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PRIORIDADES

Habana Vieja, La Habana, febrero 18 de 2010 (PD) Cuba pasa a un tercer plano en el encuadre geopolítico regional. Es definitivamente parte del  grupo que sirve de relleno. Ha quedado desenfocada y en el lado donde las luces apenas obsequian un leve destello.

 

Un terremoto ha sido el catalizador de este proceso que impone nuevos posicionamientos en el escenario político. Haití es ahora el centro de atención. Con más de 100 000 ciudadanos aplastados por los escombros, consigue el salto hacia la celebridad.

 

Todos los emporios mediáticos aprovechan la oportunidad de documentar en vivo las imágenes del Infierno en la Tierra. Los micrófonos absorben los gritos de pavor, el lamento de un niño que clama por su familia sepultada, el lenguaje ininteligible de un hombre en shock por haber perdido en pocos segundos a toda su generación…

 

Por otro lado, las cámaras de video también ofrecen una detallada evidencia del caos. El hambre en sus versiones más aterradoras, los mutilados en medio de la intensidad del dolor, las ciudadelas arrasadas y la debacle sanitaria…

 

La república de Haití sale del anonimato a un precio que estremece al mundo. Sus percances humanitarios minimizan lo que sucede fuera de sus límites fronterizos. ¿Qué importancia tiene el ya resuelto culebrón hondureño, las bravatas de Hugo Chávez contra Uribe, el conflicto entre el sandinismo y los liberales en Nicaragua o el reforzamiento del perfil totalitario dentro de Cuba?

 

La desestructuración del estado haitiano a partir del violento golpe de la naturaleza, permite nuevas adecuaciones en la agenda de prioridades de los principales actores en el tablero mundial, fundamentalmente de Estados Unidos.

 

El caso cubano tiende a relativizarse aún más, a cuenta de la magnitud de la catástrofe en el país vecino.

 

Pudiera parecer errada o muy cruda la percepción pesimista en cuanto al cómo se desarrollaría la situación interna de Cuba en los próximos años, pero es casi seguro que seguiremos bajo el estigma del unipartidismo, la represión de baja intensidad con sus repuntes según lo requieran las circunstancias y quizás con cierto acceso a otras zonas del capitalismo como vía para alcanzar un mínimo de viabilidad en la mantención del sistema actual.

 

La política tiene su basamento en intereses más que en cuestiones emocionales o teóricas. Esa es una realidad indiscutible desde el advenimiento de la civilización hasta nuestros días.

 

Es oportuno reiterar que en Cuba no existen las condiciones para creer que, a corto plazo, pueda haber una reforma democrática impulsada desde adentro. Una mezcla de eficiencia represiva, mantenimiento de un estándar de vida que no llega a situarse en los últimos niveles de la escala de la supervivencia, el acomodo de la mayoría de la población a las políticas oficiales por razones profilácticas, no de convicción, pero que le proporcionan al poder la poderosa carta de contar con un mayoritario apoyo popular, son parte de los eventos que explican un amplio rango de actitudes negativas de la comunidad internacional respecto a la problemática cubana.

 

Indiferencia, pasividad y parálisis, sintetizan el grueso de las preferencias a la hora de tratar el caso de Cuba, salvo escasas excepciones.

 

La insalvable división entre los actores del cambio y otros reiterativos desastres tácticos, complementan el programa con el cual la élite de poder se mantiene en el sitio que ocupan hace más de 50 años.

 

La hecatombe haitiana empuja más hacia el fondo la importancia de lo que sucede en Cuba. El interés por la mayor de las Antillas baja otro peldaño en la escala de prioridades. En política no hay casualidad. Existen patrones inamovibles.

 

Cuba sigue sin calificar para el inicio de un curso de acción unánime y de mayor calado. Los poderes globales prefieren esperar a que maduren las condiciones objetivas o que ocurra algún fenómeno que ayude a definir una implicación mayor.

 

Ojalá que esas hipotéticas decisiones no se originen tras un devastador sismo en la región oriental de la Isla o con un par de huracanes categoría 5.

 

En el 2008, tres potentes ciclones causaron pérdidas ascendentes a 10 000 millones de dólares, según datos oficiales. Con esa cifra multiplicada por dos, vendría la hambruna, el luto, el éxodo masivo, la intervención humanitaria y el casi seguro fin de la dictadura comunista. ¿Tendríamos que pasar por esa fatal experiencia para conocer la democracia?  Nadie sabe. De sólo pensarlo, no atino a pensar en la libertad de expresión ni en el pluripartidismo.  

oliverajorge75@yahoo.com


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