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ANGELA DE NUEVO EN CASA

Santa Fe, La Habana, 15 de abril de 2010, (PD) Por los años veinte del siglo pasado, Angelita Campa, la joven hija de un comerciante cubano, vio cómo se construyó en pocos meses una linda residencia en el número 664 de la calle 23 entre D y E, en El Vedado. Era el regalo de bodas de su padre y en ella vivió hasta 1998, cuando murió, casi a los 90 años de edad.

Siete años después, la casona de Angela se restauró por iniciativa del Historiador de la Ciudad, señor Eusebio Leal, para convertirla en el museo La Casa del Vedado, destinada a recibir sobre todo a un público extranjero, para que puedan apreciar cómo vivía una familia de la clase media, cuando no había revolución socialista y sí libertad económica y comercial para todos los cubanos.

La casa de Angela, como la de la poetisa Dulce María Loynaz, se han beneficiado del milagro de la restauración, porque la gran mayoría de las hermosas casonas del Vedado habanero, construidas sobre todo en el siglo pasado y pertenecientes a las más prósperas familias cubanas, hoy son lacrimosas ruinas gracias a la mano despiadada del tiempo y de la impotencia del estado socialista, al que pertenecen lamentablemente.

Cuenta la historia que en dos ocasiones aquellas familias cubanas cambiaron de barrio. En la segunda mitad del siglo XIX abandonaran sus viviendas de intramuros y establecieran sus quintas en las inmediaciones de la Zanja Real del Cerro y en la zona conocida como El Carmelo, en busca de privacidad y tranquilidad. Fue entonces que nació El Vedado. Cincuenta años después ocurrió lo peor: en los primeros años de la Revolución castrista, por segunda vez muchas de aquellas familias cubanas se vieron obligadas a abandonar sus casas, para escapar del comunismo hacia otros países.

El resultado ha sido desastroso; las edificaciones de casi todos los municipios de la capital necesitan de un mantenimiento que el estado ni ha podido ni ha querido asumir a lo largo de más de cinco décadas.

El Vedado, por ejemplo, denominado por el célebre arquitecto Mario Coyula como “la pieza mayor y más importante del urbanismo cubano republicano, a la par con lo mejor del mundo” hoy sufre del mismo mal de La Habana Vieja: se cae a pedazos la gran mayoría de sus edificaciones y permanecen rotas sus calles y aceras.

La bella casa de la difunta Angelita abrió sus puertas en julio de 2007. Esa cubana que se negó a abandonar su país, pudo regresar a casa, como si sólo hubiera dado un paseo por el parque más cercano, porque decidió quedarse para siempre junto a sus muebles, sus objetos personales más valiosos, sus inolvidables recuerdos…

Dejo volar mi imaginación y veo cómo en un futuro nada lejano otra casa, convertida en museo -me refiero a la gran residencia de Fidel Castro, situada en la llamada Zona Cero, donde también reside su hermano el sucesor, algunos ministros y altos jefes de la policía política, además de unidades militares, granjas particulares, campos de golf, piscinas, arboledas y muchas otras cosas-, podría ser visitada por cubanos y extranjeros, curiosos por saber cómo vivían los altos jefes políticos en la era de los Castro.

La Zona Cero se encuentra a pocos metros del empobrecido caserío de Jaimanitas, al oeste de la capital. El mapa turístico habanero nada señala sobre esta zona. Es una mancha verde desierta, al parecer, habitada por fantasmas. Pero se llega a ella luego de recorrer toda la hermosa Quinta Avenida de Miramar y se penetra en sus calles por una de sus cinco misteriosas entradas, bien custodiadas y prohibidas a los extraños.

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