Adolfo Pablo Borrazá
Sagua la Grande, Villa Clara, 16 de enero de 1977. Graduado del Curso de Capacitación a Periodistas de la Universidad de la Florida.
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BERTO
- Por Adolfo Pablo Borrazá
- Publicado 5/03/2010
Hace 40 años, en 1972, cuando tenía poco más de 16, Berto Chaple perdió una pierna durante una maniobra de combate, cuando pasaba el Servicio Militar Obligatorio. El camión donde viajaba se volcó. Berto y varios de sus compañeros estuvieron al borde de la muerte. Berto se salvó, dice su hermano Pedro que gracias a sus trabajos de santería (los médicos no contaban con él), pero tuvieron que amputarle la pierna.
Lo afiliaron a la Asociación de Limitados Físico-Motores (ACLIFIM); pensaron que estando entre otros impedidos, se sentiría un poco más aliviado. Pero nunca la alegría volvió a asomar a sus ojos.
Dicen que antes del accidente, era buen mozo, sociable, cariñoso. Rosa, su novia, no lo defraudó y se mantuvo a su lado. Se casaron y tuvieron dos hijos.
Pero nunca la alegría volvió a asomar a sus ojos. Sólo encontraba consuelo en el alcohol. Se emborrachaba casi a diario. La mente se le embotó. Empezó a maltratar a su esposa. Sus hijos crecieron en un ambiente hostil, víctima de las burlas acerca del borracho de los demás niños de la escuela y el barrio.
Rosa necesitaba cariño y palabras amorosas, pero Berto amaba más a la botella que a aquella hermosa mujer. Más de la mitad de la pensión que le pagaba el gobierno se le iba en beber.
Su mujer y sus hijos intentaron que se sometiera a tratamientos de desintoxicación. Los tratamientos producían mejorías, pero inevitablemente luego venían las recaídas y todo era peor.
Un día llegó el divorcio. Sus hijos constituyeron sus propias familias. Ahora los nietos miran a Berto como si fuera un extra-terrestre, sienten vergüenza de que ese pedazo de hombre sea su abuelo.
“Berto no entendió nunca que mi amor por él iba más allá de los complejos de inferioridad, las burlas, los sentimientos negativos, las dificultades; si hubiese permanecido junto a mí, fuéramos felices”, comenta Rosa con tristeza.
Hoy a Berto se le puede ver por las esquinas, sin brillo en los ojos, sin esperanzas. Su mundo gira sólo en torno al ron y la chispa de tren.
“Si no me hubieran llamado al servicio militar, yo sería hoy un hombre normal, pero como era obligatorio no tenía otra opción que ir donde me ordenaran. Hoy me pagan 275 pesos, una porquería, no alcanza para nada, el estado no se ocupa de mí y luego tú ves el engaño en la TV de que en Cuba no hay desamparados, todo eso es mentira”, me dice Berto acompañado como siempre por una botella.
“Nunca fui fuerte espiritualmente y cuando me vi con una sola pierna en plena juventud no lo pude soportar, pero como no tengo valor para quitarme la vida, entonces ahogo las penas con el alcohol, que es mi mejor amigo”, dice y acaricia la botella como si fuera a abrazarla y caerle a besos: “Con mis dos piernas, de seguro llevaría a mi lado a mi mujer y mis hijos, y sería como cualquier otro hombre. Pero hoy soy uno más, tan jodido como los demás, pero con una pierna de menos, con los sueños sin cumplir, sólo como un perro sarnoso, nada más tengo esta vida cochina que espero termine pronto”.
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