Ramón Díaz-Marzo
Periodista independiente y escritor, reside en La Habana Vieja. ramon597@correodecuba.cu
“EL DÍA MÁS LUMINOSO, LA NOCHE MÁS OSCURA”
- Por Ramón Díaz-Marzo
- Publicado 5/03/2010
Aimé se lanzó desde el quinto piso del ex - Hotel Montserrat a la 1 PM del 19 de febrero del año 2010, se desplazó por los aires y cubrió la distancia de 150 metros en pocos segundos hasta impactar en el pavimento de la calle Monserrate, a pocos metros de donde se cruza con otra calle, Obrapía.
Veinte días atrás hablé con mi vecina Aimé. Esperé a que saliera del manicomio para entrevistarla sin que ella lo supiera. Quería saber cuáles pensamientos le habían llevado a la conclusión de que tenía que lanzarse al vacío cuando el pasado 28 de septiembre del año 2009 correteó como una niña enfurecida por el dintel superior de la azotea del edificio donde también vivo.
Aimé no me dejó entrar a su casa. Me dijo que tenía una visita. Luego me han dicho que su familia se turnaba para cuidarla, para no dejarla sola. El día del salto, no había nadie a su lado. Se quedó físicamente sola, acompañada por los demonios que nos susurran al oído que el verdadero infierno es esta vida cuando se vuelve repetitiva. Por eso ninguna mente humana ha podido soportar vivir en el no-placer: un mundo donde no hay aspiraciones, anhelos, motivaciones, y donde, como dice la ciencia, la dopamina brilla por su ausencia.
Vemos a los seres humanos correr de un lado a otro, en busca del modo de motivar a esa neurona que nos mantiene vivos en este mundo. Algunos tienen la suerte de que Dios se incorpore a sus corazones, otros acuden al alcohol, los psicofármacos, las drogas, o la adicción más generalizada: el sexo o la enfermedad de estar enamorado; de vivir por el amor de la mujer, el hombre, los hijos, los amigos…
Según el Ocultismo, la Humanidad existe porque tiene dormida la zona superior de la conciencia donde está contenida la sabiduría del Universo. Pero que los creyentes no se piensen como sabios. Los creyentes tienen fe, pero no conocimiento y no pueden ver más allá de la realidad física. Si los creyentes tuvieran conocimiento, las guerras nunca hubieran existido. Por eso la Humanidad duerme y no puede despertar porque el conocimiento mata si el espíritu no está preparado.
Aimé era una mujer normal como cualquiera. Quizás padecía de esquizofrenia, una de las enfermedades de la mente que aún permanece inaccesible para la ciencia. Era una buena y sensata mujer en su comportamiento y últimamente había entrado en la congregación religiosa de los Pentecostales. Pero también desde niña, su familia la había iniciado en las religiones africanas, específicamente en algo que se conoce como Palo Monte o Palo Mayombe, del cual se dice que las personas cuando son iniciadas son “rayadas en palo”.

Para la cultura occidental de la cristiandad, casi todas las religiones africanas están regidas por el Príncipe de las Tinieblas, pero yo pienso que el Príncipe de las Tinieblas, que por tolerancia de Dios, según las sagradas escrituras, es el Comandante en Jefe de este nuestro mundo, está en todas partes, hasta en el mismísimo Vaticano.
Cuando le pregunté a Aimé cuál medicamento le habían prescripto me dijo que el parquisonil. De inmediato supe que era esquizofrenia lo que padecía antes de que me dijera que ella desde hacía años escuchaba voces (especialmente después que vino a vivir al ex Hotel) que le decían: ¡Tírate!
Tengo un amigo que sufrió hace años de esquizofrenia y me habló de su experiencia personal. Me dijo que uno de los primeros síntomas de la esquizofrenia es una alegría desmedida y no es otra cosa que un exceso de dopamina en el cerebro. Pero luego el cerebro sufre una situación contraria. El paciente entra en una depresión nociva donde tiene alucinaciones. Una de las alucinaciones más comunes es la de que el mundo se acabará a las 12 de la noche y que él (el paciente) es responsable de salvar al mundo. También durante el transcurso de la crisis el paciente siente que una entidad invisible lo observa.
La ciencia plantea, según el testimonio de múltiples pacientes, que otra anormalidad de la enfermedad es cuando el sujeto siente que su personalidad ha comenzado a desintegrarse; se reportan casos en que el paciente olvida su propio nombre y a veces no reconoce a familiares y amigos.
El detalle, en el caso de mi vecina Aimé, radica en que el anterior habitante de su inmueble era un practicante de la religión “Palo Monte”, y según plantea la Teosofía, se considera que toda actividad o manifestación de la materia deja su huella en el lugar que se produjo y una suerte de huella fantasmal conocida como los ELEMENTALES pueden continuar en el lugar no sólo días, sino meses y años. Pienso que las obras y ritos que el anterior inquilino realizó en esa casa pudieran de algún modo haber afectado a mi vecina y potenciado lo que ya desde la infancia y adolescencia sus padres le habían inculcado como religión.
Por supuesto, Aimé habrá hecho lo imposible por librarse del demonio, las voces fantasmales dentro de su cabeza, o simple y complicadamente de su desgraciada enfermedad mental que la condujo a una acción demencial.
Casualmente un amigo mío fue amante durante varios años de Aimé y me refiere que en algunas ocasiones Aimé le decía que tenía deseos de lanzarse por la ventana hacia la calle; entonces mi amigo (que es un gran conocedor de la naturaleza humana) tenía que darle varias bofetadas en el rostro, zarandearla y hablarle con firmeza para que sacara de su cabeza esas ideas.
Al momento de redactar esta nota sobre el suicidio de mi vecina Aimé recibimos la noticia de la muerte de Orlando Zapata Tamayo a consecuencia de una huelga prolongada de hambre que duró 86 días en protesta por el trato cruel y degradante que le dieron desde el año 2003 cuando fue arrestado en la “Primavera Negra”. Nunca lo reconocieron ni le dieron el trato de prisionero de conciencia y a consecuencia de sus constantes protestas y ayunos finalmente de una sanción inicial de 1 año y 6 meses de privación de libertad, sucesivamente lo fueron enjuiciando dentro de la prisión hasta acumular la fantástica cifra de 46 años de privación de la Libertad. Y aunque la muerte demencial de Aimé no puede compararse con la muerte de Orlando, decidí titular este trabajo, por motivos que yo mismo desconozco: “El día más luminoso, la noche más oscura”.
Gloria eterna a los muertos por motivos ajenos a su voluntad y sí impuestos por las circunstancias de este juego macabro que llamamos Vida.
ramon597@correodecuba.cu