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LA RATA EN EL CAMPISMO

Jaimanitas, La Habana, 28 de enero de 2009, (PD) Alexis La Rata no siempre fue el bandido que es hoy. Una vez tuvo nombre y apellidos, un empleo, una familia y hasta un carné de la Unión de Jóvenes Comunistas.

El carné de militante lo ganó a los veinte años, siendo parte del reducto de un batallón internacionalista cubano diezmado en la guerra de Angola, que detuvo el avance enemigo, contraatacó con éxito y puso a las tropas sudafricanas en retirada. Su empleo era chofer de un camión en la Empresa Mayorista de Guantánamo, que manejó durante cinco años al regresar de la misión; se encargaba de repartir los alimentos de la cuota por las bodegas. La familia era Amalia, su esposa, Liliam y Bertica, sus hijas. Su nombre me ha pedido encarecidamente que lo escriba completo: Alexis Formental Izquierdo.

El militante comunista se corrompió rápido, con tanto robo que veía a diario en el almacén. Comenzó a trapichear dentro de la carga los envíos sacados sin autorización por el jefe de almacén, donde se involucraban estibadores y administradores de bodegas. Las ganancias se repartían según el nivel de responsabilidad. El jefe del almacén mayorista y el administrador de la bodega minorista tenían una participación crucial. Luego estaban los custodios, los estibadores y por último el chofer.

Pero Alexis estaba disgustado con las migajas, soñaba con realizar una operación que le reportara un buen billete para vivir un tiempo con holgura. Cuenta que una vez su comité de base tomó un acuerdo de realizar una actividad recreativa un fin de semana en el campismo popular de Cajobabo, sitio de singular belleza en la geografía guantanamera con un enorme peso histórico; por aquella playita desembarcó en un pequeño bote de remos José Martí, el apóstol y héroe nacional de Cuba, junto a Máximo Gómez, el Generalísimo, para comenzar la segunda guerra de independencia.

El campismo popular había sido la solución del gobierno revolucionario al problema de la recreación. Prendió con entusiasmo entre los trabajadores, sobre todo los jóvenes y las familias que gustaban del esparcimiento colectivo y el contacto directo con la naturaleza. Se construyeron cientos de bases en todo el país, a orillas de ríos y playas, con cabañas de bajo costo. Se podían alquilar colchonetas y catres para dormir, balsas, bicicletas. Vendían latas de carne, vegetales, dulces en almíbar. Todas las bases contaban con una pista de baile, con iluminación y música. Las demás comodidades debían garantizarlas por su cuenta los campistas.

El Comité de base de Alexis, llegó al campismo popular de Cajobabo un sábado a las tres de la tarde, con regreso planificado para el domingo a la misma hora. Mientras las mujeres alquilaban colchonetas y balsas, los hombres destapaban botellas y ventilaban las cabañas. Alexis se dedicó a echar un vistazo por los alrededores para ver que encontraba. Descubrió un almacén en un lugar apartado. Miró por las rendijas, vio estibas con cajas de latas, sacos de arroz, frijoles, balsas, colchonetas, catres. No vio un solo custodio en el lugar. La parte de atrás del almacén daba directamente a la carretera de Guantánamo. De inmediato se activó en su mente la filosofía de rata. Iba a convertir aquella actividad recreativa en un trance comercial.

Casi al anochecer, los militantes del comité de base y sus familiares comenzaron a preparar la comida sobre piedras que juntaron alrededor de la pista de baile. Encendieron fogatas con palos y ramas. Estaban alegres, cantaban en coro y algunos ya estaban borrachos. No percibieron cuando Alexis, en combinación con su esposa Amalia, planificó el golpe. Salió de manera furtiva del campismo hasta la carretera, pidió un aventón a un auto que lo llevó hasta Guantánamo. Fue a la base de transporte de la empresa y cuadró la jugada con un custodio, que permitió sacar el camión y regresar en él al campismo. Parqueó marcha atrás, con la plataforma colocada directamente en la puerta trasera del almacén. Forzó el candado y con toda la naturalidad del mundo realizó su faena diaria de cargar su camión hasta el gollete, pero esta vez sin ayuda de los estibadores ni la congoja de recibir una parte mínima. Cubrió la carga con una lona y la amarró fuertemente con sogas. Cerró la puerta del almacén y colocó otra vez el candado, regresó a la ciudad sin problemas, descargó la carga en un lugar seguro y guardó otra vez el camión en la base. Tuvo mucha suerte en el regreso, al ser recogido por el ómnibus que hace el recorrido habitual Guantánamo-Cajobabo.

Cuando estuvo nuevamente en la pista de baile de la base de campismo, en short, descalzo y fingiéndose borracho, Amalia le susurró al oído que nadie había reparado en su ausencia. Bailaron y bebieron hasta el amanecer. Durmieron en la cabaña todo el domingo hasta que el ómnibus alquilado vino a recogerlo. Dice Alexis que aquella operación funcionó como un reloj y la mercancía se vendió sin problemas. Le sacó tanto dinero a aquel paletazo, que incluso alcanzó para ayudar a su mujer con las jabas que tuvo que llevarle a la prisión durante tres años, cuando poco después la policía lo detuvo en una operación de venta de arroz y frijoles robados del almacén mayorista.
beilycorrea@yahoo.com

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