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DEMOCRACIA, ECONOMÍA DE MERCADO Y JUSTICIA SOCIAL

El Vedado, La Habana, 21 de enero de 2010, (PD) Existe la confusión muy común de que democracia y economía de mercado son una y la misma cosa. Esto lleva a muchas personas a suponer que si alcanzamos el sistema democrático tan ansiado, todos nuestros problemas serán resueltos de inmediato. O que con una economía de libre mercado daríamos un salto hacia la libertad. La verdad es otra. Aunque ambos conceptos se encuentran en la actualidad íntimamente relacionados, no surgieron a la vez en el desarrollo de la humanidad.

Fue la democracia la génesis de la economía de mercado, el reconocimiento de que era necesario el cumplimiento de ciertos principios de carácter general para regir las relaciones del hombre en la sociedad moderna, llevó a la adopción de otros principios de carácter económico-mercantil.


Cuando hablamos de democracia, nos referimos a relaciones creadas entre ciudadanos libres. Cuando decimos economía de mercado, entonces las relaciones se producen entre consumidores y productores igualmente libres.

Para el ciudadano son fundamentales, entre otros, el derecho a elegir a sus gobernantes y representantes o a ser elegidos, a la libre expresión, a asociarse, reunirse o informarse, en un estado donde los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, sean independientes y se encuentren debidamente balanceados entre sí, bajo la mirada atenta de una prensa libre.


Este mismo ciudadano lo vemos convertido, gracias a la economía de mercado, en un consumidor/productor que puede tener acceso a una computadora, un teléfono celular o un automóvil, y vivir en la  República Popular China, que nada tiene de popular, y aún con libre acceso al mercado, está sofocada por una dictadura totalitaria.

Puede ocurrir también que el ciudadano viva en un país democrático y de libre mercado, pero su acceso a las ventajas del sistema se encuentra limitado al no existir, por ejemplo, un adecuado programa educacional.

Aún en países altamente industrializados, democráticos y de economía de mercado, no todos los ciudadanos disfrutan de sus ventajas. Para salvar estas diferencias, se necesita de justicia social, programas que de forma privada y/o estatal satisfagan las necesidades de los que, por razones diversas, se encuentran en situación de inferioridad.


Pero la justicia social no es como el maná bíblico, no cae del cielo. Se requiere de un alto nivel de eficiencia económica para garantizar una justicia social sostenida y de calidad. Alta productividad es sinónimo de economía de mercado y viceversa. Las economías estatistas y centralizadas son por lo general seis veces menos productivas que las de libre mercado.


Entonces, democracia política, economía de mercado y justicia social, son categorías que no se excluyen entre sí, antes bien, la democracia política sin una economía moderna que la sustente, se encontraría siempre en situación precaria, como es el caso de algunas democracias latinoamericanas que, incapaces  de satisfacer las necesidades de los más pobres, son víctimas de la desestabilización bien aprovechada (y en ocasiones provocada) por el totalitarismo populista siempre acechante.


La sostenibilidad del capitalismo depende del pleno empleo, la seguridad ambiental, la salud pública, la seguridad social, la educación, la diversidad cultural y la auténtica competencia. Son necesidades vitales para el sistema, pero este no las crea de por sí. Debemos esforzarnos por instituir, preservar y ampliar la democracia. Después vendrán los mercados libres y los beneficios sociales que no  son ajenos a la democracia.

hildebrando.chaviano@yahoo.com

http://hchaviano5.blogspot.com

Periodista y Abogado Independiente

Coordinador  del Movimiento de Integración Racial “Juan Gualberto Gómez”


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