Santos Suárez, la Habana, 23 de diciembre de 2010, (PD) Hay un hecho que pasa inadvertido en la sociedad cubana porque se ha hecho habitual a través de décadas de socialismo.
Hasta ahora, en las proposiciones de los distintos diputados de la llamada Asamblea Nacional del Poder Popular que se están transmitiendo por TV con vistas a las nuevas reformas en el orden económico, o como gustan de decir ahora, “actualización del modelo socialista”, no se ha tocado este tema.
Este asunto se las trae porque todos los habitantes de esta isla, de alguna manera u otra, hemos sido tocados por esta plaga que afecta nuestra economía.
Se trata de la falta de protección al consumidor, ya tan habitual en el comercio interno cubano y que abarca todas las ramas de los servicios.
Este pasado noviembre, un hecho insólito ocurrió en el cine-teatro Camilo Cienfuegos de Santa Clara. Alrededor de 1500 jóvenes airados destrozaron los asientos y el decorado del teatro en protesta porque al exigir la devolución del dinero, la administración de dicho teatro se negó. Se trató en este caso de que cancelaron la exhibición del partido de fútbol entre los equipos del Real Madrid y el Barcelona y lo sustituyeron por un documental cubano.
No pasó desapercibido este hecho porque trascendió a nivel nacional e internacional, sin embargo, hechos similares han ocurrido y ocurren a diario a todo lo largo de la república, sin trascendencia, porque no hay protestas como la de Santa Clara.

Sentarse en una cafetería estatal en moneda nacional es estar predispuesto a que te sirvan un helado derretido, un refresco caliente o una lámina delgada de harina con un poco de queso que dicen que es una pizza. Raramente alguien se queja del mal servicio.
Ir de compras a una tienda en divisas cuando se dispone de algunos CUC- necesario esto para ciertos renglones que no ofrecen en MN- es otro desafío.
Cuantas veces muchos de nosotros al comprar un producto, nos damos cuenta que la inversión hecha se fue por el caño de desagüe en apenas unos días. Los zapatos, tanto de hombre como de mujer, son un ejemplo clásico. A cuantos de nuestros conciudadanos no los hemos oído quejarse de cómo las suelas se parten a la mitad, se despegan los tacones o se hacen polvo las suelas de las plataformas de mujer.
Excepto los equipos electrodomésticos, ninguno de estos productos los venden con garantía a pesar que como en el caso de los zapatos, hay que pagar entre 20 y 40 CUC, suficientes para hacernos un “agujero negro” en nuestra economía y quedarnos en las mismas.
Es un chiste el cartel colocado en las cajas recaudadoras de estas tiendas donde aparece una supuesta Comisión de Protección al Consumidor, compuesta nada más y nada menos que por la directiva de esta misma tienda. Otras veces aparece una dirección en casa del diablo, suficiente para perder la paciencia al agotar el tiempo en hacer una reclamación.
Un vecino, después de comprar cuatro ruedas de goma para una silla a un costo de 1.60 CUC cada una, decidió reclamar a ante esta comisión de la tienda en que la compró, al partírsele a la mitad dos de estas ruedas al cabo de una semana.
Tras el rastro de este vecino nos encontramos con otro truco muy común en este país. El que tiene la llave de los truenos, es decir, el que dice la última palabra, no aparece. Cuando aparece, hay otro “truco más”, la justificación, que en este caso para no devolverle el dinero o cambiarle las ruedas fue “que tenía que revisar la mercancía al efectuar la compra”. Dicho en otras palabras, el individuo en cuestión tenía que presentarse en la tienda con el C.S.I, hacer un análisis minucioso de los componentes de la goma, a qué temperatura fundieron esta de manera que no se endureciera demasiado, quién la fabricó y en qué año.
¿De que manera puede un ciudadano revisar un juguete plástico que cuesta uno de los dos testículos y deja de funcionar a los tres días? ¿O un pantalón al que se le rompe el zíper o los ya nombrados zapatos? Realmente la frasecita “revise la mercancía” no se ajusta a la realidad de productos como los nombrados, es una simple frase justificativa. Lo verdaderamente honesto de estos comerciantes estatales que no pierden ni a las escupidas es garantizar lo que venden, ya que lo cobran bien caro.
Fieles al cambio de palabras que dan su verdadero significado por palabras de “camuflaje” para desorientar, en estas tiendas la palabra robo es sustituida por “multa”. Multar sigue siendo un hábito sumado a los precios ya abusivos y a no garantizar lo que venden. Ninguna Comisión de P al C que “pertenezca a la misma entidad u organismo” va a solucionar estas situaciones descritas que en buen castellano y sin ningún camuflaje, se denomina estafa.
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