Jorge Olivera Castillo
(La Habana 1961) Escritor y periodista independiente. Arrestado durante la ola depresiva de 200 y puesto en libertad a finales de 2004 mediante licencia extrapenal por motivos de salud. El gobierno se niega a dejarle salir del país. oliverajorge75@yahoo.com
¿MICHAEL MOORE, ENAMORADO?
- Por Jorge Olivera Castillo
- Publicado 29/01/2010
Michael Moore añade otra obra cinematográfica a su currículo. Ahora acaba de estrenar “El capitalismo, una historia de amor”, donde muestra el estrecho vínculo entre las personas más acaudaladas y su dinero. El título del documental ironiza sobre una proximidad, (clase pudiente-riquezas) que el autor ubica en el rango de lo pasional.
Así piensa el controvertido cineasta, y ha querido dejar constancia fílmica de sus ideas en torno a quiénes define como culpables de la crisis que afecta al mundo entero.
Según Moore, la falta de regulaciones en el tema de las finanzas, la voracidad del capital a instancias del llamado neoliberalismo y el afán de unos pocos por aumentar sus ganancias desenfrenadamente, sin importarles la vida del resto de la humanidad, son algunos de los motivos más sobresalientes para entender el por qué de las afectaciones en forma de despidos laborales, recortes salariales, restricciones al consumo, entre otras dolorosas realidades.
El visor de la cámara que le acompaña en sus faenas creativas, vuelve a enfocar un tema escabroso y que saca de sus casillas a no pocas de las personas escogidas para lanzarle un par de preguntas incómodas.
Lo cierto es que puede hacer su trabajo sin más temores que el empujón de algún interpelado ante la insistencia en pedir una respuesta formal o ser víctima de una frase displicente o grosera que cierra todas las posibilidades de atención por parte de la persona aludida.
El uso excesivo de la fuerza para repeler una pregunta embarazosa, constituye un delito del que Moore podría sacar una suculenta indemnización y, por añadidura, un notable filón mediático. Sin dudas, ser ciudadano de un país civilizado, respetuoso de los derechos individuales, le permite recrear esas controvertidas historias, sin enfrentar actos punitivos, ni riesgos de consideración.
Sus coberturas, usualmente intemperantes y con una fuerte dosis de irreverencia, van contra lo que considera fallos del sistema y es obvio que en su reciente propuesta narrativa no se aparte de lo que ya es un sello en su filmografía.
Muchos dentro de los Estados Unidos lo tildan de anti-norteamericano; sin embargo, esos señalamientos no lo detienen para continuar haciendo documentales polémicos, punzantes, sarcásticos que levantan una serie de emociones que van del aplauso hasta la reprobación.
Moore dice que lo hace para concientizar sobre la necesidad de modificar el sistema, hacerlo más funcional y justo. Puede que sea un hombre sincero. No obstante hay sospechas de que guarda ciertas simpatías con el imaginario de la izquierda en sus versiones más retrógradas.
En una de sus últimas creaciones, puso a los servicios de salud cubanos como paradigmas y desconoció detalles que deberían haber servido para atenuar las edulcoradas interpretaciones. No hay dudas de que el sistema de salud estadounidense necesita reformas para mejorar su desempeño, pero establecer comparaciones con un país donde decenas de hospitales permanecen a expensas de la falta de higiene, la ausencia de personal calificado y a merced del burocratismo, pone en dudas la credibilidad del cineasta.
Si viviera en Cuba, Moore estuviera preso. Sería un prisionero de conciencia desde el primer éxito alcanzado con “Fahrenheit 9/11”. No importaría la validez o lo desafortunado de sus fines. Aquí las reglas están definidas: el que salga fuera del redil sin autorización, o está loco o automáticamente es un asalariado del imperio norteamericano.
Michael Moore debería celebrar el hecho de haber nacido bajo la soberanía de un Estado de Derecho. Si fuera cubano la policía le hubiese roto la cámara en la cabeza, no sin antes patearlo con exquisitez. De ahí, a una celda a esperar el juicio sumarísimo seguido de la ejemplarizante condena a prisión.
Despojado de su obesidad en tiempo record, a consecuencias de las dramáticas condiciones a soportar en cualquier prisión de Cuba, es difícil que en su mente exista el espacio necesario para idear algún guión. Puede que su intelecto naufrague entre insomnios y maltratos.
Habría que ver la disposición de Moore frente a estos universos del terror. Es muy probable el cambio de su osadía por la prudencia. Con esa transacción, no llegaría a ser famoso, al menos de la manera en que lo ha conseguido en su país natal. Aquí, si acaso, sería recordado como un mártir de la lucha por la libertad de expresión.
oliverajorge75@yahoo.com