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CAJEROS AUTOMÁTICOS EN LA JUNGLA

Lawton, La Habana, 2 de setiembre de 2010, (PD) Zoila es una doctora especialista de segundo grado que todos los días espera la ruta P2 en Dolores y 15, Lawton, para ir al hospital donde trabaja. En esa parada se aglomera mucho personal en el horario de la mañana, y para subir al ómnibus, muchas veces tiene que “bracear”. Precisamente en uno de estos momentos se descuidó de la cartera, y al bajarse se percató de que el monedero había desaparecido: la carterearon.

Es por eso que cuando vino a su casa una empleada del Banco Metropolitano para proponerle cambiar la cuenta de ahorro que tenía inactiva para una tarjeta magnética, no lo pensó dos veces y aceptó. Esa cuenta la había abierto cuando se graduó, pensando comprarse un auto, pero entonces no pudo, y después las cosas cambiaron.

Las tarjetas magnéticas, ya sean de crédito o de débito, se utilizan en gran parte del mundo casi con más frecuencia que el dinero en efectivo para hacer pagos en tiendas, restaurantes y otros lugares públicos. Son cómodas y seguras, ya que ocupan mucho menos espacio que la cantidad de dinero que representan, y ante un caso de robo o pérdida pueden cancelarse inmediatamente. Además, para extraer dinero de un cajero automático se necesita un código.

Zoila no se imaginó que la decisión pudiera representar algún inconveniente. Sin embargo, pronto su decepción fue grande. Un día, antes de entrar a trabajar pasó por el Banco y el cajero automático no estaba funcionando porque no lo habían llenado con el efectivo. Tuvo que escoger entre llegar tarde al trabajo o pasarse todo el día sin dinero –entre otras cosas, sin merendar-. Lo primero no era una opción, pues sabía que había pacientes esperándola. Otra vez, tuvo que enfrentarse a la misma decisión, porque la tarjeta se le trabó en la máquina, y para sacarla había que esperar al mediodía.

Pero lo del sábado pasado fue inadmisible. Ese día se levantó más temprano que de costumbre. Había sacado turno para las dos de la tarde en la peluquería, pero antes tenía que pasar por el cajero automático que se encuentra en el intermitente del Diezmero, en San Miguel del Padrón, pues sabía por una amiga que el del Banco de Dolores entre 18 y 19 estaba fuera de servicio. Pero al llegar a su destino se encontró que las dos máquinas existentes en el lugar estaban rotas también. Ese día Zoila no podía sencillamente regresar a su casa. Por la noche iría a la boda de una compañera de trabajo y tenía que arreglarse el pelo.

Como no podía perder tiempo, se apresuró a coger la guagua para ir al Banco de la Calzada de Diez de Octubre y Dolores, pero este cajero también estaba roto. Zoila no podía creer lo que le estaba pasando, y vino a su memoria una de esas pesadillas donde uno no puede correr cuando lo persiguen. Solo que aquel día, su pesadilla eran los cajeros.

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