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UNA NACIÓN QUE HA DESAPARECIDO

Habana Vieja, La Habana, 28 de enero de 2010, (PD) Se calcula que 200 mil personas murieron a consecuencia de la falla tectónica ocurrida en Puerto Príncipe, capital del vecino país de Haití, el pasado 12 de enero. 200 mil muertos, que es el equivalente a dos bombas atómicas como las lanzadas en Nagasaki e Hiroshima.

El sismo que sacudió Puerto Príncipe fue de 7 grados en la escala Richter, lo cual ya se considera un terremoto importante. Eventos sísmicos como este no habían ocurrido en Haití desde el año 1842. Y 8 días después, el 20 de enero de 2010, se volvió a estremecer la tierra.

La ciencia explica que los terremotos se producen la primera vez por una presión que se libera y las rocas, en el corazón de la tierra, se separan hacia diferentes lados, según sea el caso, y luego vuelven a reagruparse, provocando una oleada de nuevos sacudimientos que gradualmente van siendo menos violentos, a los cuales se les conoce como réplica o acomodamiento de la corteza terrestre.

Diferentes países prestan ayuda internacional, pero los que se han echado el 80 % del problema en los hombros son los EEUU y República Dominicana.

La desgracia ya se produjo y no hay marcha atrás. Ahora lo elemental es ayudar a los que han quedado con vida y reconstruir al país, no sólo en el sentido físico de la infraestructura que necesita cualquier nación para crecer, sino en la idiosincrasia del pueblo haitiano. Es fundamentalmente urgente que los más jóvenes, el relevo de la nación haitiana, reciban asistencia educativa internacional, sea dentro del propio Haití, o fuera del país, para que los haitianos aprendan a gobernarse, tener autoestima, amor entre ellos mismos, y comportarse civilizadamente para refundar una nueva nación.

Todos hemos visto documentales sobre el Vudú: cuerpo de creencias y prácticas religiosas procedentes de África occidental y el sur de los Estados Unidos, que incluyen fetichismo, culto a las serpientes, sacrificios rituales y empleo del trance como medio de comunicación con sus deidades. Sospecho que algunas personas piensan que el terremoto en Haití ha sido un castigo de Dios.

Estoy de acuerdo que el Vudú es una religión demasiado primitiva que sólo responde a un pueblo con un nivel bajo en lo que a herencia cultural se refiere. Pero jamás aceptaré que el terremoto ocurrido sea un castigo de Dios. Peor que el Vudú fueron los infernales campos de concentración de los nazis en la culta Europa y, sin embargo, ¿alguien puede negar la belleza divina del barroco musical alemán?

No soy antropólogo ni politólogo, pero esta es la oportunidad de refundar un nuevo Haití que se parezca un poco más al mundo civilizado.

Vemos como el pueblo haitiano ni siquiera está preparado para recibir ayuda. Se comportan indisciplinadamente y el caos, la falta de responsabilidad individual, reina por todas partes. En el corazón de la capital hombres y mujeres enloquecidos y sin disciplina, cuchillo en mano, se diputan los alimentos que llegan y son distribuidos por la ONU y al final no alcanzan. Hasta algunos policías haitianos corruptos tratan de engañar a las tropas de la ONU, al alegar que están ayudando pero son rechazados por los soldados internacionales que saben que estos policías haitianos sólo quieren cargarse todos los alimentos que puedan para luego venderlos en el mercado negro. Pero también señalamos que las tropas (no sabemos si del ejército haitiano o de la ONU) han cometido algunos errores -¿inevitables?- donde le han quitado la vida a un haitiano por robar un saco de arroz.

También es cierto que todas las carreteras han sido destruidas por el sismo. Entonces en el aeropuerto de Puerto Príncipe, en sus almacenes, muchos alimentos y agua potable permanecen sin que puedan ser entregados a la población que permanece hambrienta en las afueras del aeropuerto por la falta de coordinación y de más presencia militar para restablecer el orden.

Un corresponsal español, Jorge Barreno, reportero de elmundo.es/america declara: “Uno camina por las calles donde puede respirar el olor de la muerte: carne pudriéndose. Y observa la indiferencia con que la población va y viene buscando algo que comer y beber por entre los cadáveres que aún permanecen insepultos. Cadáveres que hay que depositar rápidamente en las fosas comunes sin saber sus nombres: hombres, mujeres, y niños; todos amalgamados en una masa de carne muerta y podrida, para evitar las enfermedades que provocan la muerte cuando no se le echa un poco de tierra encima. Pero hay que reconocer que es un pueblo pacífico en su comportamiento si tenemos en cuenta la índole de la tragedia ocurrida dentro de los parámetros de un verdadero caos”.

El corresponsal continúa: “Hay un aula que quedó intacta de toda una escuela que desapareció bajo los escombros, donde yace un pizarrón y los pupitres. Mi cameraman captó lo que la maestra por ¿ironía o premonición? había escrito sobre el pizarrón minutos antes del terremoto: “Que Dios nos reciba con los brazos abiertos”
ramon597@correodecuba.cu


Las personas corren para conseguir alimentos.

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