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SENTENCIADA AL SILENCIO

El Vedado, La Habana, 17 de junio de 2010, (PD) Desde el 16 de abril al 30 de mayo, el Centro de Arte Contemporáneo Wilfredo Lam, puso al alcance del público habanero una muy interesante muestra colectiva protagonizada por 12 ilustres artistas de la plástica cubana contemporánea. Ellos durante años han proyectado desde el lienzo un emplazamiento discursivo relacionado con la temática racial, la persistencia de estereotipos raciales y las actitudes racistas en la sociedad cubana.

Queloides: Raza y Racismo en el Arte Cubano Contemporáneo fue el título de esta interesante muestra cuya curaduria estuvo a cargo del profesor e historiador de la Universidad de Pittsburg, Estados Unidos, Alejandro de la Fuente, (quien por cierto no recibió en esta ocasión la anuencia del gobierno cubano para estar presente en la muestra) autor de un clásico de las ciencias sociales contemporánea como es Una nación para todos: Raza, desigualdad y política en Cuba (1900-2000) de la Editorial Colibrí.

Queloides como ejercicio estético de emplazamiento formal y ético nos invita a deslizar las máscaras y a sumergirnos en un análisis interpretativo de una desgarradora realidad aun no superada en el contexto menos esperado: la Cuba posrevolucionaria. El racismo continúa como un peligroso combustible y la racialidad como esencia discursiva, se mantiene anclada en el mercado del silencio, en que circula en los límites de una cartografía de la represión y el deseo.

No bastan las islas de debate sin autonomía, minadas por el simulacro del diálogo, que en los últimos tiempos, tratan de estimular determinadas instituciones oficiales.

La promoción de la muestra más allá del silencio de la prensa oficial, estuvo vedada al contacto con los medios audiovisuales. La reactivación incipiente del debate, aun no rezuma honestidad. No se garantiza la libertad de contenido, la transparencia de interrogantes y respuestas. El abordaje de este tema es recibido con la indiferencia sarcástica de una demagogia blanda. Los medios de comunicación no responden ni ayudan al emplazamiento de una demanda social. La prensa como siempre sigue de espaldas a lo que ocurría. La única publicación cubana que hizo una reseña sobre la muestra fue La Jiribilla digital, totalmente vedada para la mayoría de los lectores cubanos.

Como manifiesta Alejandro de la Fuente en el catálogo de presentación, “los artistas que participan en Queloides no están interesados en reciclar la imagen tradicional, edulcorada y placentera de la nación fraterna, sino en examinar y destacar las grietas que, particularmente desde la crisis de los años noventa, han asolado a este modelo de nación”. Fraternidad e integración desde la ciudadanía son elementos frágiles en la Cuba de hoy, esta muestra lo pone al desnudo.

Los antecedentes de la muestra se ubican entre 1996 y 1999, en un primer Queloides exhibido en la Casa de África, la expo Ni músicos ni deportistas del Centro Provincial de las Artes Plásticas y Diseño de la Habana y Queloides II. Estos no tuvieron la repercusión que merecían, ni la cobertura en los medios de comunicación.

Queloides, desde poéticas personales es un intento radiográfico de mostrar las marcas corporales del conflicto (mestizo, negro, pobre, cubano, todo mezclado) en inventario de imágenes que interroga descarnadamente al discurso e incursiona sin medias tintas en el ámbito de una realidad subvertida. Se asoma a un mundo volcánico e insondable. Es una mirada hacia la vida del hombre, del individuo. Cuestiona discursos establecidos desde el poder, incursiona en los conflictos latentes de la real sociedad cubana. La muestra emplaza nuestro universo doméstico y privado, muestra nuestros cuerpos y nuestra conciencia atormentada. Remueve prejuicios y el prejuicio pesa, el rencor también. Al derrumbarse en los noventa todas las utopías apuntaladas, el prejuicio y el racismo continuaron reproduciéndose de maneras misteriosas, se disfrazaron de muchas formas y para ello, contaron con sitios de anclaje muy bien acomodados.

La primera edición de Queloides en los noventa, fue vista por una parte nada despreciable de académicos e intelectuales orgánicos como una especie de rabieta racista y resentida de algunos artistas negros y mestizos. Una República de Charol apalencada, ocupada en lustrar superficialmente las posturas y retóricas políticas de los movimientos civiles afro.

La clausura del socialismo real, permitió que zonas de nuestra realidad, continuaran escamoteadas por el discurso oficial y por otras instituciones. Queloides fue uno de los primeros emplazamientos desde la plástica. Un retrato de grupo sobre el subalterno, sobre el sujeto lateral, historias de vida de un grupo poblacional vulnerable, marcado en su mayoría por el rigor de la pobreza en situación límite, en los que apenas sobreviven desde una trinchera literal, excluidos de todo el sistema horizontal de opciones.

Gracias a la mirada y el lente de artistas como Juan Roberto Diago, René Peña, Manuel Arenas, Belkis Ayon, María Magdalena Campos Pons, Alexis Esquivel, Elio Rodríguez alias El Macho, autor intelectual de una empresa tan rentable como Macho Enterprise, Douglas Pérez, José A. Toirac, Armando Mariño, Pedro Álvarez, Marta María Pérez y Meira Marrero, se nos hace reflexionar y desconfiar a partir de una descarnada frontalidad estética, sobre nuestra construcción como sujetos sociales. El ojo entrenado de los artistas nos sitúa frente al espejo de nuestro propio destino con sus sueños y utopías.

Ellos pertenecen a una legión de damas y caballeros que desde poéticas dispares han sido capaces de galopar por sobre puentes difíciles y nos permiten interrogar la estética de la identidad, la estética de la diferencia.

Ellos proponen una revisión de la historia mutante. Sortean el peligro, hacen historia y proponen nuevas estéticas discursivas. Raza y cubanidad es un debate necesario, que no debe continuar postergado. Es necesario su emplazamiento desde cualquier óptica. Derribar prejuicios a partir de propuestas visuales contribuye a oxigenar la inquietud dialógica de ser cubano. Lástima que la muestra haya pasado sin penas ni glorias. La sociedad cubana necesita de espacios de diálogo y espacios de libertad protegida, donde los actores de los límites puedan ser protagonistas de su propia historia. Espacios en que puedan apresar las fugacidades laterales de estos tiempos difíciles.

Fotos: Juan A. Madrazo