudo crecer a mi lado.

 

Estaba yo en las tapiadas de la Seguridad del Estado, acusada de rebelión, y bajo amenaza de fusilamiento, aunque luego resultó ser asociación ilícita y prisión domiciliaria.

 

Por orden de Fidel Castro permanecí allí, completamente incomunicada, durante seis meses del año 1990. La dictadura castrista no soportaba que encabezara el Partido Pro Derechos Humanos de Cuba desde su fundación, el 20 de julio de 1988, gracias a la iniciativa de Ricardo Bofill Pagés.

 

En abril, por los días de mi cumpleaños, en medio de aquella tenebrosa soledad, amenazada con la muerte y sin ver a mis pequeñas hijas, un extraño personaje entró a mi celda para dormir debajo de mi camastro por espacio de tres días.

 

Era una pequeñita cucaracha que imaginé que me miraba con cierto aire de solidaridad.

Le daba de comer de mi bandeja con mucha frecuencia, tratando de imaginar cuál sería su comida preferida y hasta llegué a caminar con miedo, para no aplastarla.

 

Al día siguiente de su llegada, noté que había crecido algo. Tanto, que prefirió dormir en un rincón del baño, como para independizarse de mi compañía. Nunca la toqué. Podía aterrorizarse y  huir. Pero le hablé, eso sí, en voz baja, como a una vieja amiga, para que me comprendiera.

 

Al tercer y último día de su estancia en mi celda, cuando fui llamada al acostumbrado interrogatorio con el entonces mayor Rodolfo Pichardo, sólo pensaba en Tina, mi cucaracha.

 

Presentía que al llegar a mi celda no la encontraría, creyendo la muy infeliz que yo me había marchado en libertad. En efecto, cuando regresé a mi celda, por mucho que la busqué, no estaba. Miré las paredes, los rincones, los dos huecos casi a la altura del techo por donde me entraba algo de ventilación, el pequeño baño, el agua del inodoro, por si se podía estar ahogando, la colchoneta, la sábana. Nada, Tina se había trasladado de celda o se había puesto en camino al centro de La Habana. Me había dejado totalmente sola.

 

Hoy, después de casi veinte años, una idea peregrina viene a mi mente: acudir a Nyliam para que también escriba aquella historia del pequeño insecto que protegí en mi celda.

vlamagre@yahoo.com 


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