
Santos Suárez, La Habana, 9 de diciembre de 2010, (PD) En 1776 las colonias de América del Norte declararon su independencia de Gran Bretaña. España y Francia, rivales de Inglaterra, aprovecharon esta coyuntura y comenzaron a auxiliar a los rebeldes norteamericanos. Remesas de armas y municiones se despachaban para la Habana, desde cuyo puerto se remitían a New Orleans, donde eran recibidas por los independentistas.
El puerto de la Habana se abrió libremente a los buques norteamericanos, tanto de guerra como mercantes y el comercio con los mismos creó “una nueva y abundante fuente de ganancias”.
Hay que señalar que a pesar de la Ley de Navegación Inglesa de 1651 que disponía que todos los artículos fabricados en las Trece Colonias fueran transportados en naves inglesas, la de 1750 que prohibía la fabricación de embarcaciones y fundiciones de hierro, la de 1732 que prohibía “hasta la fabricación de sombreros” y un rosario de restricciones no solo para comerciar con otros países sino entre las mismas Trece Colonias, los norteamericanos se las ingeniaron para violar todas estas leyes, decretos y arbitrariedades y fabricaron aserraderos, fundiciones, textiles, zapatos, vidrios, molinos de harina, barcos y hasta los dichosos sombreros y comerciaron de contrabando con quien les dio la gana.