Arroyo Naranjo, La Habana, diciembre 16 de 2010, (PD) Un contingente de 265 jóvenes cubanos, comunistas de pura raza y con el léxico ideológico afinado, el más numeroso grupo de América Latina, participa en el XVII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes con sede en Sudáfrica. Al conclave juvenil se fueron a debatir y estimular el desarrollo de la salud, la educación gratuita, así como a consignar el derecho y respeto a un empleo digno para los seres humanos.

Oportuno pero nunca esclarecedor, será para el régimen de la isla desmentir la “campaña difamatoria” ante jóvenes de todo el mundo, sobre que Cuba es un estado violador del derecho a la libre expresión y asociación.

Definitivamente costoso e igualmente no esclarecedor -en tiempos que se libra una contienda por la eficiencia económica y el descongelamiento de las deudas contraídas con empresarios extranjeros- es el gasto gubernamental por cada joven seleccionado al Festival.

Es curioso cómo el mando celestial en Cuba, económicamente acorralado e inmoralmente perdido en las amarillentas páginas del estalinismo, quiere demonizar el respeto a los derechos humanos en el mundo. Dicen y repiten los altavoces -que quede claro que no es matraca de los comunistas- que los verdaderos estados violadores son aquellos que privan al ser humano del derecho a la alimentación, la educación y la salud, baluartes con los que suelen engañar a los débiles de pensamiento.

Obviamente cuando se bebe un trago tras otro y de un solo golpe, aunque lo proponga el mesero y el ebrio diga que es la última copa, las turbaciones nos hacen naufragar en lo indecible. Esa es la idea de los ex rebeldes de la Sierra Maestra, adulterar los preceptos socialistas con “derechos”, que si hurgamos en sus aplicaciones y condicionamientos, más bien se consideran prestaciones acentuadas por la gratuidad y los valores.

De hecho, para que el derecho a la educación, la salud y la alimentación en Cuba, llegue hoy a metas insostenibles, debe calzarse con la represión al derecho a la libertad de reunión, de expresión o de viajar libremente a cualquier país y regresar.
En este sentido, es algo tradicional que cada 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, en Cuba arresten a más de un centenar de personas por ejercer la defensa de sus derechos.

Y si de derechos hablamos, ¿cuántos médicos, técnicos de la salud y enfermeros, quienes le han dedicado toda su vida a la revolución, esperan por la liberación del Ministerio de Salud Pública para poder viajar fuera de Cuba?

¿Se han preguntado cuánto invirtió el Estado cubano, a costa de las contribuciones del pueblo, en la delegación al XVII Festival de la Juventud y los Estudiantes?

Un reportaje de la periodista Patricia Cáceres, publicado el viernes 10 de diciembre en Juventud Rebelde, el diario de la juventud comunista, titulado “Cuando se vive en derecho”, cita en intervalos lo que a frontera cerrada no se aplica:

“Ciertamente, todos los individuos del planeta, sin importar su estatus, género, orientación sexual, etnia o nacionalidad, deberían disfrutar de libertades y facultades universales que les garantizaran una vida digna. Al menos así lo establece una declaración aprobada y proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas un día como hoy, pero de 1948”.

Con esto quiero decir que tras la comparsa comunista “derecho al Festival”, el régimen cubano le pasa el trapeador a las violaciones de los derechos humanos.

Con los dólares destinados al XVII Festival de la Juventud y los Estudiantes, unos 2 mil dólares por cada joven abanderado, si tenemos en cuenta el pasaje, la alimentación, estadía y transporte en Sudáfrica, ¿cuántos de los 500 000 obreros cesantes podrían regresar a sus puestos de trabajo, al menos por un tiempo? ¿Cuántas chequeras temporales dejaría de cancelar el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social a aquellos empleados bajo peritaje médico?

El discurso de los jóvenes cubanos en Sudáfrica es sobre baluartes que intramuros ya no funcionan. El Partido Comunista de Cuba se reforma con inversiones propagandísticas –en dólares- que a la postre, se ven empañadas con el actuar de sus prosélitos. Por ejemplo, al reprimir a disidentes en un parque de El Vedado.
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